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jueves 18 de octubre de 2007

Todo lo que se ignora, se desprecia

Esta frase, de Antonio Machado, pronunciada por un ex-indigente-ahora-blogger me da mucho que pensar. Es aplicable a todo. De la ignorancia nacen los prejuicios y las posiciones extremas. Es simplemente miedo a lo desconocido.

Ese miedo que nos hace defendernos, alejarnos, mantenernos y afianzarnos en nuestra ignorancia.

Hoy en el evento "Blogs, La Conversación" se habló de muchos temas y cómo son tratados en los blogs: educación, acción social, feminismo, relaciones sociales.

Me impactaron sobre todo las experiencias en la acción social con los blogs. Pedro Cluster, autor de INDIGENCIA nos cuenta cómo en su blog trata ayudar a los que, como él en el pasado, viven en la calle. Las cifras que nos proporcionó fueron reveladoras: una buena parte de las personas que duermen en cartones lo hacen porque algo muy fuerte les ha pasado en la vida, más del 16% tienen títulos universitarios, más del 64% tienen estudios secundarios, más del 30% no tienen ninguna adicción, y sobre todo, no son delincuentes. Si lo fueran, dormirían bajo techo.

En esa bitácora denuncia la situación de estas personas, sus verdaderas historias. Quiere ayudarnos a conocer para dejar de despreciar.

Por otro lado, May Escobar, de la Fundación Bip Bip nos contó cómo, a través de un post en este blog, lograron llegar a una red de 50 blogs en 48 horas y de ahí saltar a los medios de comunicación, lo cual les dejó el maravilloso resultado de la donación de 250 ordenadores usados para un proyecto y que se doblaran las visitas en su página web, es decir, visibilidad.

Olga Berrios, de la Fundación Chandra, también contó sus experiencias formando a gente en pequeñas asociaciones sin fines de lucro por toda España. Habló de la brecha digital, que también es una brecha mental, porque, una vez más, hay miedo a lo desconocido.

Hubo muchos otros temas interesantes. El debate sobre la mujer en la blogosfera estuvo candente, de la mano de Montse Boix, Tíscar y Rosa de El País.

El final, con el proyecto Yo, Digital, fue sencillamente alucinante.

Más info sobre el evento en: el Blog de Octavio Rojas (organizador), La Broma, Ciberprensa, ALT1040, SimDalom.

¡Gracias!

viernes 25 de agosto de 2006

El hogar*




Mi casa no está muy limpia, pero en mi habitación hay una pared azul, con estrellas y una luna que brillan en la oscuridad.

Sólo hay tres sillas en el salón, pero hay cojines de colores y tapices güajiros en las paredes. A veces también hay niños preciosos gateando en el suelo y haciendo sus ruiditos.

No hay calefacción ni aire acondicionado, pero a la gente le gusta refugiarse en ese salón oscuro, que también tiene una luna y una lámpara de lava roja.

Todas las mañanas huele a café con canela. Algunos domingos a perico y arepa.

Hay miradas y sonrisas atrapadas en tantas fotografías, flores de colores que giran en los balcones y vainilla en forma de velas.

Falta el dinero, la mayoría de las veces, pero sobran (si es que eso puede sobrar)las letras, el cine y la música.

En mi casa cada quien opina lo que quiere. No hay censuras, y sí muchos abrazos.

Mi casa no es mía, pero su dueño jamás tendrá lo que tengo yo, un hogar.

*Gracias, Pili, también haces que así sea.

lunes 31 de julio de 2006

Por un pelín

La pestaña tenía razón.

Juan me advirtió que la tenía pegada en mi mejilla izquierda. Inmersa en mi agobio por el calor y el tráfico de Madrid, yo me pasé la mano con la idea de deshacerme de ella. Pero quizás por la naturaleza pegajosa de todo en estas fechas, no se cayó, se quedó en uno de mis dedos. Entonces Juan y yo hicimos (sin siquiera decirlo) eso que estúpidamente habíamos hecho toda la vida, cada vez que una pestaña se queda vagando en el rostro de alguien.

Juntamos los pulgares, aplastando la pestaña, y cada uno pidió un deseo a Dios, al destino o a las hadas, sabiendo que todo eso es mentira y que el deseo nunca se cumple, y si se cumple es purita casualidad.

Le tocó a él.

Juan - le dije-mi deseo era de amor ¿esto significa que no va a cumplirse?
No - me dijo - se va a cumplir, pero no ahora. Tendrás que esperar.

