Cuando era una adolescente pensaba que moriría joven. Para ser exacta, a los 37 años. No recuerdo de dónde saqué esa idea, pero sí que lo tomé con resignación. Total, faltaba mucho para eso.
La primera vez que tuve alguna noción de lo que era la muerte fue a eso de los cinco años. Íbamos viajando a Barquisimeto, toda la familia, y yo le pregunté a mi papá dónde estaba Papamingo, mi abuelo, porque llevaba mucho tiempo sin verlo. Me dijo que se había ido al cielo. Todo lo que aprendí ese día sobre la muerte, sin embargo, me lo dijeron sus ojos.
Hoy es el día de la madre aquí en España. Y yo este año cumplo 33. A veces la certeza esa de que iba a morir joven me golpea la frente. Según eso me quedan poco más de 4 años. Yo me espanto el pensamiento con el argumento de que nadie sabe cuándo se va a morir. Quizás mañana o quizás no termine este texto.
Pero ¿y si es verdad? ¿Si una extraña voz premonitoria me lo dijo para que planificara mi vida y la disfrutara al máximo en esos 37 años?
Si es así, estoy en apuros. Lo he hecho todo un poco alrevés. A mis catorce años, además de saber la edad de mi muerte, estaba segura de que nunca me casaría y de que algún día tendría un hijo con un hombre guapo que me cruzara por la calle, el cual nunca se iba a enterar de la existencia de ese hijo. También estaba segura de que era muy inteligente y, de mayor, sería muy exitosa en la profesión que eligiera.
Todo esto se lo debo a la enorme contribución de las telenovelas venezolanas en el diseño de mi extraño universo mental y a la natural tendencia de mi familia a ser muy dramáticos, sensibles, llorones. También a que todos son unos genios y yo también pensaba que lo era.
Mi carrera profesional ha sido más bien como una montaña rusa. Lo de la genialidad me da risa. Incluso a veces me sorprendo cuando siento una lagrimita caer viendo series malas, con actores malos y guiones peores, que de paso tienen acento español. De paso, me casé. Y no tuve hijos. Digo no tuve porque ya me divorcié.
Quiero tener un hijo. Las razones pueden ser el reloj biológico, la soledad, ver a mis amigas con niños (o sea, la envidia), las ganas de darle un nieto a mis padres, el deseo de preocuparme por algo realmente importante en la vida o celebrar este día inventado por el Corte Inglés.
La pregunta es si debo esperar el momento adecuado y, sobre todo ¿cuál es ese momento? Cuando tenga una pareja estable, cuando tenga dinero, cuando lleve un par de años en el trabajo, cuando viva cerca de mi familia o cuando tenga 37 y vea que no me he muerto?
Son muchas preguntas y no tengo respuestas. Tengo vida, de momento. Vida y la computadora no se ha colgado, lo cual es un gran motivo de alegría. Por ahora me conformo con haber terminado este texto.
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
domingo 6 de mayo de 2007
miércoles 29 de noviembre de 2006
El final
Partir c’est mourir un peu. Mourir c’est partir un peu trop
Llevaba un año leyéndolo. Todo. Sus libros, sus guiones, sus artículos y su blog. No lo que escribían sobre él. Le tenían sin cuidado los críticos. Sólo lo que él decía, incluso de su vida personal. Nunca dejó un comentario, no creía estar a la altura.
Mientras ella se hundía cada día en la silla de su escritorio, rodeada de dos ventanales, dos paredes blancas y mucha soledad, él hacía viajes por el mundo. Tailandia, Londres, México, Paris. Ella atendía el teléfono a clientes groseros que se quejaban siempre por alguna cosa en la que ella no tenía nada que ver.
Él era muy importante en su vida. Tomaba en cuenta todas sus opiniones. Lo seguía y lo respetaba. En cierta forma, lo amaba. Y se dejaba llevar por él. Iba a ver las películas que él recomendaba, compraba la música que él admiraba. Y si hablaba de algún lugar en su ciudad, iba a visitarlo, con la ilusión de que él estuvo allí y algo de su presencia queda siempre en las partículas del aire.
