03 agosto 2011

Un abrazo

Ese abrazo
Bisnieto de otros mil
Muertos antes de nacer
Se queda conmigo

Esa mano
Tan presentida
Sigue atada
A todos mis dilemas

Ese rostro
Tranquilo y presagiado
Se metió en mis pupilas
Y en los sueños de ayer

Esas frases
Verdades malditas
Resuenan en mi caja
Con eco largo y sonoro

Ese adiós
Con rostro de hasta pronto
Se fue contigo
Pero quedó tu sombra

22 junio 2011

Hoy no

Si fuera el instante
de montañas rusas,
ires y venires
cargas extremas
sacrificios vagos
trabajos forzados

te convocaría


Si quisiera ver
tus oscuridades
salvarte,
que me salves
meterme de nuevo
en tus descaminos

te escribiría


Si me complaciera
pulsar tus dilemas
sacarte las cuentas
restarme contigo
hundirme en tus dudas
tejer soluciones

te llamaría


Si hoy contemplara
descontar minutos
otorgar segundos
forjar lágrimas
clavarte en mis ojos
herir mi garganta
descoser mi boca

te buscaría


Pero justo ahora
que el cuerpo es más mío,
tallado en caricias
lleno de alegrías
caliente y confiado
si tocas mi puerta

no te la abriría

02 junio 2011

Pinche Pepe

En 1999 sus 26 años de vida llegaron asustados a un salón de clases en un país del primer mundo. Venían llenos de expectativas y de ganas: Europa, la comunicación, la gente de diferentes partes del mundo, más de 600 días por estrenar. Yo, con un año menos, aterrizaba en la misma aula de la Complutense, igual de insegura e ilusionada.

Él era (y sigue siendo) muy tímido, callado, observando con esa mirada sabia que yo aún no logro tener. Yo, hablachenta, escandalosa, sin darme cuenta de nada.

No nos hicimos amigos desde el primer día, teníamos poco en común para ello. Pero a medida que pasaban las jornadas estudiantiles yo fui capaz de ver lo que se ocultaba detrás de esos ojitos semicerrados, curiosos, buscadores, y él logró saltar por encima de mi superficialidad.

Al principio le caí mal “pinche vieja sabionda”, porque critiqué su escrito, que tanto le costó leer en voz alta. Lo que él no entendía era que lo hacía porque me gustaba muchísimo. Hoy ya sabe que es uno de mis escritores favoritos. Exclusivo, además.

No sé en qué punto cambiaron las cosas y empezamos a ser lo que somos ahora. No tiene un nombre, no se llama amistad. Sólo él y yo sabemos lo que es este cuento, uno de los pocos en mi vida que no tienen final. Estoy segura.

Empezó con una locura de fiestas, paseos, novedades, comidas mal cocinadas.

Conocimos infinitos amaneceres en las calles de Madrid. Diferentes personajes que hoy nos hacen disfrutar a carcajadas del pasado. Descubrimos tanto juntos que sabemos intuirnos, al menos él escucha lo que siento sin que yo tenga que hablar. Sabe cuando estoy herida y cuando no me siento nadie. Él me cuida.

Podemos compartirlo todo. Sobre todo la cerveza, el tequila, la tristeza.

Hemos viajado y casi-viajado, viviendo vidas reales y paralelas. Nos hemos visto caer un montón de veces. Y es siempre él quien me anima a dejar de caminar y volver a la carrera, a superar la marca personal. No le importa lo que yo haya hecho, ni lo que haya dejado de hacer. Le importa lo que soy, le gusta lo que soy.

Es mi familia. Tan real que yo lo escogí y él me escogió. Y sus chicas también son mi vida. Son la prueba andante de la belleza y la bondad. Un motivo para intentar ser cada día mejor.

Hoy se va a otra liga porque en esta ya no encuentra lo que busca.

El inmenso dolor de que su cercanía deje de ser física no me aparta de la salida. Sé, y lo sé mejor que él, que marcará un nuevo récord. Confío tanto en él que no le deseo suerte, sino una oportunidad para demostrarse a sí mismo el oro del que está fabricado.

Estoy tan convencida de eso, que me veo dentro de poco en una playa de Manzanillo, con una cerveza en la mano, viéndolo reir hasta que los ojitos desaparezcan, recordando estos últimos doce años, fundidos en un abrazo de esos nuestros, en los que no falta nada.

31 mayo 2011

Lucía

Si antes fui capaz
de dar mi corazón
completo
y en trocitos
a quienes
me habían querido
y a quienes no.

