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miércoles 14 de mayo de 2008

Ramón y sus tres propiedades

Me llamo Ramón. Tengo 43 años, un trabajo de oficina y un hijo. No apunto más cosas porque no tengo nada más.

Con respecto a mi edad, que es lo más seguro de mis tres propiedades, diría que comienza a incomodarme. Nunca tuve crisis de los 30, ni de los 40. Pero ahora que lo pienso, es una edad avanzada para comenzar algo y corta para jubilarme o cerrar ciclos. Dudo de que llegue a los 86 años, con lo cual, ya he pasado la mitad de mi vida.

Mi trabajo es mi segunda “propiedad”, que no lo es tanto, porque me lo quitarán cuando quieran. Aunque sí lo es un poco porque ya son muchos años en el mismo lugar, haciendo lo mismo. Soy director comercial y no niego es que se me da muy bien. Me gusta eso de convencer a la gente para que compre cosas en las que nunca había pensado. Lo mejor es persuadirlos de que necesitan algo, crearles una necesidad. Al final se creen que están comprando algo sin lo cual no podrían vivir.

También me gusta contratar gente. Tengo un olfato infalible para los vendedores. Sólo me falló una vez, cuando contraté a Laura. Pero eso fue una confusión entre mi olfato comercial y mi olfato erótico, aunque debí saberlo porque éste último ha demostrado en repetidas ocasiones su absoluta ineficacia.

Mi hijo se llama Agustín. Está claro que él no es ninguna propiedad, no sólo porque no es una cosa sino porque va a su bola. Yo sé que me quiere, sin embargo no sé porqué lo sé. Nunca me lo demuestra. En mis cumpleaños me regala lo primero que se encuentra, es hasta gracioso. Tengo una colección de regalos inservibles o repetidos que me ha dado a lo largo de los años.

No tengo amigos, sólo compañeros de trabajo a los que considero amigos aunque sólo comparta con ellos las comidas cerca de la oficina y alguna fiesta de despedida o de navidad. Por eso no me gustan las vacaciones. No es que me quiera hacer la víctima pero en los días libres la soledad parece tener una lupa por delante.

Hace cuatro años que vivo sólo. Antes estaba casado. Como es natural, mi mujer se cansó de mí. No la culpo, debo estar en el top ten de los tipos más aburridos del mundo. No recuerdo lo que es el sexo.

¿Qué más puedo decir? Me gustan las películas y las series de TV. El obligado tiempo en casa lo consumo frente a la pantalla, viendo todo aquello que me descargo mientras estoy fuera o las pocas horas que duermo. Me gusta beber. No fumo.

Soy Ramón y ésta es mi vida.

miércoles 28 de marzo de 2007

Monólogo mental de una mañana cualquiera

El putodespertadordemierda. Tengo sueño. Si explotara algo y pudiera seguir durmiendo. Nunca más me acuesto tan tarde. Quiero café. Tengo que bañarme y lavarme el pelo. El CD, que no se me quede el CD. En Venezuela se dice CIDI, pero aquí CEDE. Por qué no dirán disco compacto, eso sí es español. Me meto a la ducha mientras se hace el café. No, mejor lo hago después. Se hace rápido. Se quema. Mierda, un grano. Papi y mami deben estar durmiendo. Yo quiero amor y depertarme con besos. De hoy no pasa que le ponga otra melodía al móvil. Odio la alarma. Tengo sueño. Estoy gorda. El día no me va a alcanzar. Tengo que terminar el guión. El 3 tengo cita con Arancha. Jodida semana santa. Seguro que al final no hago nada. Dos guiones más, 8 Cedes por mirar. Quiero ir a Maracaibo. Uf, que frío. Por qué soñé eso. Qué será de la vida de la negra, seguro que ya fue a Islandia. La aurora boreal. ¿Y si me voy a Londres? hoy me inscribo en el gym. No tengo plata. Voy a mandar todo a la mierda. Mierda!!! me quemé. mmmm, que bueno el café, ahhhh. Esta camisa me queda horrible. Si, me voy a dejar crecer el pelo. No me da tiempo. Las botas. Dónde estará la otra. Me va a dar hambre. Bueno, ya veré. Coño, el pen drive, y el Cede. El móvil, las llaves. Me maquillo en el camino. Qué día es hoy. Miércoles. Qué escucho hoy??? EnCayapa...

