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martes 6 de noviembre de 2007

El Tóxico

Por suerte o por desgracia, hasta este momento, en todos mis ambientes laborales, estudiantiles y familiares he sentido que la armonía reina por encima de todo. Por supuesto que siempre hay diferencias, roces y hasta peleas. Pero nunca he dudado que en el trabajo lo que está en la cabeza de todos es sacar adelante los proyectos (vender si hay que vender, escribir si hay que escribir y así…), en la universidad lo que nos importa a todos es terminar la carrera (cada uno con su particular manera de hacerlo) y en casa básicamente lo que queremos es estar tranquilos, descansar, compartir. En resumen, ser felices.

Hay gente que lo disimula bien: tienen cara de perro todo el día, se quejan más de lo que respiran, saltan a la primera o les encanta ser víctimas de todo. Sin embargo, hasta este momento de mi vida, he creído firmemente que incluso esos seres amargados buscan la felicidad.

Pero hoy me enfrento a algo que nunca había visto. Alguien que es incapaz de esgrimir una sonrisa, que deja mucho que desear en el desempeño de su trabajo y que parece centrar su vida en hacer daño a las personas que le rodean. Por más que lo intento, no logro encontrar su lado bueno. Es como el trompo ese al que giras y siempre cae por un lado que dice algo “toma uno”, “pon dos”, “toma todo”, pero esta persona por todos los lados tiene una sentencia negativa.

Es alguien tóxico. Destila veneno. Como hasta ahora he creído a rajatabla en la generosidad humana, aunque sea debajo de 10 mil capas, me cuesta comprenderlo. Esta vez mi teoría se cae por su propio peso. Creo que hay gente que está tan afectada por las carencias, la infelicidad y quizás las malas experiencias que no tiene remedio. Si interacción con los demás siempre será a base de espinas.

Mi pregunta es cómo huir de su influencia. Cómo mantener la calma y seguir adelante si tienes la obligación de compartir tiempo y trabajo con una persona tan desgraciada (en sentido literal y en sentido maracucho)

domingo 15 de abril de 2007

Dulces

Lentamente, intermitentemente o impetuosamente, una y otra vez el agua salada ha mojado mi rostro. Pocas y felices veces en los últimos años ha sido el mar. La mayoría de las veces han sido la tristeza, la rabia o la impotencia los motores del derrame.

Las estrellas de mi techo han sido testigos, pacientes, iluminando cada una de esas gotas de desaliento o desahogo. Ninguna ha abandonado. Son estrellas con esperanza porque alguna vez vieron otro tipo de llanto.

Yo había olvidado que el amor no sólo te causa dolor o angustia. Había olvidado que una sonrisa se te puede pegar a la cara al margen de tu voluntad y había olvidado que con la salida del sol también pueden salir tus propios colores.

Hoy las estrellas han recibido un regalo, un premio a su compañía y a sus rayitos de luz en la oscuridad. Tú y la suavidad de tus manos han estado junto a ellas y junto a mi piel, brillando. Hoy mi memoria a despertado a un viejo recuerdo. He descubierto, como una niña pequeña, que en una explosión de felicidad también se puede llorar. Y esas lágrimas han resultado ser dulces.

jueves 25 de enero de 2007

3 + 1

La destartalada cabecita de anime al final tenía razón. Su cursi cartelito decretó "amigas por siempre", sin una pizca de temor a equivocarse. N. conserva al horrible muñequito junto a los recuerdos de nuestra insufrible adolescencia plagada de corazoncitos e iniciales de los primeros amores.
Ahora ella tiene dos grandes amores y otro en camino, pero sus lágrimas de sueño no han cambiado con los años. Tampoco esa dulce sonrisa que te recuerda que todo está bien y que estas niñas son mujeres sólo por un accidente de la naturaleza incapaz de rozar siquiera nuestra esencia.
L. también ostenta una sonrisa impermeable a los chaparrones del tiempo. Esta es una sonrisa de madre acariciadora de cabezas atormentadas, aliviadora de todo tipo de males. Esta sonrisa se crece en las adversidades y se convierte en carcajada sonora con instantánea facilidad.
N(2) es la reina de la fiesta, incluso después de descubrir por las ventanas de esa estructura bien diseñada (como todas las suyas) se sale un chorro de corazón caudaloso y sensible. Impetuosa e indetenible, nunca esconde nada, no tiene porqué. Aún con el alma remendada, alarga la mano hasta donde a los demás nos haga falta.
Yo, Dartagnan alocado, inseguro, inestable y con lentes de falsa intelectualidad, sólo puedo agradecer a la vida con estas palabras torpes por tan inmerecidas mosqueteras.

miércoles 10 de enero de 2007

Nostalgia

Un rayito de sol se cuela por la persiana. Es intenso. Me despierta. Me pregunto qué hora es, dónde estoy. Veo las fotos de la habitación y se cuela una sonrisa en mi cara. Estoy en casa.

Es triste y feliz a la vez. Es volver y preguntarme dónde he estado todo este tiempo. Las cosas están iguales. Un poco gastadas, porque aquí el sol implacable lo desgasta todo.

No sé si ya los paisajes no son los mismos. O yo no soy la misma. Intento sonreír. Respiro la brisa de la playa y me lleno los pulmones. Vuelve a colarse una sonrisa. También un dolor en la boca del estómago.

Me baño con perolito porque no hay agua. El café ya está listo a esta hora, como todos los días, con sabor a canela. El lago brilla por todas las ventanas, así, tan divo como siempre, tan rey de todo. Bajo a la calle y comienzan a sentirse los olores del almuerzo, los aromas deliciosos de las escaleras de mi infancia. Se oyen los gritos altaneros vendiendo cualquier cosa, anunciando lo cierto y lo falso. Se ve la vida, una vida que se me antoja cansada, contra corriente.

Si, todo está más viejo. La gente y las cosas. La piscina no tiene agua. La playa está sola, le han dado la espalda. El árbol donde tenía mi casita está en el suelo. El banco donde me dieron un primer beso lleno de brisa, está roto. Sienten desprecio por lo viejo. Todos quieren objetos nuevos. Una nueva ciudad. Y yo añoro la vieja. Las casas de antes, las que eran de aquí. Esas casas que no envidiaban el “estilo americano”, ni italiano, ni francés.

Hoy me alegro de mi nostalgia, la que nos recuerda que hemos vivido momentos felices. La que deja en mi mente fotografías imborrables, colores vivos del Caribe, calor sin aire acondicionado.

Siento que, dentro de pocos días, dejaré los últimos vestigios de algo que me perteneció y a lo que pertenecí. Algo que arranqué o me fue arrancado como una cinta pegante sobre la piel, duele y deja rojeces. Dejo mi casa sin saber si la encontraré en pie nuevamente. Le pido a mi memoria que luche contra tanto borrador, que me deje al menos los paisajes, las sonrisas de la niñez, los olores y esa sensación de brisa de lago, pegajosa e intensa.