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domingo 3 de junio de 2007

Como Shakira

Cuando Shakira era normal, morena, medio gordita y con las costillas completas, hizo una canción que me gustaba mucho porque reconocía que lloraba una vez al mes y que no se bañaba los domingos. Yo no tego día fijo para no bañarme. Si me da mucha pereza y creo que estoy limpia, no me baño independientemente del día de la semana.
Lo de llorar ya es otra cosa. Me encantaría que fuera una vez al mes, pero por alguna razón que me gustaría mucho comprender y no puedo, lo hago muy seguido. Y los domingos en la noche, cuando estoy sola en casa, parecen ser los elegidos.
No hay motivo especial o quizás sea la inminencia del comienzo de semana y la desgracia de tener que madrugar durante cinco días seguidos. No lo sé. A veces pienso que no me dejo ser feliz, como si eso fuera parte de ser responsable. El problema es que lucho tanto por buscar una técnica, ejercicios, costumbres, teorías, hipótesis para no estar triste que descuido las otras cosas, como el trabajo. No me concentro.
Y siempre la tristeza viene y me da un portazo en la nariz. No sé qué gran cambio hacer, de qué cosas deshacerme o a dónde tengo que ir. Si pudiera, dejaría de darle importancia a todo y me pasaría el tiempo leyendo chistes, viendo series de TV y yendo al cine. Me haría una terapia intensiva de risa.
Cuando me siento hundida pocas cosas me hacen reir, es como si perdiera el sentido del humor y ¿quién puede vivir sin sentido del humor? para mí quienes lo hacen son muertos andantes. Y no me apetece ser una de esas.
De alguna manera trato de justificar por qué paso tanto tiempo sin escribir en el blog. Es que, básicamente, no hay nada que contar. Que estoy triste, y eso no es divertido, ni siquiera es original.

miércoles 21 de marzo de 2007

Paco tiene nueva vida

Finalmente, la suerte le ha sonreido a Paco. Su vida ha dado un vuelco completo.
No es que antes tuviera una mala vida. Antes lo que estaba era cansado. Muy cansado de ese trabajo fácil, mecánico, aburrido. Era vendedor en una tienda pequeñita. Se llevaba genial con los clientes, casi todos fijos. No le pagaban mal y le quedaba mucho tiempo libre.
Pero él quería más, sabía que éra capaz de estar en un lugar donde su cerebro no fuera un trapo más colgado de una percha.
Su vida personal tampoco era para tirar cohetes. Salía de vez en cuando por ahí, se tomaba un trago y miraba a la gente. Escogía. No le resultaba nada difícil ligarse a alguna para pasar la noche, pero nunca encontraba a aquella que volara. Se sentía sólo.
Ahora todo es diferente. Como si de frotar una lámpara mágica se hubiese tratado, Francisco López cumplió sus deseos. Al mismo tiempo.
Le ofrecieron un puesto de gerente en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Relacionarse con los proveedores, tener personal a su cargo, tomar decisiones importantes cada día. Tiene un sueldo muy superior y un sólo día libre a la semana. Con el móvil encendido por si surgiera algo.
Está contento. Ahora usa su cerebro y tiene oportunida de conocer a gente muy influyente.
Debería estar contento.
Ha conocido a Elena. Elena sin H, lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo.
Sin ser bella, Elena es la más hermosa de las mujeres. Inteligente, divertida, sensual hasta más allá de cualquier límite. Y quiere a Paco.
Enamorarse es increíble. Le da sentido a todo. Él se siente más vivo porque la ama a ella. Piensa en ella todo el día. Tanto, que a veces se equivoca con algún pedido. Tiene tantas ganas de verla, que en verdad le importa poco lo de conocer a gente importante. Un día entero a su lado vale más que todo el dinero del mundo.
PAco ya no se siente solo. Paco tiene el trabajo que quiere ¿por qué la angustia se está comiendo el corazón de Paco?

lunes 5 de febrero de 2007

La gota

Con demasiada fuerza para ser tan sólo una gota de agua salada, la lágrima pugnaba por salir a través de mi ojo derecho. Párpados, pestañas y globo ocular, con iris y retina incluidas, no habrían sido capaces de detenerla de no ser por una vulgar pero decidida sorbida de mocos que la nariz no tardó en ceder como única salvación.

Caminando desde el metro, el edificio del “Juzgado de Familia” fue apareciendo hasta convertirse en un ser autónomo que saltaba de frente, con su puerta bien abierta, para burlarse en la cara de todo aquel ingenuo que alguna vez creyó en aquello de “hasta que la muerte nos separe”. Ni siquiera una ingenua especial, sino una más del montón. Eso soy. Ni la estrategia del merengue ochentoso a todo volumen por los audífonos me evitó el escalofrío del fracaso, la lágrima que se esfuerza. La lágrima no salió, pero tampoco se dio por vencida.