miércoles 21 de marzo de 2007

Paco tiene nueva vida

Finalmente, la suerte le ha sonreido a Paco. Su vida ha dado un vuelco completo.
No es que antes tuviera una mala vida. Antes lo que estaba era cansado. Muy cansado de ese trabajo fácil, mecánico, aburrido. Era vendedor en una tienda pequeñita. Se llevaba genial con los clientes, casi todos fijos. No le pagaban mal y le quedaba mucho tiempo libre.
Pero él quería más, sabía que éra capaz de estar en un lugar donde su cerebro no fuera un trapo más colgado de una percha.
Su vida personal tampoco era para tirar cohetes. Salía de vez en cuando por ahí, se tomaba un trago y miraba a la gente. Escogía. No le resultaba nada difícil ligarse a alguna para pasar la noche, pero nunca encontraba a aquella que volara. Se sentía sólo.
Ahora todo es diferente. Como si de frotar una lámpara mágica se hubiese tratado, Francisco López cumplió sus deseos. Al mismo tiempo.
Le ofrecieron un puesto de gerente en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Relacionarse con los proveedores, tener personal a su cargo, tomar decisiones importantes cada día. Tiene un sueldo muy superior y un sólo día libre a la semana. Con el móvil encendido por si surgiera algo.
Está contento. Ahora usa su cerebro y tiene oportunida de conocer a gente muy influyente.
Debería estar contento.
Ha conocido a Elena. Elena sin H, lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo.
Sin ser bella, Elena es la más hermosa de las mujeres. Inteligente, divertida, sensual hasta más allá de cualquier límite. Y quiere a Paco.
Enamorarse es increíble. Le da sentido a todo. Él se siente más vivo porque la ama a ella. Piensa en ella todo el día. Tanto, que a veces se equivoca con algún pedido. Tiene tantas ganas de verla, que en verdad le importa poco lo de conocer a gente importante. Un día entero a su lado vale más que todo el dinero del mundo.
PAco ya no se siente solo. Paco tiene el trabajo que quiere ¿por qué la angustia se está comiendo el corazón de Paco?

domingo 25 de febrero de 2007

Cosas que (lamentablemente) siguen pasando

En todos, desde el portero de un local cualquiera, hasta los representantes de las más altas autoridades, cuando se cumple la fórmula ignorancia+poder, sólo puede haber un resultado, y ese es el abuso. Las víctimas de ese abuso son, irremediablemente, personas que no han hecho nada y que no tienen ni idea de por qué están pagando. Sufren sin saber la razón. Más que por el daño físico del que puedan ser objeto, sufren por la incertidumbre, porque no entienden nada.
Todos hemos sentido esto en mayor o menor medida.
Todos hemos leído y visto los extremos de esta "fórmula maldita" en las dictaduras (independientemente de su ideología). Hemos visto como un ser humano es capaz de cebarse sobre otro con la mayor de las crueldades. Y esto es algo que me cuesta entender. No puedo. Si alguien me preguntara a qué le tengo más miedo y repulsión en el mundo, yo respondería sin lugar a dudas que a las torturas.
Traigo hoy este tema a mi busaca aunque no sea el estilo que he querido imprimirle desde el prncipio. Pero como he dejado claro, en esta busaca cabe todo. Y hoy cabe esto por la experiencia recientemente vivida por Edgar, un amigo mexicano que cometió el gravísimo delito de ir a pasar carnavales en Sitges y hacer fila para esperar un tren de vuelta a Barcelona. A él le tocó ser el X que se atravesó en el camino de ciertos señores vestidos de verde, con poco cerebro y mucho poder. Pero pude haber sido yo, o cualquiera de mis "busaquitos".

lunes 5 de febrero de 2007

La gota

Con demasiada fuerza para ser tan sólo una gota de agua salada, la lágrima pugnaba por salir a través de mi ojo derecho. Párpados, pestañas y globo ocular, con iris y retina incluidas, no habrían sido capaces de detenerla de no ser por una vulgar pero decidida sorbida de mocos que la nariz no tardó en ceder como única salvación.

Caminando desde el metro, el edificio del “Juzgado de Familia” fue apareciendo hasta convertirse en un ser autónomo que saltaba de frente, con su puerta bien abierta, para burlarse en la cara de todo aquel ingenuo que alguna vez creyó en aquello de “hasta que la muerte nos separe”. Ni siquiera una ingenua especial, sino una más del montón. Eso soy. Ni la estrategia del merengue ochentoso a todo volumen por los audífonos me evitó el escalofrío del fracaso, la lágrima que se esfuerza. La lágrima no salió, pero tampoco se dio por vencida.

