23 febrero 2011

Eterno

Siempre pensó que eso de entrar en páginas de contacto era de friquis. Pero el aburrimiento, la curiosidad o la tentación de estar a solas en el despacho de Carlos un miércoles por la tarde, le hizo meterse en esa web -para qué la deja abierta- pensó. Se aprovechó del pseudónimo ajeno para echar un vistazo a la fauna que pululaba en ese rincón de la red.

Algo de razón tenía, las chicas eran un poco raras. Todas posaban en las fotos como si estuvieran en un concurso de belleza. El maquillaje las hacía irreales, geishas virtuales. Era increíble la desesperación que se percibía. Un inventario de mujeres hermosas y horrorosas, incluyendo los matices entre una y otra cosa, de todas las edades y colores, buscando a algún desconocido, igual de desesperado, y cruzando los dedos para encontrar alguno que fuera simplemente normal.

Recorrió las fichas con una sonrisa altanera, sobrado, pensando en que tenía material para un mes de burlas a su hermano. Pobre, pensaba, desde que Sonia lo dejó, no sabe qué hacer consigo mismo.

Sin previo aviso, unos ojos pequeños y oscuros, con los que no contaba, se clavaron irreverentemente en los suyos, con una mirada profunda, detrás de una margarita. No había maquillaje ni sonrisas falsas en ese rostro. Sí había melancolía, un resto de tristeza fermentada.

Como reacción física, no pensada, escribió un mensaje privado robando la identidad de Carlos. Hola, te escribo desde la cuenta de mi hermano. Tú y yo nos conocimos en una vida pasada. Yo te amé, pero tuve que morir. Creo que deberíamos vernos, aprovechando que ahora volvemos a estar vivos y que llevamos más de 30 años tratando de encontrarnos.

Ella, desgastando un nuevo viernes por la noche, hizo un repaso de los mensajes que había en su bandeja de entrada. Aburridos todos, cada uno vendiéndose como mejor podía. Le daban lástima, pero más lástima se daba ella misma. Los iba borrando al filo de la segunda línea, sin leerlos completos. Al terminar se pondría a ver una peli mala, a ver si por una vez lograba quedarse dormida antes de las cuatro de la mañana.

…nos conocimos en una vida pasada, yo te amé…leyó por primera vez hasta el final. Buena excusa lo del hermano. Uno con imaginación es más de lo que puede pedirse a esta red de soledades tratando de negarse a sí mismas.

Le pareció divertido seguir la corriente. Hola amado ¡por fin! No sabes la cantidad de sapos que he tenido que besar antes de encontrarte... ¿Cuándo y dónde nos vemos?

Carlos llegó a su despacho y lo encontró sentado frente a su pantalla, con una cara muy rara. Se acordó de lo que estaba viendo antes de salir y comenzó a contar hacia atrás en espera de las burlas. Cuatro, tres, dos, uno…pero él permanecía recto, mirando sin mirar, con una especie de angustia en los labios. Ante la sorpresa de ambos, le pidió las claves de su perfil en la página, porque esperaba un mensaje. Carlos vio esa determinación y esa seriedad y accedió a la petición.

Cada media hora del día y de la noche, esperó al mensaje que llegaría el viernes. No, el sábado a la 01:03. Cuándo y dónde nos vemos… Cuándo y dónde…

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Mientras el tren se acercaba a la estación del Norte, ella no paraba de darle vueltas a la cabeza bajo su peinado especial. Es un hecho: estoy loca. Ni las varias conversaciones telefónicas que habían tenido podían garantizarle que este encuentro tenía sentido.

Mientras él veía el tren acercarse, los latidos de su corazón le impedían escuchar algo más. No era tan guapo como en las fotos. Sabía que se quedaría mudo.

Ella dijo que venía a conocer la ciudad, a darse una vuelta. Dijo que estaría bien conocerse, pero que no se sintiera obligado. Él había quedado con sus compañeros para ir a una manifestación y tenía (o se había inventado) otros compromisos para el fin de semana. Sólo sería un café y, si no había química, cada uno por su lado. Pero apenas ella puso un pie en el andén, él supo que eso no pasaría.

De tamaño medio, contextura media, venía envuelta en un abrigo verde y le sonreía. Era una expresión distinta a la de la foto, pero el mismo fondo viejo de melancolía en la mirada.

Él, más bajito de lo que ella pensaba, también sonreía. Llevaba una camisa blanca y unos vaqueros. Llegó hasta él y le dio dos besos. Hola. Hola. He venido a buscarte en mi coche, voy a llevarte al hotel. No hacía falta que te molestaras. Gracias.

Hubo cena, vino tinto y un par de copas. Hubo exceso de palabras, aunque ninguna de sobra, ninguna de menos. Él supo de la tristeza de otra época que vivía en sus ojos y ella supo de sus teorías sobre las parejas que se desgastan, y el amor eterno de fin de semana. Ella había prometido besarlo si le entraban ganas. Pero tenía ganas y no lo besaba, y él lo sabía. Así que se lo pidió y ella se acercó a su cara para comenzar un beso que acabaría dos días más tarde, de nuevo en la estación.

El café, el paseo turístico, la manifestación y otros compromisos se quedaron en la bolsa de la ropa sucia que cuelga en los armarios de los hoteles, por si alguien quisiera cogerlos y lavarlos, plancharlos y traerlos de vuelta. Por si alguien luego estaba interesado en sacarlos a la luz en vez de explorar las esquinas de un cuerpo ansioso por ser descubierto, en vez de adueñarse de todos los roces posibles, en vez de reaprender caricias e instruirse en alientos descontrolados, en vez de reencontrarse con el amor perdido en una existencia pasada y buscado durante más de treinta años.

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Él vuelve a entrar y ahí lo esperan las geishas. Ella no está. Su amor de la otra vida fue eterno y duró exactamente un fin de semana.

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