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miércoles 9 de agosto de 2006

El Fotingo (II)




Después de obtener la aprobación de Don Arquímedes, los dos jóvenes me sacaron de ahí, recogieron las pocas piezas que aún quedaban tiradas en los potreros y me llevaron a un taller mecánico en Maracaibo.

El taller pertenecía a un hombre alto y delgado, a quien llamaban "El Maestrico" por su inigualable habilidad para arreglar todo desperfecto mecánico. El Maestrico era muy amigo de Joaquín y Mingo, y esperaba con ansias la llegada del carro que iba a recorrer las Américas. Incluso le avisó a un grupo de amigos, quioenes se juntaron a esperarme.

Cuando ví a toda esa gente, me sentí importante por primera vez en mi vida, aunque pasé una gran vergüenza. No me había dado cuenta de que, sobre mi motor se había pegado lo que en machiques llaman "cacure" que no es más que un nido de abejas. Todo mi público tuvo que salir corriendo cuando me movieron para bajarme y se alborotaron los insectos, incluso alguien dijo "¿Y ustedes piensan viajar a Eastados Unidos en una caja de abejas?"

Ese fue el día que comenzaron a llamarme "Fotingo" (así les decían a los viejos Ford). Ese día también volví a convertirme nuevamente en lo que era, un automóvil, y concí al tercer integrante del viaje, Régulo Díaz. Un hombre mayor que los otros dos, bastante más moreno y, por lo visto, muy culto.

Cuando se corrió la voz de lo que íbamos a hacer, la gente decidió apoyarnos, o gran parte de ella. En el Teatro Baral, el más importante de la ciudad, proyectaron películas para recabar dinero y muchos enviaron contribución y piezas de varias partes del occidente venezolano.

Entre esas piezas originales y otras creadas por el maestrico y mis futuros tripulantes, quedé convertido en un cacharro muy bonito. Incluso Régulo me dibujó, en un costado, un mapa con el recorrido y escribió "luchamos por la construcción de la gran carretera Interamericana". Del otro lado escribió, en letras grandes JIRA MACHIQUES - DETROIT.



Cuando estuve listo, el 27 de enero de 1947, nos hicieron una impresionante despedida frente a la catedral de Machiques. Las caras de la gente eran alegres y tristes a la vez. parecían estarse despidiendo para siempre de nosotros. Yo estaba asustado, no lo niego. No estaba seguro de poder hacer lo que estos tres jóvenes aseguraban que haría. Pero aún así, la idea me entusiasmaba mucho.

Nueve meses y cuatro días más tarde, mis cuatro ruedas desiguales estaban sobre miciudad natal, aunque ya bastante cansadas para alegrarse por eso.

Me tocó pasar por una guerra interna en Colombia. Allí conocí a un señor llamado Jorge Eliécer gaitán, que parecía ser muy importante. Salvé familias de ríos crecidos en Costa Rica, donde estuvimos a punto de morir varias veces.

Conocí a un político exiliado en Nicaragua. Fui recibido con asombro y cariño en Honduras, El Salvador y Guatemala. Pasé un tiempo largo en México, buscando a un tal Cantinflas para hacer una película.

Finalmente, exhausto y feliz, llegué a Estados Unidos y me paseé por sus carreteras. Qué suavidad, qué tranquilidad, qué aburrimiento!!!

Después de tanta aventura, y 20 años de ausencia, yo no pertenecía a estas tierras, hasta el invierno me afectaba terriblemente. Y creo que Régulo, Joaquín y Mingo se dieron cuenta. Al poco tiempo, me subieron a un barco de regreso a Venezuela.

En mi país nos recibieron con una gran fiesta. En el Puerto de La Guaira hubo cantos y bailes, y desfilé con los carros más modernos. Salí en todos los periódicos. "Por primera vez en la historia, un automóvil atraviesa Sur, Centro y Norteamérica. Tres venezolanos a bordo de un Fotingo abren tierras vírgenes, recorren pantanos, montañas volcanes y suelos de´serticos, para dejar en alto el nombre de nuestro país. ¡Enhorabuena Mingo, Joaquín y Régulo!"

lunes 7 de agosto de 2006

El Fotingo (I)

Me llamaban Fotingo, aunque el nombre me lo dieron a los 19 años. Nací en 1928, en Detroit, Michigan. Fue un parto múltiple, al lado había muchos como yo.

Estaba recién nacido cuando un hombre de mi país, Estados Unidos, me llevó a un país del Caribe, Venezuela. A mí me habría gustado conocer al menos las carreteras de mi lugar de nacimiento. Y no es que no me gustara vivir ahí, en América del Sur, pero hacía demasiado calor y mi radiador tenía que hacer maravillas para sobrevivir mientras llevábamos a la gente de Maracaibo a Machiques, en una época en la que era muy difícil llegar aunque los dos lugares estuviesen en el mismo estado, Zulia.

Con toda esa actividad me fui deteriorando poco a poco y decidieron venderme al propietario de una hacienda. Me humilló el poco dinero que pidieron por mí, juro que mi motor estaba en perfectas condiciones.

Pronto descubrí las intenciones de mi nuevo dueño, un hacendado muy trabajador y con un fuerte carácter, de apellido Romero. Me desarmó. cada parte de mí fue usada para algo distinto. Los guardafangos eran bebederos para gallinas y la gente caminaba sobre lo que eran mis puertas para no mancharse los pies con el barro. Lo peor de todo fue ver como mi motor se utilizaba para impulsar una máquina de moler el maíz de los cochinos. Ya nunca saldría de allí y mucho menos a conocer las carreteras de Estados Unidos...

Un día de 1946, acostumbrado a despertarme antes que los gallos y a escuchar los cantos de los ordeñadores para sacar un poco más de leche a las vacas, ví llegar a dos hombres jóvenes a la hacienda.

Por lo que pude escuchar, a uno de ellos lo llamban Mingo y al otro Joaquín. vinieron a proponerle algo a Don Arquímedes Romero. mingo fue quien más habló. dijo que tenía planes de atravesar la América, que quería vivir una gran aventura y confirmar los ideales de un tal Simón Bolívar. Que iba a pedir con esa hazaña la culminación de la carretera Interamericana "como símbolo de unión de los pueblos de este continente"

Con gran convicción contó cómo pensaba, junto a Joaquín y otro hombre de Maracaibo, llegar hasta Detroit en automóvil.

Al oir el nombre de esa ciudad no pude evitar sentir nostalgia y una curiosidad creciente. Lo que pensaba hacer era imposible. A mí me habían traído en barco y me atrevería a asegurar que no había manera de hacer ese trayecto por tierra.

Pero Mingo, ante la incredulidad del hacendado, insistió en lo positivo de ese viaje para el pueblo de Machiques, para Venezuela, para la humanidad. Le pedía que les vendiera "aquel motor que usáis para moler maíz, te aseguro que lo voy a poner en el sitio donde fue fabricado".

¿Qué? ¿yo? pero ¿qué pensaban hacer conmigo? me pregunté. Y muy pronto lo descubriría.