Entró impetuosa al cuerpo, esta vez con sed de venganza porque no había podido liberarse. Los abogados disfrazados de búhos con sus togas negras corrían de un lado a otro, y sus clientes, perdidos y asombrados, a un paso de distancia. Mientras miraba distraída los laberintos de oficinas donde, como en una coreografía, irían entrando todos; el nudo en la garganta aprovechó para tomar protagonismo. Era como un llanto hacia dentro. Mi propio búho me habló y entonces un pertinente carraspeo me devolvió a la concentración. Caminar, hacer mi parte del baile. Salir. Cuanto antes.

Verificada la corrección de los datos en un sonriente carnet de identidad, se abrieron las puertas de una sala. Todo madera. Búhos de mayor categoría. Un banquillo, yo en el centro, acusada. La lágrima, luchando por su libre albedrío, se coló en el estómago. Dolor. “¿Ratifica usted…..?” “mjmm”, no me dejaba hablar la lágrima convertida en dolor de estómago. “¿Es eso un sí?” respiración profunda, otra vez la nariz en mi rescate y salió un patético pero al menos audible “sí”.

Todo listo. Sólo una hoja de papel al frente para ser firmada. Bolígrafo en mano, la lágrima se me mete por el brazo derecho, siento el cosquilleo. Va despacio, como saboreando su plato dulce, de el hombro al codo, del codo a la muñeca, de la muñeca a la mano. Los búhos miran impacientes. La siento llegando a mis dedos. Pongo la mano sobre la hoja, y firmo al mismo tiempo que siento una pequeña explosión en el pecho. La lágrima ha salido, mi dedo se ha manchado un poco con la tinta. Me lo meto a la boca para limpiarlo, siento el sabor de la tinta. Es sólo una gota, y es salada.

domingo 21 de enero de 2007

As long as it lasts

Mi intención de contenerme fue inútil. Desobedientes, los dedos de mi mano derecha se hundieron en tu pelo, mientras el señor que toca el tambor en mi pecho* aceleraba el ritmo hasta niveles casi mortales.
La suavidad de tu alma comenzó a derramarse hacia fuera, hacia tu piel. El cielo quiso formar parte y las estrellas miraron hacia abajo. Una de ellas, junto a la luna, se estampó en mi ombligo. Tú tocaste a los astros y decidiste quedarte, magnetizado.
Mientras, los constantes azotes de ese mar llamado miedo intentaban hacerme retomar la tristeza del control, la muerte de la vida sin vida.
Aguanto. Aún con el riesgo de un enésimo naufragio. Mis dedos vuelven a hundirse, y deciden quedarse.

*Orig. de la hirma

miércoles 29 de noviembre de 2006

El final

Partir c’est mourir un peu. Mourir c’est partir un peu trop

Llevaba un año leyéndolo. Todo. Sus libros, sus guiones, sus artículos y su blog. No lo que escribían sobre él. Le tenían sin cuidado los críticos. Sólo lo que él decía, incluso de su vida personal. Nunca dejó un comentario, no creía estar a la altura.

Mientras ella se hundía cada día en la silla de su escritorio, rodeada de dos ventanales, dos paredes blancas y mucha soledad, él hacía viajes por el mundo. Tailandia, Londres, México, Paris. Ella atendía el teléfono a clientes groseros que se quejaban siempre por alguna cosa en la que ella no tenía nada que ver.

Él era muy importante en su vida. Tomaba en cuenta todas sus opiniones. Lo seguía y lo respetaba. En cierta forma, lo amaba. Y se dejaba llevar por él. Iba a ver las películas que él recomendaba, compraba la música que él admiraba. Y si hablaba de algún lugar en su ciudad, iba a visitarlo, con la ilusión de que él estuvo allí y algo de su presencia queda siempre en las partículas del aire.

Ese miércoles decidió darse un paseo por la Gran Vía para ir a comprar su última novela. Ya le costaban un poco esos recorridos. Estaba mayor, tenía artritis. Pero el aire fresco y la gente que iba por la calle la animaban. La vida a su alrededor le hacía sentir un poco de vida propia. Claro, que eso era mentira. No tenía ninguna vida. Sólo un trabajo absurdo, un sofá, una cama vieja y amigos muertos. Y a él en el papel. A él en la pantalla.