A los que venían
o se iban
amigos
pequeños
mentores
compañeros
amores
gentes buenas
y malas

Hoy que has venido
con tu enorme luz
de cocuyito
con esos ojos
negros
y esas manos

Que me miras
desde la imagen
con tu carita
recién llegada
asombrada
curiosa
más hermosa
que todo lo que he visto

Lo que queda de él
de mi corazón
con sus remiendos
cicatrices
abultamientos
abollamientos
dulzuras
y amarguras
es todo para ti
Lucía

16 mayo 2011

El amigo secreto

Todo empezó con líneas. Ella le entregó las suyas a ese desconocido. Él las tomó con delicadeza, se sumergió en ellas y decidió intercalar las propias en ese entramado desastroso.

Literaria, epistolar, de frases instantáneas, la suya era una amistad que bailaba sobre palabras cuidadosamente escogidas o impulsivamente escupidas en todos los matices tonales.

Los acentos intensificaban los sonidos, los signos de puntuación les entregaban silencios y sus respectivas imaginaciones se encargaban de los gestos.

Sólo tres conversaciones cara a cara, de las que ella recordaba: la publicidad del Aleti, los finales de Vargas Llosa y Pérez Reverte, y su cariño por la gente de ese otro lado del charco que “viven la vida, ríen intensamente, sufren intensamente, aman intensamente y odian a 500 dólares por vida” o menos…

Esa amistad era sólo de ellos. Porque en la vida real eran otra cosa. Estaban en el mismo mundo, pero en distintas altutides y latitudes. Él en la cumbre, rodeado del frío propio de las alturas; ella en la tierra, acalorada y perdida.

Dos seres eclécticos: clásicos en algunos casos, atrevidos en otros. No convencionales, sin buscarlo. Parte del encanto residía en no estar de acuerdo en casi nada. A los dos les gustaba la marea alta, aunque fuera por ratos cortos.

Compartían la debilidad por algunos pecados capitales.

Un día, transcurrido poco tiempo y muchas, muchísimas palabras, decidieron encontrarse. Buscaron un sitio neutral y alejado. Se sintieron tímidos y lo demostraron hablando más de la cuenta. La vida de cada uno se derramó sobre el mantel y los platos se quedaron a medio terminar. Fue un comienzo con final incorporado.

Esa noche ella tuvo un sueño en el que faltaba el tiempo y sobraban las ganas. Un coche para ambos, un ir y venir a sitios extraños, con gente de otras dimensiones que miraba con desaprobación. Mandaba el caos mientras ellos buscaban un lugar aislado y tranquilo donde dejarse ser. Se miraban y miraban al frente, esperando que el siguiente camino sí les llevara a ese terreno de paz y encuentro.

Cuando, finalmente, el canto del despertador anunció la mañana, ella estaba cansada, pensaba en esa historia que nunca fue y concluía que su vida era un rosario de adioses.

05 mayo 2011

Justo antes

El tiempo es tan inasible, impalpable y vaporoso
que los momentos de felicidad pasan como una ráfaga.

Dejan,
como mucho,
el dibujo de una sonrisa en el rostro, ansiedad porque se hagan eternos
e incluso, a veces, cansancio.

Por eso disfruto tanto del final de nuestros encuentros,
la frontera entre tenerte y no tenerte:
ese minuto de camino justo antes de desearnos un buen día;
ese lapso de duración indefinida que transcurre al filo de la inconsciencia cuando estamos a punto de quedarnos dormidos
y las caricias se hacen leves y lentas porque el cuerpo ya no responde;
el instante de silencio al otro lado de la línea telefónica cuando sabemos que no hay nada más qué decir;
la postdata de besos antes de alejarme por unos días.

El amor que siento en esos ratos de inminente adiós es tan fuerte,
que quisiera seguir despidiéndome de ti una y otra vez,
para sentirlo siempre. 
Y, a la vez, desearía no tener que volver a hacerlo.

26 abril 2011

Vagones

Siete de la mañana. Mañana de café, prisas y tren. Tren madrugador, rítmico, serpenteando sobre mis primeras horas. Horas que transcurrirán sobre moquetas y caras serias ¿Serías tan amable de traerme una sonrisa? sonrisa breve, amplia o carcajada sonora de felicidad. Felicidad para envolverme y pensar una vez más en ti, como cada minuto. Minuto corto pero intenso, en el que la mariposa viaja por mi sangre. Sangre que fluye como un viajero por los rieles de mi cuerpo. Cuerpo que quiere seguir en un sueño. Sueño del que me despierto y mis pensamientos se encadenan, de mañana, a las siete.

13 abril 2011

EL QUEMAO (textos de Malupe, 2006)

No me eligieron. Este año, otra vez, mi nombre no está en la lista de la Gala gimnástica. Es normal, cuando hago la vuelta rinquin siempre caigo sentada y el plinto es mi peor enemigo. Eso me pasa por gorda y cuatro ojos. Tengo que quitarme los lentes para saltar, por eso nunca calculo bien.

De todas formas, en la gala no se salta el plinto ni se hace la vuelta rinquin. Las niñas van todas tan bonitas, con sus faldas de colores y la cara pintada. Usan pompones, bastones, aros o pelotas.