Entró impetuosa al cuerpo, esta vez con sed de venganza porque no había podido liberarse. Los abogados disfrazados de búhos con sus togas negras corrían de un lado a otro, y sus clientes, perdidos y asombrados, a un paso de distancia. Mientras miraba distraída los laberintos de oficinas donde, como en una coreografía, irían entrando todos; el nudo en la garganta aprovechó para tomar protagonismo. Era como un llanto hacia dentro. Mi propio búho me habló y entonces un pertinente carraspeo me devolvió a la concentración. Caminar, hacer mi parte del baile. Salir. Cuanto antes.

Verificada la corrección de los datos en un sonriente carnet de identidad, se abrieron las puertas de una sala. Todo madera. Búhos de mayor categoría. Un banquillo, yo en el centro, acusada. La lágrima, luchando por su libre albedrío, se coló en el estómago. Dolor. “¿Ratifica usted…..?” “mjmm”, no me dejaba hablar la lágrima convertida en dolor de estómago. “¿Es eso un sí?” respiración profunda, otra vez la nariz en mi rescate y salió un patético pero al menos audible “sí”.

Todo listo. Sólo una hoja de papel al frente para ser firmada. Bolígrafo en mano, la lágrima se me mete por el brazo derecho, siento el cosquilleo. Va despacio, como saboreando su plato dulce, de el hombro al codo, del codo a la muñeca, de la muñeca a la mano. Los búhos miran impacientes. La siento llegando a mis dedos. Pongo la mano sobre la hoja, y firmo al mismo tiempo que siento una pequeña explosión en el pecho. La lágrima ha salido, mi dedo se ha manchado un poco con la tinta. Me lo meto a la boca para limpiarlo, siento el sabor de la tinta. Es sólo una gota, y es salada.

miércoles 27 de septiembre de 2006

Adiós

Perdona si hoy no te pregunto cómo estás. No es que no me importe, es que hoy tengo el alma un tanto anestesiada. ¿Cómo te lo explico? no ha sido un buen día, chico.

Mi corazón sigue latiendo. Y eso que se ha mojado, secado, ha sido arrugado, planchado y vuelto a arrugar. Se le ha derramado café encima, tiene huequitos de cigarrillo. Se ha roto en varias partes y lo he pegado con pega loca. Se ha rasgado y yo lo he remendado con hilo y aguja. A veces le he puesto parches de colores. Se ha caído al suelo, por eso está un poco magullado, con raspones y algunas cicatrices. Le faltan trocitos aquí y allá. Algunos los han robado, otros los he regalado con gusto. Otros se quedaron pegados a una poesía o a una imagen por la calle. Algunas partes se han hundido quién sabe porqué. Otras se han abultado.

Tiene la belleza de todo aquello que ha visto pasar la vida por arriba, por abajo, por delante, por detrás, por dentro y por fuera. Es aún inocente porque le falta mucho por ver, oir, tocar, oler y sentir.

Pero hoy ¿cómo te explico de nuevo? está ahí, callado, sin ganas. Este adiós de todos los adioses lo ha dejado un poco sin identidad. Y yo no sé si sigue dentro o si se ha ido con él para siempre.

¿Podrás disculparme?

jueves 24 de agosto de 2006

No-aniversario

Te amo es la introducción.

Esa frase la inventé yo, la sentí yo. Esa y tantas otras y el "todavía" de Benedetti, y la colección interminable de cursilerías que aún hoy no me dan vergüenza.

Tu sonrisa la dibujé con mi dedo, como Horacio la de la Maga en el capítulo 7. Tus canciones sin sentido siguen en un cajón transparente, que está siempre por donde tengo que pasar.

No lo sabes pero estás. Porque "siempre es corto".

A pesar de tus no-tequiero, feliz no-aniversario.

martes 27 de junio de 2006

Lloré

Con la frente hacia la pared, finalmente lloré. Con lágrimas silenciosas, humildes, exhaustas. Lloré por tus años y los míos. Por los peces muertos y el agua verde. Por la pared azul y las estrellas en la habitación. Por el paraguas que me rompió una niña cuando tenía cuatro años. Por el charco en el que me caí.

Lloré tanto que el agua salió al balcón y nació una flor de plástico, de colores brillantes, que da vueltas cuando sopla el viento. Se derramó el agua y nacieron pajaritos brincones, y en el mar, nacieron delfines, también brincones.

Lloré un aguacero por todos los niños. Por la niña que yo fui y creyó que todo iba a ser tan bonito. Por el niño que se quedó esperando para venir…Y por las guerras, el hambre, la miseria, las enfermedades, los incendios, las inundaciones, los huracanes y otra vez por las guerras.

Lloré por lo que soy y por lo que no soy. Por lo que ya no eres. Por lo que ya no somos, porque la vida es una puta, pero también tiene derecho y también tiene corazón.

Lloré por la nostalgia, por los malos entendidos, por los silencios, por las palabras, por las carreteras, por las playas, por las cervezas, por los bailes. Lloré porque todo es fácil. Porque todo es complicado.

Lloré porque hoy soy adulta. Porque no me das las gracias (no estás en mi vida)

Lloré por los amigos, los abrazos, el cine, los libros.

Lloré porque no me queda llanto…