Con mucha ilusión, compró "La vida final" y esa misma noche comenzó a leerla. Una pulmonía la llevó a la cama toda la semana siguiente. Allí siguió leyendo cómo Cristina, el personaje principal, se acercaba a sus días finales.

El cáncer de Cristina comenzó a empeorar justo cuando a ella le diagnosticaron la neumonía. Más días en cama, esta vez de hospital. Cristina comenzó con la quimioterapia, pero no parecia mejorar. Comenzó a despedirse de su numerosa familia y a recorrer mentalmente su vida, llena de intensos momentos.

A ella le costaba un tanto leer. Estaba muy cansada. Recordó que su vida había sido una especie de línea recta. Penosamente recta. Sabía que también tenía que despedirse, pero no tenía de quién. Entonces lo recordó a él, a quien en un único comentario le agradeció una última página que leer, su adiós íntimo y personal, antes de dejar este mundo.

sábado 9 de septiembre de 2006

Victoreto



“Tu hijo va a ser el orgullo de la familia. Él y su guitarra van a recorrer el mundo”. Eso le dijo una bruja a mí mamá hace un montón de años. Ella veía el futuro de la gente a través de la cédula. La ponía detrás de una lupa de esas de hacer limpieza de cutis y soltaba su perorata de augurios, buenos y malos.

Recuerdo que cuando tú eras un peloncito de pocos meses y yo tenía tres años (juro que lo recuerdo) iba por ahí diciéndoles a todos mis amiguitos que tú eras el bebé más bello del mundo. Y lo eras.

Después pasaste a ser ese personaje molesto a más no poder que se llama hermano menor, pero qué remedio, ahí estabas. Fiebrúo, totalmente fiebrúo. Primero, los muñequitos de la Guerra de las galaxias, después los de he-man (hasta que te robaron una bolsa llena por dejarlos en la escalera del edificio), luego los peces (tuviste dos peceras), mas tarde el heavy metal (grrrrrrr) y finalmente, definitivamente y afortunadamente, la guitarra.



También te dio por jugar fútbol, béisbol, hacer karate, atletismo, tocar melódica, redoblante, trompeta y cantar en un coro. Y luego, por estudiar periodismo, habrase visto.

Una vez me diste un golpe. Yo, que me aprovechaba de ser mayor, te perseguí por toda la casa y me vengué con unos cuantos. Sabías que no podías volver a pegarme, pero te daba rabia, así que te quejabas de que sólo me habías dado uno. “A palabras eléctricas, oídos desenchufados” te decía yo. “Mis palabras no son eléctricas” gritabas tú. El punto final, triste para ti, fue cuando mi papá llegó y te dijo que a las mujeres no se las tocaba ni con el pétalo de una rosa.

También otro día, disfrazándome de alguna cosa, te manché una de tus franelas OP, tesoros preciados. Aún hoy me lo recuerdas. Así como la vez que se disparó la alarma de la camioneta y yo me puse a llorar del susto, como una tonta.

Siento que crecí escuchando tus melodías. Tus errores al estudiar con la guitarra, que para mí fueron un privilegio. Una banda sonora para mi vida.

Luego te fuiste y fue duro, muy duro. Pero el viento soplaba a tu favor. Y hoy lo sigue haciendo. Me alegro de haber compartido la cara de satisfacción con la malta del camino, de todos los juegos y las risas y de que mis manos se parezcan tanto a las tuyas, aunque sean incapaces de crear tanta maravilla.

Me disculpo por tu OP, mis golpes y no estar cerca durante tantos años. Pero no olvido que fui tu primera fotógrafa y me siento terriblemente orgullosa de que la bruja vaya teniendo razón. Sigues siendo el principal en mi banda sonora. Te quiero.

jueves 31 de agosto de 2006

Sofía

El padre Jacobo dice que no, pero yo estoy seguro de que he estado en más bodas que él. Dice que ese es su trabajo, que es cura y por eso me gana. Cosa que no es cierta, yo también trabajo en bodas, y no sólo en las católicas. He cantado en matrimonios evangélicos, protestantes, mormones, judíos y últimamente me estoy llenando con los gays.

