16 mayo 2011

El amigo secreto

Todo empezó con líneas. Ella le entregó las suyas a ese desconocido. Él las tomó con delicadeza, se sumergió en ellas y decidió intercalar las propias en ese entramado desastroso.

Literaria, epistolar, de frases instantáneas, la suya era una amistad que bailaba sobre palabras cuidadosamente escogidas o impulsivamente escupidas en todos los matices tonales.

Los acentos intensificaban los sonidos, los signos de puntuación les entregaban silencios y sus respectivas imaginaciones se encargaban de los gestos.

Sólo tres conversaciones cara a cara, de las que ella recordaba: la publicidad del Aleti, los finales de Vargas Llosa y Pérez Reverte, y su cariño por la gente de ese otro lado del charco que “viven la vida, ríen intensamente, sufren intensamente, aman intensamente y odian a 500 dólares por vida” o menos…

Esa amistad era sólo de ellos. Porque en la vida real eran otra cosa. Estaban en el mismo mundo, pero en distintas altutides y latitudes. Él en la cumbre, rodeado del frío propio de las alturas; ella en la tierra, acalorada y perdida.

Dos seres eclécticos: clásicos en algunos casos, atrevidos en otros. No convencionales, sin buscarlo. Parte del encanto residía en no estar de acuerdo en casi nada. A los dos les gustaba la marea alta, aunque fuera por ratos cortos.

Compartían la debilidad por algunos pecados capitales.

Un día, transcurrido poco tiempo y muchas, muchísimas palabras, decidieron encontrarse. Buscaron un sitio neutral y alejado. Se sintieron tímidos y lo demostraron hablando más de la cuenta. La vida de cada uno se derramó sobre el mantel y los platos se quedaron a medio terminar. Fue un comienzo con final incorporado.

Esa noche ella tuvo un sueño en el que faltaba el tiempo y sobraban las ganas. Un coche para ambos, un ir y venir a sitios extraños, con gente de otras dimensiones que miraba con desaprobación. Mandaba el caos mientras ellos buscaban un lugar aislado y tranquilo donde dejarse ser. Se miraban y miraban al frente, esperando que el siguiente camino sí les llevara a ese terreno de paz y encuentro.

Cuando, finalmente, el canto del despertador anunció la mañana, ella estaba cansada, pensaba en esa historia que nunca fue y concluía que su vida era un rosario de adioses.

No hay comentarios.: