19 mayo 2018

Gente buena

La subida al Cebreiro había sido bastante dura. Seis kilómetros cuesta arriba por una senda que parecía no tener fin. Juan y yo nos habíamos adelantado al resto. Se notaba que teníamos buena condición física, pero aun así, estábamos muy cansados. Aunque sería injusto describirlo como una tortura puesto que la belleza del paisaje compensaba. Todo verde bajo un cielo azul brillante. Y a medida que estábamos más arriba, la vista se iba haciendo más hermosa. Un paraje de montaña que se instalaba en el fondo del alma.

Una vez en el pequeño pueblo, nos reímos como niños por haberlo logrado. Pero al llegar al albergue municipal, el único del lugar, la alegría se fue al traste. La fila de peregrinos esperando sitio para alojarse era infinita. Imposible pillar una cama en ese sitio.
Cuando todavía no nos habíamos resignado a salirnos de la cola, un señor de pelo blanco que iba solo, intentó preguntarme qué pasaba. No hablaba español y su inglés era bastante malo. Se excusó diciendo que era alemán. Así que, entre señas y palabras sueltas, logré hacerle entender que él tampoco tendría dónde dormir en ese pueblo.
Juan y yo nos salimos de la fila y entramos al bar, que estaba también lleno de gente. Necesitábamos ir al baño y tomar un café mientras buscábamos una solución. Preguntamos al camarero de la barra si tenía idea de dónde podríamos pasar la noche. Nos dijo que este año a todo el mundo le había dado por hacer el Camino de Santiago, que nunca había visto el pueblo tan abarrotado. Ya le habían preguntado lo mismo no menos de cien veces. Y finalmente nos dijo que había dos opciones: ir a un apartamento privado que alquilaba alguien de su familia o caminar tres kilómetros más hasta un hotel, a riesgo de que no hubiese cuarto.
Lo del familiar nos dio mala espina, era muy caro y quedaba fuera de la ruta. Decidimos arriesgarnos. Las piernas se quejaban, pero retomamos la senda. “El camino siempre te da lo que necesitas” me dijo Juan. Él ya lo había hecho dos veces y yo confiaba en su palabra.
Llegamos al hotel de carretera cruzando los dedos. En la recepción, modesta pero muy pulcra, había una mujer de unos 40 años. Me llamaron la atención sus manos. En ellas se notaba el trabajo duro en contacto con la tierra. Creo que se dio cuenta de la ansiedad en nuestras caras, porque con una gran sonrisa nos dijo que le quedaba una habitación y que, de paso, ella nos preparaba la cena.
Mientras rellenábamos la ficha con nuestros datos, oímos los cascabeles de la puerta. Era Fritz, el alemán que habíamos conocido arriba en el pueblo. Pobre hombre. Él sí que se iba a tener que buscar la vida para descansar esta noche. Juan y yo nos miramos como diciendo ¿Qué hacemos? mientras él intentaba de nuevo hacerse entender con la mujer del hotel a punta de muecas.
Sin necesidad de consultarnos nada, Juan le preguntó directamente a la chica ¿Hay sitio en nuestra habitación para que él se quede? y ella nos dijo que en el suelo y con una pila de mantas podría dormir, que eso ya dependía de nosotros. Fritz estaba allí de pie perplejo, tratando de descifrar nuestra conversación, que claramente lo aludía.
Como soy bastante más extrovertida que Juan, volví a emplearme en las señas para preguntarle a Fritz si quería dormir en el suelo de nuestra habitación, la única que quedaba. Cuando me comprendió, se puso muy contento y nos dio las gracias en alemán, inglés y español. Subimos todos a la planta de arriba a acomodarnos y ducharnos, para luego bajar a cenar.
Una vez en la mesa, nuestro ánimo era mucho más alegre. La comunicación se hacía más fluida. Como Juan y yo ya nos conocíamos bien, nos dedicamos a entrevistar a Fritz. Estaba jubilado, tras haber trabajado cuarenta años como funcionario público. Vivía en un pequeño pueblo al sur de Alemania con su esposa. Tenía tres hijos y tres nietos.
La mujer del hotel nos trajo una sopa de verduras, deliciosa y caliente. Después carne y patatas. De postre, queso de tetilla y membrillo. Y, como broche de oro, licor de hierbas hecho por ella misma.
A Fritz se le iluminaron los ojos con la botella. Repetía una y otra vez “¡hierbas, hierbas!” y nosotros no parábamos de reír. Nos contó que llevaba diez años haciendo el Camino de Santiago. Siempre solo. Cuando quisimos saber por qué lo hacía, nos dijo, en casi perfecto español: “para conocer gente buena”.

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