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lunes 31 de julio de 2006

Por un pelín

La pestaña tenía razón.

Juan me advirtió que la tenía pegada en mi mejilla izquierda. Inmersa en mi agobio por el calor y el tráfico de Madrid, yo me pasé la mano con la idea de deshacerme de ella. Pero quizás por la naturaleza pegajosa de todo en estas fechas, no se cayó, se quedó en uno de mis dedos. Entonces Juan y yo hicimos (sin siquiera decirlo) eso que estúpidamente habíamos hecho toda la vida, cada vez que una pestaña se queda vagando en el rostro de alguien.

Juntamos los pulgares, aplastando la pestaña, y cada uno pidió un deseo a Dios, al destino o a las hadas, sabiendo que todo eso es mentira y que el deseo nunca se cumple, y si se cumple es purita casualidad.

Le tocó a él.

Juan - le dije-mi deseo era de amor ¿esto significa que no va a cumplirse?
No - me dijo - se va a cumplir, pero no ahora. Tendrás que esperar.

Yo creía que esperaría unos días, porque eso me había dicho él. Estaba contenta, con una contentura que ya creía extinta.

Ahora veo, con la cara llena de lágrimas (que también creía extintas) que la suerte no me ha elegido. El deseo no se cumplió. Se le cumplió a Juan y quizás a alguien que, en otro lugar lejos de aquí, sí se quedó con la pestañita.