31 mayo 2011

Lucía

Si antes fui capaz
de dar mi corazón
completo
y en trocitos
a quienes
me habían querido
y a quienes no.

A los que venían
o se iban
amigos
pequeños
mentores
compañeros
amores
gentes buenas
y malas

Hoy que has venido
con tu enorme luz
de cocuyito
con esos ojos
negros
y esas manos

Que me miras
desde la imagen
con tu carita
recién llegada
asombrada
curiosa
más hermosa
que todo lo que he visto

Lo que queda de él
de mi corazón
con sus remiendos
cicatrices
abultamientos
abollamientos
dulzuras
y amarguras
es todo para ti
Lucía

16 mayo 2011

El amigo secreto

Todo empezó con líneas. Ella le entregó las suyas a ese desconocido. Él las tomó con delicadeza, se sumergió en ellas y decidió intercalar las propias en ese entramado desastroso.

Literaria, epistolar, de frases instantáneas, la suya era una amistad que bailaba sobre palabras cuidadosamente escogidas o impulsivamente escupidas en todos los matices tonales.

Los acentos intensificaban los sonidos, los signos de puntuación les entregaban silencios y sus respectivas imaginaciones se encargaban de los gestos.

Sólo tres conversaciones cara a cara, de las que ella recordaba: la publicidad del Aleti, los finales de Vargas Llosa y Pérez Reverte, y su cariño por la gente de ese otro lado del charco que “viven la vida, ríen intensamente, sufren intensamente, aman intensamente y odian a 500 dólares por vida” o menos…

Esa amistad era sólo de ellos. Porque en la vida real eran otra cosa. Estaban en el mismo mundo, pero en distintas altutides y latitudes. Él en la cumbre, rodeado del frío propio de las alturas; ella en la tierra, acalorada y perdida.

Dos seres eclécticos: clásicos en algunos casos, atrevidos en otros. No convencionales, sin buscarlo. Parte del encanto residía en no estar de acuerdo en casi nada. A los dos les gustaba la marea alta, aunque fuera por ratos cortos.

Compartían la debilidad por algunos pecados capitales.

Un día, transcurrido poco tiempo y muchas, muchísimas palabras, decidieron encontrarse. Buscaron un sitio neutral y alejado. Se sintieron tímidos y lo demostraron hablando más de la cuenta. La vida de cada uno se derramó sobre el mantel y los platos se quedaron a medio terminar. Fue un comienzo con final incorporado.

Esa noche ella tuvo un sueño en el que faltaba el tiempo y sobraban las ganas. Un coche para ambos, un ir y venir a sitios extraños, con gente de otras dimensiones que miraba con desaprobación. Mandaba el caos mientras ellos buscaban un lugar aislado y tranquilo donde dejarse ser. Se miraban y miraban al frente, esperando que el siguiente camino sí les llevara a ese terreno de paz y encuentro.

Cuando, finalmente, el canto del despertador anunció la mañana, ella estaba cansada, pensaba en esa historia que nunca fue y concluía que su vida era un rosario de adioses.

05 mayo 2011

Justo antes

El tiempo es tan inasible, impalpable y vaporoso
que los momentos de felicidad pasan como una ráfaga.

Dejan,
como mucho,
el dibujo de una sonrisa en el rostro, ansiedad porque se hagan eternos
e incluso, a veces, cansancio.

Por eso disfruto tanto del final de nuestros encuentros,
la frontera entre tenerte y no tenerte:
ese minuto de camino justo antes de desearnos un buen día;
ese lapso de duración indefinida que transcurre al filo de la inconsciencia cuando estamos a punto de quedarnos dormidos
y las caricias se hacen leves y lentas porque el cuerpo ya no responde;
el instante de silencio al otro lado de la línea telefónica cuando sabemos que no hay nada más qué decir;
la postdata de besos antes de alejarme por unos días.

El amor que siento en esos ratos de inminente adiós es tan fuerte,
que quisiera seguir despidiéndome de ti una y otra vez,
para sentirlo siempre. 
Y, a la vez, desearía no tener que volver a hacerlo.