10 mayo 2018

Como la vida

Al maratón no hay que tenerle miedo. Hay que tenerle respeto. Cuarenta y dos kilómetros son muy largos. Yo siempre he pensado que es como una vida comprimida. El de Praga era mi tercer maratón.

Como en la vida nada viene solo, para esos días de la carrera, en Venezuela la gente decidió salir a la calle a protestar en masa, aun sabiendo que se juegan la vida. Hartos de la inseguridad, de no encontrar leche, ni harina, ni pañales, ni medicinas. 

En el avión a Praga veo los vídeos y fotos de jóvenes tragando humo de bombas lacrimógenas caducadas y de guardias nacionales dando palizas y repartiendo tiros a diestra y siniestra a ese pueblo al que una vez juraron defender.

A la vez, en un hospital de Madrid, Iris lucha por su vida contra una maldita enfermedad. Lleva un año en esta lucha. Ella, la más guapa de la universidad, la amiguera, la que siempre hacía la fiesta en su casa

Por eso decido que este maratón va dedicado a ellos: a los jóvenes de Venezuela y a mi amiga guerrera.

Praga nos recibe con buen tiempo. Somos un grupo enorme. Del aeropuerto nos vamos directo a la feria a recoger nuestro dorsal. Se respira maratónBebidas isotónicas, geles, ropa deportiva, relojes con gpsEl eslogan me gusta: "All runners are beautiful". Y pienso una vez más en Iris. Tan hermosa, tan llena de luz. 

Después de cenar pasta, mis compañeros y yo seguimos el ritual de la noche anterior al gran díaenganchar el dorsal a la camiseta, ordenar los geles, poner a cargar el reloj. Hacemos una composición con todo junto en algún mueble cercano a la cama: ropa interior, calcetines, zapatillas, pantalón corto, camiseta, chubasquero, gorra, vaselina y gomas para el pelo.

Caras de nervios en el desayuno madrugador. Salimos a la calle con nuestras armaduras, como llamamos a las camisetas del equipo. No hace falta sudadera, ha salido el sol en Praga. 

Caminamos hacia el punto de encuentro y los preciosos adoquines nos ponen los pelos de punta, corriendo pueden ser letales. Más vale que no llueva. Nos juntamos todo el grupo de Madrid para la foto. A uno se les quedaron los geles en el hotelal otro se le olvidaron los imperdibles, a la otra el reloj. 

Nos abrazamos deseándonos la mejor de las suertes. El trabajo ya está hecho. Tres meses de madrugones, dieta, rodajes largos en la Casa de Campo, series en el Retiro. Pero en 42 km pueden pasar muchas cosas, como en la vida misma: tropiezos, males estomacales, calor o las famosas pájaras y el tan mentado y temido muro.

Nos separamos. Vamos cada uno con su grupo de ritmo. Nos metemos unos con otros. Yo soy la del ritmo sabrosón, porque cuando corro parece que bailo. No puedo evitarlo, es el Caribe que se me sale por todos los poros.

A estas horas Caracas duerme. Algunos descansan un rato del gas y los perdigones, otros no se sabe si duermen en las cárceles militares donde los han llevado. Otros ya duermen para siempre porque se atrevieron a gritar que se acabó el miedo. 

Iris se agita en su cama revelándose contra la morfina. A ella lo que le gusta es vivir, bailar, besar y, sobre todo, reír a carcajadas. A su lado la familia reza y, por todo el mundo, sus cientos de amigos pedimos que no sufra.

Esto ya comienza. La salida es una fiesta. La plaza Old Town nos despide con música clásica y gritos de ánimo. Ya no hay vuelta atrás, Lourdes, solo queda ir hacia adelante. Un largo camino empieza para ti. Hoy corres por otros, no puedes fallar.

Me siento fuerte. Esensei, nuestro entrenador, va a mi lado en los primeros kilómetros. Vamos al frente del grupo. Dice que me ve bien. En el kilómetro cinco vemos al equipo de animación, familia y amigos. Cada cara conocida es un subidón. Llevan pancartas, silbatos y cámaras de fotos.

A nuestro alrededor, Praga se extiende orgullosa. Vemos el castillo a lo alto, el teatro Nacional con su cúpula dorada y el Puente Carlos sacando pecho por estar vivos a pesar de tantas batallas, matanzas y revoluciones que han tenido que presenciar. 

Llegamos al kilómetro diez como nuevos. Hace más calor y humedad de lo esperado, pero el ánimo está intacto. Tomamos el primer gel, sin cafeína. No olvidamos beber en todos los avituallamientos. Es muy importante no deshidratarse y estamos sudando mucho.

A partir del kilómetro 17 se extiende una recta eterna a orillas de río. Ahí vemos pasar a los compañeros más rápidos, que ya van de bajada. ¡Vamos, vamos! Nos gritamos. A la vuelta veremos a los que vienen detrás y se volverán a levantar nuestros gritos en español. De momento todos se ven bastante enteros. 