Yo creía que esperaría unos días, porque eso me había dicho él. Estaba contenta, con una contentura que ya creía extinta.

Ahora veo, con la cara llena de lágrimas (que también creía extintas) que la suerte no me ha elegido. El deseo no se cumplió. Se le cumplió a Juan y quizás a alguien que, en otro lugar lejos de aquí, sí se quedó con la pestañita.

martes 11 de julio de 2006

Un extra en La Paloma*

Andrés tiene dos pistolas, una plateada y otra negra. La plateada se la regalaron hace justo un año, cuando cumplió nueve. Es su favorita porque cuando la acciona hace ruido. Él sabe que no es como el de los disparos de verdad, pero al menos se parece. No es como la negra, que suelta un triste “clic” incapaz de asustar a nadie.

Pedro, el padre de Andrés, trabaja en la cafetería bar “La paloma”, en la calle Preciados, una de las más comerciales del centro de Madrid. Su horario es como todos los de la hostelería, unas 60 horas a la semana y un jefe que exige hora de llegada pero jamás respeta la de salida. Entra todos los días a las doce, para dar el menú. Sale alrededor de las cinco para volver nuevamente a las ocho y preparar todo para la cena. Cuando llega a casa ya Andrés está dormido. Libra un día y medio a la semana, rotativos.

Hoy Andrés está contento porque papá le dijo que le traía un regalo. Al llegar del colegio, lo llamó a la cafetería para saludarlo, como todos los días. Pedro exigía esta llamada diaria como una norma obligatoria, un encuentro telefónico entre padre e hijo sin tiempo para verse en casa. “No se me ha olvidado que es tu cumpleaños, hijo, cómo se te ocurre. Prepárate, que esta tarde libro y vamos al cine”.

Hoy Pedro está ilusionado porque lleva en el bolso un reproductor mp3 para Andrés, y sabe que le hará mucha ilusión. Hasta puede hacer que se le olvide esa absurda obsesión con las armas que tiene desde que era pequeño. Come un poco, se cambia de ropa y agradece que hubiese poca gente para el menú. Sale a las 5 en punto. La línea 3 del metro está cerrada, así que decide caminar hasta la Plaza Mayor y ahí coger el autobús. A esta hora y con suerte, ya no habrá tanto atasco.

Andrés, después de comer, sale un rato a jugar por el barrio, lleva una pistola en cada bolsillo. La plateada en el derecho, como siempre. Hoy no encuentra a ninguno de sus amigos por las calles cercanas a su casa, así que decide jugar sólo. Se pone en una esquina y comienza a mirar a los coches que pasan. Se le ocurre una idea.

Pedro llega a la Plaza Mayor y se pone de último en la cola para subir al autobús. No está muy larga, podrá sentarse. Saca una revista de cómics que se compró hoy y se deleita con uno de sus pasatiempos favoritos. Habría querido ser dibujante, y no se le da mal, pero la vida es muy perra y hay que trabajar, más cuando se tienen niños. A su lado en la cola, una pareja discute. Pedro se abstrae, se sumerge en su revista.

La idea es dispararle a los coches. Ponerse de frente en el medio de la calle y lanzar una ráfaga de tiros a los camiones. A los particulares sólo un disparo certero, en la cabeza. A los peatones depende. Si van con niños, los perdona. Si no, pum pum pum.

El tono de la pelea sube. El hombre zarandea a la mujer. Pedro levanta la cabeza y mira. No quiere meterse, desde pequeño sabe que estas cosas nunca acaban bien. Sólo mira. El hombre le pregunta qué mira. Nada, responde él.

Andrés comienza a aburrirse de su matanza. Ha acabado con casi todo el barrio, visitantes incluidos. Está a punto de dejarlo cuando ve que viene un camión enorme, de Carrefour. Es mucha la tentación. Se cuadra perfectamente en todo el medio y lo mira de frente. Saca las dos pistolas como un perfecto vaquero de los que salen en las películas que ve su abuelo. Apunta decidido, sin temor a equivocarse. Mira al conductor a los ojos y aprieta los dos gatillos alternadamente, al tiempo que siente algo raro en la garganta, como si se la estuvieran apretando. Una sensación de asfixia espontánea. Una asfixia como la que siente Pedro junto al calor de la navaja que entra en su costado izquierdo. Porque estas cosas nunca acaban bien. Andrés deja caer las pistolas al suelo y siente que tener diez años es mucho. Mañana en “La Paloma” tendrán que contratar a un extra.