Ese miércoles decidió darse un paseo por la Gran Vía para ir a comprar su última novela. Ya le costaban un poco esos recorridos. Estaba mayor, tenía artritis. Pero el aire fresco y la gente que iba por la calle la animaban. La vida a su alrededor le hacía sentir un poco de vida propia. Claro, que eso era mentira. No tenía ninguna vida. Sólo un trabajo absurdo, un sofá, una cama vieja y amigos muertos. Y a él en el papel. A él en la pantalla.
Con mucha ilusión, compró "La vida final" y esa misma noche comenzó a leerla. Una pulmonía la llevó a la cama toda la semana siguiente. Allí siguió leyendo cómo Cristina, el personaje principal, se acercaba a sus días finales.
El cáncer de Cristina comenzó a empeorar justo cuando a ella le diagnosticaron la neumonía. Más días en cama, esta vez de hospital. Cristina comenzó con la quimioterapia, pero no parecia mejorar. Comenzó a despedirse de su numerosa familia y a recorrer mentalmente su vida, llena de intensos momentos.
A ella le costaba un tanto leer. Estaba muy cansada. Recordó que su vida había sido una especie de línea recta. Penosamente recta. Sabía que también tenía que despedirse, pero no tenía de quién. Entonces lo recordó a él, a quien en un único comentario le agradeció una última página que leer, su adiós íntimo y personal, antes de dejar este mundo.
Llevaba un año leyéndolo. Todo. Sus libros, sus guiones, sus artículos y su blog. No lo que escribían sobre él. Le tenían sin cuidado los críticos. Sólo lo que él decía, incluso de su vida personal. Nunca dejó un comentario, no creía estar a la altura.
Mientras ella se hundía cada día en la silla de su escritorio, rodeada de dos ventanales, dos paredes blancas y mucha soledad, él hacía viajes por el mundo. Tailandia, Londres, México, Paris. Ella atendía el teléfono a clientes groseros que se quejaban siempre por alguna cosa en la que ella no tenía nada que ver.
Él era muy importante en su vida. Tomaba en cuenta todas sus opiniones. Lo seguía y lo respetaba. En cierta forma, lo amaba. Y se dejaba llevar por él. Iba a ver las películas que él recomendaba, compraba la música que él admiraba. Y si hablaba de algún lugar en su ciudad, iba a visitarlo, con la ilusión de que él estuvo allí y algo de su presencia queda siempre en las partículas del aire.
Ese miércoles decidió darse un paseo por la Gran Vía para ir a comprar su última novela. Ya le costaban un poco esos recorridos. Estaba mayor, tenía artritis. Pero el aire fresco y la gente que iba por la calle la animaban. La vida a su alrededor le hacía sentir un poco de vida propia. Claro, que eso era mentira. No tenía ninguna vida. Sólo un trabajo absurdo, un sofá, una cama vieja y amigos muertos. Y a él en el papel. A él en la pantalla.
Con mucha ilusión, compró "La vida final" y esa misma noche comenzó a leerla. Una pulmonía la llevó a la cama toda la semana siguiente. Allí siguió leyendo cómo Cristina, el personaje principal, se acercaba a sus días finales.
El cáncer de Cristina comenzó a empeorar justo cuando a ella le diagnosticaron la neumonía. Más días en cama, esta vez de hospital. Cristina comenzó con la quimioterapia, pero no parecia mejorar. Comenzó a despedirse de su numerosa familia y a recorrer mentalmente su vida, llena de intensos momentos.
A ella le costaba un tanto leer. Estaba muy cansada. Recordó que su vida había sido una especie de línea recta. Penosamente recta. Sabía que también tenía que despedirse, pero no tenía de quién. Entonces lo recordó a él, a quien en un único comentario le agradeció una última página que leer, su adiós íntimo y personal, antes de dejar este mundo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