La gente dice que tengo buena voz, y es verdad. Aún así, más que por la voz, los anfitriones me contratan porque tengo chispa. Si, chispa. Siempre se me ocurre algo qué decir en el momento preciso y todos se ríen. Además, aguanto muy bien a la gente que le entra la vena artística después de tomarse dos cervezas. Yo toco la guitarra y ellos se desgañitan, ahí aprovecho para pensar en mis cosas y me pongo la máscara de la sonrisa.

A Sofía la conocí en una de esas bodas. Como siempre, los amigos de unos amigos habían decidido ser originales y casarse en la playa. Ella con flores en la cabeza, él con camisa blanca de algodón. Querían que les cantara unas baladas durante la ceremonia y que luego entretuviera a sus amigos con un poco de trova cubana. Más de lo mismo y con la misma condición de siempre: ya no canto “Yolanda”, se agotó.

Mis ojos oyeron, ese día. Las perfectas líneas de sus caderas bajo ese vestido rojo chillón, hacía un sonido imposible de ignorar. La tensión de sus piernas sobre los altísimos tacones (a pesar de estar en la playa) prometía volverme loco. El movimiento rítmico de sus brazos al andar era un baile glorioso.

Sus ojos. Sus ojos sonreían, buscaban, miraban. Y yo, al encontrarlos, me quedé mudo. Respiré profundo y conté mentalmente hasta donde pude, de forma incoherente, repitiendo números, perdiendo la cuenta. Respiré otra vez profundo para poder hacer mi trabajo. Volví a mirar a la profundidad perdida de sus ojos, y canté. Esta vez como un ángel, canté sólo para ella.

Mis pensamientos se quedaron suspendidos como en una cuerda de tender la ropa, al viento. Mientras la gente se reía, comía, bebía y bailaba con la orquesta, yo la miraba e intentaba disimular. Su marido estaba con ella.

Al final de la noche, sólo quedaba un grupo. Todos alcoholizados, por supuesto. Era el momento de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, de Aute, de Cortez. Nos sentamos todos en la arena. La luna estaba llena y era la única luz a esas horas. Algunos seguían bebiendo, otros fumaban porros. Una pareja, que se conoció en la boda, no paraba de besarse. Sofía, a mi lado, esperaba el primer acorde mirando las estrellas y hacía breves comentarios con ese acento andaluz que se metía en el fondo de mi estómago.

Comencé a cantar “El breve espacio en que no estás” y todos callaron. Veían cómo mis dedos tocaban la guitarra. Pero la luz de la luna se dio cuenta, y arrojó la sombra de mis dedos sobre su rostro para que pudiera acariciarlo… la prefiero compartida antes que vaciar mi vida, no es perfecta, más se acerca a lo que yo…simplemente soñé.

* Dedicado a José Luis

lunes 7 de agosto de 2006

El Fotingo (I)

Me llamaban Fotingo, aunque el nombre me lo dieron a los 19 años. Nací en 1928, en Detroit, Michigan. Fue un parto múltiple, al lado había muchos como yo.

Estaba recién nacido cuando un hombre de mi país, Estados Unidos, me llevó a un país del Caribe, Venezuela. A mí me habría gustado conocer al menos las carreteras de mi lugar de nacimiento. Y no es que no me gustara vivir ahí, en América del Sur, pero hacía demasiado calor y mi radiador tenía que hacer maravillas para sobrevivir mientras llevábamos a la gente de Maracaibo a Machiques, en una época en la que era muy difícil llegar aunque los dos lugares estuviesen en el mismo estado, Zulia.

Con toda esa actividad me fui deteriorando poco a poco y decidieron venderme al propietario de una hacienda. Me humilló el poco dinero que pidieron por mí, juro que mi motor estaba en perfectas condiciones.

Pronto descubrí las intenciones de mi nuevo dueño, un hacendado muy trabajador y con un fuerte carácter, de apellido Romero. Me desarmó. cada parte de mí fue usada para algo distinto. Los guardafangos eran bebederos para gallinas y la gente caminaba sobre lo que eran mis puertas para no mancharse los pies con el barro. Lo peor de todo fue ver como mi motor se utilizaba para impulsar una máquina de moler el maíz de los cochinos. Ya nunca saldría de allí y mucho menos a conocer las carreteras de Estados Unidos...

Un día de 1946, acostumbrado a despertarme antes que los gallos y a escuchar los cantos de los ordeñadores para sacar un poco más de leche a las vacas, ví llegar a dos hombres jóvenes a la hacienda.