*título de Aniceto

viernes 16 de junio de 2006

MADNESS

Después de ese almuerzo rápido, especialidad de tu recién estrenada soltería, y del café imprescindible para borrar los pensamientos que te impiden dormir antes de las dos de la mañana, saliste a trabajar.

Como cada día y cada tarde, recorriste Conde Duque por el lado donde pega el sol en invierno. Una vez más, atravesaste la calle por donde no hay paso de cebra y te metiste en Santa Cruz de Marcenado, para cortar camino. Luego por la izquierda, en Acuerdo, llegaste a Alberto Aguilera.

Llevabas prisa, como siempre. Pensabas en la manía de los españoles de parar el mundo entre dos y cinco de la tarde. Pensabas en lo caras que te habían costado las mandarinas, la próxima vez las comprarías en el otro puesto. . También pensabas en él, aunque no quieras reconocerlo… mientras mirabas al frente, por si pasaba el 21 y tenías que salir corriendo.

Un chico te preguntó cómo llegar a la Plaza Colón. Te encanta guiar a la gente. Te encanta demostrarte que conoces la ciudad. “Sigue recto, todo el tiempo. Primero vas a encontrar la Glorieta de San Bernardo (sabías que se llamaba Ruiz Jiménez, pero la gente le dice San Bernardo), luego la de Bilbao, la de Alonso Martínez y la Plaza Colón. Y si te cansas, puedes coger el 21, que hace el mismo recorrido. Yo voy a tomar ese autobús, si quieres vamos”.

No, gracias. Él prefería irse andando.

Y no me extraña. Hablas demasiado. Maldita manía esa que tienes de vomitar información. A quién le importa todo lo que quieres contar. Siempre que lo haces te acuerdas de esa peli en la que salía una chica hablando sin parar, de sí misma. Igual que tú. Te cayó mal, muy mal. Era una pesada. Por enésima vez decidiste que, de ahora en adelante, estarías calladita. Sabías que no lo cumplirías, pero te quedabas en paz por un instante creyéndote tu falsa y reiterativa auto-promesa.

Es que no hay caso, te gusta hablar y algunas veces no te da tan mal resultado. Como ese día que te llamaron para trabajar en la barra del bar MADNESS. Te hacía mucha gracia el nombre del bar que, aparte de ordinario y desagradable, iba perfectamente acorde con lo que se respiraba en aquel antro.

Entre una caña y otra, apareció una especie de actor de película de Hollywood y se te sentó al frente. Queriendo ser gracioso, dijo alguna de esas tonterías que te dicen frecuentemente los hombres para buscarte conversación. Y tú, por primera vez, no supiste que responder. Sonreíste, mostrando todos los dientes, con tu mejor cara de idiota.

Ese tipo de chicos nunca te había gustado. Demasiado alto, demasiado rubio, demasiado perfecto. Tus amigas bromeaban con eso. Te gustaban raros, feos y, sobre todo, complicados. Así que seguiste cortando pan, sirviendo aceitunas, tirando cañas…y olvidaste su presencia.



Estabas extrañamente callada bebiendo una bien merecida cerveza, cuando irrumpió de nuevo con la pregunta de siempre y de todos ¿de dónde eres? Tú vacilabas entre las múltiples respuestas que solías dar: de por ahí, no es tu problema, del sur, de Canarias, del mundo…pero le dijiste la verdad, quizás porque viste en sus ojos la súplica de un poco de compañía.

Accediste y comenzaste a contarle de todo. Por alguna razón, ya el tipo te caía bien, había caído en tu trampa. O tú en la suya. Dos horas más tarde caminaban hacia la Latina, ibas a un bar en la calle Humilladero, donde tus amigos te esperaban. Él parecía encantado con tu cháchara y tú te dejabas envolver con sus ojos tan abiertos y su sonrisa de niño grande, excitado con su nuevo juguetito.

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Una señora te insulta porque subes al autobús antes que ella, que ya llevaba rato en la parada. La miras sin entender y sientes un cosquilleo en los ojos. Parecido al que sentiste cuando él, a la mañana siguiente, se marchó de tu casa sin pedirte si quiera tu número de teléfono.

Por eso no te gustan los guapos, que pueden incluso llegar a hacerte sentir princesa, una princesa de utilería, mientras dura el encanto de aquello que no se necesita, pero uno se encapricha hasta que lo consigue. Y una vez en la mano, no se sabe qué hacer con ese precioso objeto. Uno se aburre.

Los guapos te hacen estar callada.