El sol comienza a asomarse tras las montañas que rodean el valle de Caracas. Los chicos sacan verdaderas armaduras, trajes y máscaras improvisadas, envueltas en pañuelos, vinagre o maalox para las bombas. Escudos hechos de cartón y piedras para lanzar.

Iris abre los ojos y sale un hilo de voz ronca, casi inaudible. Dice "gracias" una y otra vez a su chico. Nunca se ha quejado durante este año infernal en el que ha visto como su cuerpo deja de responder.

Pasamos la media, quedan 21 kilómetros. Ya el cuerpo empieza a notarlo, la respiración resuena un poco, pero vamos bien. De momento, solo se han quedado atrás un par de compañeros que querían ir un poco más tranquilos.

Se acaba la enorme recta y toca tomarse una pastilla de sales. Asombrosamente, no me duele nada. El recorrido se queda un poco desierto, por aquí no hay nadie animando, en ningún idiomaMe quedo en la retaguardia del grupo, voy acusando el cansancio. El miedo aparece, aún queda mucho.

Kilómetro 30 y decido andar un poco, solo un poco. Mis compañeros siguen pero aún los veo.
Tomo una gran bocanada de aire y arranco de nuevo, las piernas se quejan. Decido que voy a alcanzarlos. Sé que los acelerones no son buenos, pero qué carajo, yo puedo. Cuando llego a ellos, Sergio y Jorge me dicen que es mejor que vaya tranquila. Mi respiración ya se nota mucho. Tienen razón. Me quedo atrás de nuevo. Acepto que quizás haga el resto del camino yo sola.

Avanzo noto más la distancia, cada metro cuenta. El tiempo y su relatividad empiezan a jugar conmigo. Al reloj también le cuesta avanzar. Miro al frente, alzo la vista al cielo y me invaden las imágenes de esos chicos que corren hoy también, pero por salvar sus vidas. Es otro empujón. 

Logro llegar al 32 y me echo a andar otro poco. Max, otro de mis compis, pasa a mi lado y me grita ¡Venga Lu! Me uno a él, va despacito. Paramos a beber en el avituallamiento y seguimos. Ya vamos por el kilómetro 33 y Max me dice ¡Solo quedan dos vueltas al Retiro! Una barbaridad, pienso, pero no lo digo. Hablar en este punto es un derroche de energía y la negatividad no ayuda.

Dejo atrás a Max y me juro a mí misma no andar hasta el 35, donde  que estará de nuevo nuestro súper equipo de animación y debo tomar el último gel, con cafeína. Me cuesta un mundo llegar sin parar.

Los gritos me llegan casi antes que las caras de las chicas. No tienen ni idea de lo que significa verlas ahí dando ánimos. Soraya, amiga y entrenadora, camina a mi lado. Me da una botella de agua, me recuerda que ya no queda nada, que esta distancia la he recorrido mil veces

Arranco de nuevo y me pongo cada kilómetro como meta. A la altura del 40 me sorprendo al ver a Jorge. -Voy fundido – me dice-Yo también, compi- le respondo. Intento que siga conmigo, pero se queda atrás. Dios mío, que duro es esto ¿Quien me habrá mandado a  a meterme en estas cosas?

Kilómetro 41, necesito andar. Veo a María, la mujer de Gonzalo. Me grita ¡Venga Lu, que queda un kilómetro, ya estás ahí! claro que sí, corriendo llegaré antes. Le digo que voy a hacerlo por ella y vuelvo a trotar, esta vez me digo a mí misma que hasta la meta. Miro de nuevo al cielo pidiendo fuerzas y pienso otra vez en los chicos que mueren por tiros a quemarropa o atropellados por una tanqueta. En las madres que hacen cola todo el día por un kilo de pasta o arroz. Pienso en Iris que me anima desde sus sueños delirantes de hospital. 

De repente, un cartel me informa de que quedan 700 metros para el final. Hay mucha gente animando y música de tambores. Como si nada, otro cartel me anuncia que solo faltan 300 metros. Y entonces, como si fuera el Golem de Praga, me vuelven todas las fuerzas. Acelero. Corro más de prisa que en el primer kilómetro, como si la libertad estuviera a 300 metros, como si la vida para Iris estuviera en ese arco. Adelanto a todos, me atrevo a mover los hombros con la batucada. Ha vuelto el ritmo sabrosón. Los adoquines no me molestan. Sonrío para las cámaras y entro victoriosa a la meta, sintiendo que toda esa gente está ahí para celebrar mi triunfo

Camino con dificultad después de mi sprint final. Me acerco a recibir la medalla que una voluntaria me pone al cuello mientras me dice “congratulations”. Y ahí, rodeada de una multitud pero en una enorme soledad, siento cómo las lágrimas saltan, no sé si por orgullo o por dolor. No sé si por saber que no habrá paz en Venezuela por mi esfuerzo, ni mi querida Iris podrá celebrarlo conmigo y una cerveza.

1 comentario:

Betina Barrios Ayala dijo...

Gracias por esto, Nini. Qué bello y sentido texto. Te abrazo inmenso y te admiro mucho. Qué bueno que estés de vuelta en tu busaca, tan tuya como las lágrimas al cruzar la meta.