Por lo que pude escuchar, a uno de ellos lo llamban Mingo y al otro Joaquín. vinieron a proponerle algo a Don Arquímedes Romero. mingo fue quien más habló. dijo que tenía planes de atravesar la América, que quería vivir una gran aventura y confirmar los ideales de un tal Simón Bolívar. Que iba a pedir con esa hazaña la culminación de la carretera Interamericana "como símbolo de unión de los pueblos de este continente"

Con gran convicción contó cómo pensaba, junto a Joaquín y otro hombre de Maracaibo, llegar hasta Detroit en automóvil.

Al oir el nombre de esa ciudad no pude evitar sentir nostalgia y una curiosidad creciente. Lo que pensaba hacer era imposible. A mí me habían traído en barco y me atrevería a asegurar que no había manera de hacer ese trayecto por tierra.

Pero Mingo, ante la incredulidad del hacendado, insistió en lo positivo de ese viaje para el pueblo de Machiques, para Venezuela, para la humanidad. Le pedía que les vendiera "aquel motor que usáis para moler maíz, te aseguro que lo voy a poner en el sitio donde fue fabricado".

¿Qué? ¿yo? pero ¿qué pensaban hacer conmigo? me pregunté. Y muy pronto lo descubriría.

lunes 31 de julio de 2006

Por un pelín

La pestaña tenía razón.

Juan me advirtió que la tenía pegada en mi mejilla izquierda. Inmersa en mi agobio por el calor y el tráfico de Madrid, yo me pasé la mano con la idea de deshacerme de ella. Pero quizás por la naturaleza pegajosa de todo en estas fechas, no se cayó, se quedó en uno de mis dedos. Entonces Juan y yo hicimos (sin siquiera decirlo) eso que estúpidamente habíamos hecho toda la vida, cada vez que una pestaña se queda vagando en el rostro de alguien.

Juntamos los pulgares, aplastando la pestaña, y cada uno pidió un deseo a Dios, al destino o a las hadas, sabiendo que todo eso es mentira y que el deseo nunca se cumple, y si se cumple es purita casualidad.

Le tocó a él.

Juan - le dije-mi deseo era de amor ¿esto significa que no va a cumplirse?
No - me dijo - se va a cumplir, pero no ahora. Tendrás que esperar.

Yo creía que esperaría unos días, porque eso me había dicho él. Estaba contenta, con una contentura que ya creía extinta.

Ahora veo, con la cara llena de lágrimas (que también creía extintas) que la suerte no me ha elegido. El deseo no se cumplió. Se le cumplió a Juan y quizás a alguien que, en otro lugar lejos de aquí, sí se quedó con la pestañita.

martes 11 de julio de 2006

Un extra en La Paloma*

Andrés tiene dos pistolas, una plateada y otra negra. La plateada se la regalaron hace justo un año, cuando cumplió nueve. Es su favorita porque cuando la acciona hace ruido. Él sabe que no es como el de los disparos de verdad, pero al menos se parece. No es como la negra, que suelta un triste “clic” incapaz de asustar a nadie.

Pedro, el padre de Andrés, trabaja en la cafetería bar “La paloma”, en la calle Preciados, una de las más comerciales del centro de Madrid. Su horario es como todos los de la hostelería, unas 60 horas a la semana y un jefe que exige hora de llegada pero jamás respeta la de salida. Entra todos los días a las doce, para dar el menú. Sale alrededor de las cinco para volver nuevamente a las ocho y preparar todo para la cena. Cuando llega a casa ya Andrés está dormido. Libra un día y medio a la semana, rotativos.

Hoy Andrés está contento porque papá le dijo que le traía un regalo. Al llegar del colegio, lo llamó a la cafetería para saludarlo, como todos los días. Pedro exigía esta llamada diaria como una norma obligatoria, un encuentro telefónico entre padre e hijo sin tiempo para verse en casa. “No se me ha olvidado que es tu cumpleaños, hijo, cómo se te ocurre. Prepárate, que esta tarde libro y vamos al cine”.

Hoy Pedro está ilusionado porque lleva en el bolso un reproductor mp3 para Andrés, y sabe que le hará mucha ilusión. Hasta puede hacer que se le olvide esa absurda obsesión con las armas que tiene desde que era pequeño. Come un poco, se cambia de ropa y agradece que hubiese poca gente para el menú. Sale a las 5 en punto. La línea 3 del metro está cerrada, así que decide caminar hasta la Plaza Mayor y ahí coger el autobús. A esta hora y con suerte, ya no habrá tanto atasco.

