01 marzo 2011

Última versión de mí (textos de Malupe, 2006)

Decepcionar a mi padre. Eso fue lo primero que hice en este mundo, un miércoles de 1974, a principios de octubre. Antes sólo se podía saber el sexo de los bebés al nacer, por eso mi papá decidió que su primogénito debía ser varón. No contaba con que su prole heredaría su mismo espíritu rebelde, incluso para venir al mundo. Me iba a llamar Víctor como él, pero ahora lo obligaba a buscar un nombre de niña.

Tampoco contaba con que mis rizos negros y mi diminuto tamaño le derretirían el corazón. Ni que una de mis primeras frases fuera “papi lindo”, lo que yo creía que estaba escrito en todos los carteles de la ciudad. Hace treinta años que me pide perdón por no alegrarse tanto de mi nacimiento. Y hace también treinta años que llena mi vida de poesía, canciones, paisajes y sabiduría.

Mi madre era la casa. Más que la casa, el hogar de todos, mucho más fuerte que las paredes y el techo, mucho más segura que las puertas y ventanas. Mucho más acogedora que cualquier estancia. Si el amor tuviera alguna forma concreta, sin duda sería la de su nariz larga y afilada y la de sus brazos a nuestro alrededor.

Mi mundo, un mundo perfecto, eran mis hermanos, que tenían un idioma propio y me daba rabia no entenderlos. Mis primos, todos unos enanos a los que yo quería cuidar como muñecos. Mis tíos, que eran mis segundos y terceros padres. Los viajes a Barquisimeto cada quince días sólo significaban una cosa: diversión y chorros de cariño.

Me tocó nacer en la ciudad más caliente de la bolita del mundo, donde todos tienen dos nombres y cualquier cosa puede ocurrir. Una llama peruana caminando por la calle a 40 grados de temperatura, o unas máquinas recogenieve en el techo de un hospital. Historias de piratas y caminos subterráneos que atraviesan la ciudad. Un relámpago que destella iluminando el lago todas las noches del año. Música desbordando cualquier espacio. Palmeras y petróleo. Humor a más no poder. Antes de conocer a García Márquez, ya yo tenía la huella de Macondo bien grabada en el alma y en la piel.

Siglos después, en estas calles estrechas de la vieja Europa, me pregunto quién soy. Y no lo sé. A veces pienso que soy como un camaleón, adaptándome siempre al entorno para pasar desapercibida. Sólo que, en ocasiones, mis camuflajes son tan torpes que, lejos de pasar, soy apuntada por la más fuerte de las spotlights y las miradas se dirigen hacia mí, nunca por mucho tiempo.

Me pasé la infancia subiendo a las matas de uva playera, inventándome casos para investigar, porque cuando fuera grande sería detective. Sol eterno, brisa, madrugadas, guarapo de papelón con limón e ínfulas de súper héroe llenaban mis horas. Hoy mis días se pasan entre el trabajo, los amigos, algunos libros, películas e internet y largas caminatas por esta ciudad que ahora me ama y me odia.
Me odia tanto como me odio yo misma, por débil, por cobarde. Eso sí lo sé. Lo que a veces soy o no soy, y lo que me hace seguir trepada al mundo.

Soy apasionada e impaciente. Creo en las energías de la gente más que en sus títulos universitarios. Me gusta lo ácido más que lo dulce. Detesto madrugar y hay días en los que no me baño por pereza. La mayoría de las veces, soy absolutamente incapaz de tomar una decisión y lloro cuando veo las series de televisión, pero no cuando algo verdaderamente me entristece.

Antes me angustiaba, en la época en que supe que Dios existía. Que estaba en todas partes con su infinito amor incondicional, que sólo te pedía a cambio estudiar mucho, no decir mentiras ni groserías, ser limpia y ordenada, comerte toda la comida, recoger dinero para los niños pobres del mundo, ir a misa todos los domingos, rezarle todas las noches, ser buena con tus padres, con tus hermanos menores, con los viejitos y con los animales, y que si te daban un cachetazo en una mejilla, pues nada, había que poner la otra, para emparejar.

Cuando rondaba los diez años viví una verdadera pesadilla gracias a la Virgen María. Las monjas decían que Dios la había elegido para ser la madre de su hijo Jesús porque era buena. El Padre Todopoderoso tuvo el detalle de enviarle un ángel para ponerla sobre aviso, y luego le puso al bebé en la barriga sin más. Yo era una buena niña, la mejor estudiante de mi clase y mis padres no tenían queja de mí ¿qué pasaba si el Señor se daba cuenta y decidía usarme de mensajera para mandar otro hijo al mundo? ¿Quién me iba a creer lo del ángel y mucho menos lo de virgen? Fueron años de pesadilla. Años que dieron paso a incontables fantasías que se iban tornando más agradables.

Hoy creo que la luna y las estrellas que están ahí inventadas por y para mí. Las mismas que alumbran las noches de mis dos emes, Madrid y Maracaibo. Y, aunque me cuesta decidir, un día decidí que la noche era un manto que cubría la tierra, y detrás de ese manto todo era luz. También decidí que había pequeños ángeles jugando tras el manto celestial con sus arcos y flechas. Las estrellas son la prueba de sus travesuras, son agujeros por donde se cuela la luz.

Me gusta la poesía que me llega al estómago y me lo mueve. La letra clara e intensa. Los olores que me traen recuerdos. La música. El mundo me hace pensar que no existe el amor, pero Pru y el siete de Horacio y la Maga me hacen creer de nuevo. Siempre busco algo por lo que merezca la pena arriesgarse, aunque al final le tenga pánico al riesgo.

Una vez un brujo me dijo que yo era como un barco, que no podía estar demasiado tiempo anclada en un lugar. Tenía razón, viajar es lo que más me gusta, porque en la vida te lo pueden quitar todo, pero ¿quién te quita lo bailao? Mis experiencias y los paisajes que se me quedaron dentro de los ojos nadie me los puede arrancar.

De pequeña, en ese mundo a medias entre playa y ciudad, soñaba con muchas cosas. Ninguna de ellas ha ocurrido. No puedo volar ni hacerme invisible. No soy detective ni actriz de teatro, ni cantante. Tampoco soy escritora ni intérprete. No he hecho nada a favor de la humanidad. Pero ahora me da igual. Tengo días por estrenar, una cámara fotográfica y los pies más bonitos que pisan el planeta tierra. Y, hoy, no sé muy bien por qué, mi padre está orgulloso de mí.

http://malupe.espacioblog.com/post/2006/02/22/ultima-version-mi