Andrés, después de comer, sale un rato a jugar por el barrio, lleva una pistola en cada bolsillo. La plateada en el derecho, como siempre. Hoy no encuentra a ninguno de sus amigos por las calles cercanas a su casa, así que decide jugar sólo. Se pone en una esquina y comienza a mirar a los coches que pasan. Se le ocurre una idea.

Pedro llega a la Plaza Mayor y se pone de último en la cola para subir al autobús. No está muy larga, podrá sentarse. Saca una revista de cómics que se compró hoy y se deleita con uno de sus pasatiempos favoritos. Habría querido ser dibujante, y no se le da mal, pero la vida es muy perra y hay que trabajar, más cuando se tienen niños. A su lado en la cola, una pareja discute. Pedro se abstrae, se sumerge en su revista.

La idea es dispararle a los coches. Ponerse de frente en el medio de la calle y lanzar una ráfaga de tiros a los camiones. A los particulares sólo un disparo certero, en la cabeza. A los peatones depende. Si van con niños, los perdona. Si no, pum pum pum.

El tono de la pelea sube. El hombre zarandea a la mujer. Pedro levanta la cabeza y mira. No quiere meterse, desde pequeño sabe que estas cosas nunca acaban bien. Sólo mira. El hombre le pregunta qué mira. Nada, responde él.

Andrés comienza a aburrirse de su matanza. Ha acabado con casi todo el barrio, visitantes incluidos. Está a punto de dejarlo cuando ve que viene un camión enorme, de Carrefour. Es mucha la tentación. Se cuadra perfectamente en todo el medio y lo mira de frente. Saca las dos pistolas como un perfecto vaquero de los que salen en las películas que ve su abuelo. Apunta decidido, sin temor a equivocarse. Mira al conductor a los ojos y aprieta los dos gatillos alternadamente, al tiempo que siente algo raro en la garganta, como si se la estuvieran apretando. Una sensación de asfixia espontánea. Una asfixia como la que siente Pedro junto al calor de la navaja que entra en su costado izquierdo. Porque estas cosas nunca acaban bien. Andrés deja caer las pistolas al suelo y siente que tener diez años es mucho. Mañana en “La Paloma” tendrán que contratar a un extra.


*título de Aniceto

lunes 3 de julio de 2006

Preparados

“El amor es que te busquen a la salida, lo demás son tonterías”. Ya conocías la respuesta cuando te pregunté si sabías lo que era el amor. La conocías de esa época en la que habrías hecho cualquier cosa por recuperarla. Viste la película* y fue como una cachetada. De golpe lo entendiste todo.

Fuiste a esperarla en la puerta del trabajo. Le dejaste una nota en el parabrisas. Esperaste. Una, dos, tres horas. Llovió y el agua lentamente desvaneció la tinta. Así como se desvaneció tu alma (no tan lentamente) cuando la viste salir con la vista fija en otro que también la esperaba a la salida. Ese que seguramente entendió a tiempo lo que era el amor.

No te preocupes. Yo también lo supe tarde. Siempre se sabe tarde. A veces hay remedio. Muchas otras no, y aquí estamos. Bailamos, bebemos una copa tras otra y decimos tonterías. Nos miramos y sabemos que detrás de los ojos hay historias, pero no queremos hablar de eso.

Son historias de duelos, de papeles borrados, de portazos y de ausencias presentes. Pero nosotros nos hacemos los fuertes. No, no nos hacemos, lo somos. Queremos sonreír y dejar que el tiempo se lleve nuestra tristeza profunda, esa tristeza tranquila que ya se cansó de montar numeritos y escupir lágrimas. Que se la lleve el tiempo así como la lluvia se llevó tu última esperanza de color azul tinta.

Mientras tanto, tú y yo bailamos y miramos otras historias en el cine.

Finalmente hablamos de amor, a las ocho de la mañana, después de la fiesta. Hablamos borrachos mientras tú me llevas a casa.

Hablamos durante 1843 metros, mientras tú me llevas. Empujas un carrito de supermercado conmigo dentro. Y, como todo un caballero, me dejas en la puerta de mi casa. Porque aún confiamos en que sabremos esperar a la salida. Estaremos preparados.


* Princesas. Fernando León de Aranoa

viernes 16 de junio de 2006

MADNESS

Después de ese almuerzo rápido, especialidad de tu recién estrenada soltería, y del café imprescindible para borrar los pensamientos que te impiden dormir antes de las dos de la mañana, saliste a trabajar.

Como cada día y cada tarde, recorriste Conde Duque por el lado donde pega el sol en invierno. Una vez más, atravesaste la calle por donde no hay paso de cebra y te metiste en Santa Cruz de Marcenado, para cortar camino. Luego por la izquierda, en Acuerdo, llegaste a Alberto Aguilera.

Llevabas prisa, como siempre. Pensabas en la manía de los españoles de parar el mundo entre dos y cinco de la tarde. Pensabas en lo caras que te habían costado las mandarinas, la próxima vez las comprarías en el otro puesto. . También pensabas en él, aunque no quieras reconocerlo… mientras mirabas al frente, por si pasaba el 21 y tenías que salir corriendo.

Un chico te preguntó cómo llegar a la Plaza Colón. Te encanta guiar a la gente. Te encanta demostrarte que conoces la ciudad. “Sigue recto, todo el tiempo. Primero vas a encontrar la Glorieta de San Bernardo (sabías que se llamaba Ruiz Jiménez, pero la gente le dice San Bernardo), luego la de Bilbao, la de Alonso Martínez y la Plaza Colón. Y si te cansas, puedes coger el 21, que hace el mismo recorrido. Yo voy a tomar ese autobús, si quieres vamos”.

No, gracias. Él prefería irse andando.

Y no me extraña. Hablas demasiado. Maldita manía esa que tienes de vomitar información. A quién le importa todo lo que quieres contar. Siempre que lo haces te acuerdas de esa peli en la que salía una chica hablando sin parar, de sí misma. Igual que tú. Te cayó mal, muy mal. Era una pesada. Por enésima vez decidiste que, de ahora en adelante, estarías calladita. Sabías que no lo cumplirías, pero te quedabas en paz por un instante creyéndote tu falsa y reiterativa auto-promesa.

Es que no hay caso, te gusta hablar y algunas veces no te da tan mal resultado. Como ese día que te llamaron para trabajar en la barra del bar MADNESS. Te hacía mucha gracia el nombre del bar que, aparte de ordinario y desagradable, iba perfectamente acorde con lo que se respiraba en aquel antro.

Entre una caña y otra, apareció una especie de actor de película de Hollywood y se te sentó al frente. Queriendo ser gracioso, dijo alguna de esas tonterías que te dicen frecuentemente los hombres para buscarte conversación. Y tú, por primera vez, no supiste que responder. Sonreíste, mostrando todos los dientes, con tu mejor cara de idiota.

Ese tipo de chicos nunca te había gustado. Demasiado alto, demasiado rubio, demasiado perfecto. Tus amigas bromeaban con eso. Te gustaban raros, feos y, sobre todo, complicados. Así que seguiste cortando pan, sirviendo aceitunas, tirando cañas…y olvidaste su presencia.



Estabas extrañamente callada bebiendo una bien merecida cerveza, cuando irrumpió de nuevo con la pregunta de siempre y de todos ¿de dónde eres? Tú vacilabas entre las múltiples respuestas que solías dar: de por ahí, no es tu problema, del sur, de Canarias, del mundo…pero le dijiste la verdad, quizás porque viste en sus ojos la súplica de un poco de compañía.

Accediste y comenzaste a contarle de todo. Por alguna razón, ya el tipo te caía bien, había caído en tu trampa. O tú en la suya. Dos horas más tarde caminaban hacia la Latina, ibas a un bar en la calle Humilladero, donde tus amigos te esperaban. Él parecía encantado con tu cháchara y tú te dejabas envolver con sus ojos tan abiertos y su sonrisa de niño grande, excitado con su nuevo juguetito.

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Una señora te insulta porque subes al autobús antes que ella, que ya llevaba rato en la parada. La miras sin entender y sientes un cosquilleo en los ojos. Parecido al que sentiste cuando él, a la mañana siguiente, se marchó de tu casa sin pedirte si quiera tu número de teléfono.

Por eso no te gustan los guapos, que pueden incluso llegar a hacerte sentir princesa, una princesa de utilería, mientras dura el encanto de aquello que no se necesita, pero uno se encapricha hasta que lo consigue. Y una vez en la mano, no se sabe qué hacer con ese precioso objeto. Uno se aburre.

Los guapos te hacen estar callada.