Soy muy responsable aunque sea mala en gimnasia. Además, siempre llego temprano. Entro a clases a las ocho, pero estoy ahí antes de las siete porque me vengo con unas que ya están en bachillerato.

Tienen suerte las de bachillerato, sólo tienen que cantar el himno los lunes. En cambio nosotras, las de primaria, tenemos que darle, con ese sueño, al himno nacional, al del Zulia y al de la Virgen del Pilar. Es lo peor. Todas en fila mientras la hermana Claudina habla.

A menos que te elijan para izar la bandera. Eso sí que es chévere. Tienen que ser tres niñas. Sacan la bandera del baúl, con mucho cuidado, la desdoblan poco a poco y la amarran a las cuerdas del asta. Mientras todas cantan, una estira la tela por la parte de arriba, otra la sostiene para que no se arrastre y la tercera la va subiendo. Con ritmo. No puede sobrar himno ni puede sobrar palo. Es bonito ver como se eleva y la brisa mañanera la hace ondear. Ahora ves el sol, ahora no.

Yo tengo una pelota. Es de plástico, blanca, con estrellas de colores. La usamos para jugar al “quemao”, por eso nunca la dejo en mi casa. Como todos los días llego de primera, reviso mi colección de hojas y sobres de dibujos, a ver si hay repetidas, para intercambiar en el recreo. Así doy tiempo a que lleguen las demás.

Jugamos en la cancha de básquet, que ahora es de cemento. Antes era de asfalto y no me cabe una cicatriz más en las rodillas. Para jugar al quemao hay que hacer dos grupos. Yo, por ser la dueña de la pelota, y Nidia o Luisa, que son las mejores jugadoras, hacemos “pare o none” y elegimos una por una a nuestro equipo. Nos ponemos de frente con el balón en el centro. Si se va para tu lado, empiezas tú. Tienes que tirarlo muy fuerte y si le da a alguien, está quemao. Se tiene que poner detrás de tu equipo, prisionero. Gana el que queme primero a los del otro lado. Y si suena el timbre antes de terminar, gana el que tenga más quemaos.

Por eso siempre empezamos el día sudando. A las hermanas no les hace mucha gracia, pero prefieren eso a que nos subamos a las matas a coger mangos verdes para comer con sal y pimienta. O que nos comamos todos los semerucos, porque nos puede dar diarrea.

Me gusta mucho esa hora de la mañana y el recreo, por supuesto, cuando soy una más y jugamos a la liga, la perinola o el sesese. Nos reímos a carcajadas. A veces, sentadas en los túneles del parque, contamos chistes groseros y hablamos de los besos que se dan las hermanas mayores con sus novios. A mí este tema me interesa mucho, porque yo no tengo hermana mayor, pero lo de la lengua me da mucho asco. También silbamos, sólo porque a las hermanas no les gusta, dicen que eso no es de señorita.

Cuando suena el timbre, a las siete y cincuenta, se acaba la diversión. A la fila, a rezar, a cantar y para arriba. Algunas clases no están tan mal, pero siempre me pasan cosas. Como aquellas vez que descubrieron mi índice de palabrotas en el diccionario. Yo tenía apuntadas al final las palabras y su número de página (culo…..22, coño….20, verga….45). O la vez que dije en el examen que los apóstoles eran los encargados de “profanar la palabra del señor” ¿no era lo mismo que propagar?


Pero me gusta leer y me ponen a hacerlo en voz alta. Soy buena estudiante. Tengo que pasar a la pizarra y sentarme delante. Entonces mis amigas me miran raro y me llaman “cerebrito”. Hay una que me dice Aristóteles. Yo no sé ni quién es.



Este año otra vez soy la presentadora del acto. “Con fuerza, recuerda que estarán todos los padres e invitados”. No quiero estar otra vez con el pelo peinado hacia atrás y el uniforme impecable. Quiero una falda amarilla.

Nada. No hay pompones, ni cintas, ni maquillaje. Hoy nadie juega al quemao, se me olvidó traer la pelota.

01 marzo 2011

Última versión de mí (textos de Malupe, 2006)

Decepcionar a mi padre. Eso fue lo primero que hice en este mundo, un miércoles de 1974, a principios de octubre. Antes sólo se podía saber el sexo de los bebés al nacer, por eso mi papá decidió que su primogénito debía ser varón. No contaba con que su prole heredaría su mismo espíritu rebelde, incluso para venir al mundo. Me iba a llamar Víctor como él, pero ahora lo obligaba a buscar un nombre de niña.

Tampoco contaba con que mis rizos negros y mi diminuto tamaño le derretirían el corazón. Ni que una de mis primeras frases fuera “papi lindo”, lo que yo creía que estaba escrito en todos los carteles de la ciudad. Hace treinta años que me pide perdón por no alegrarse tanto de mi nacimiento. Y hace también treinta años que llena mi vida de poesía, canciones, paisajes y sabiduría.

Mi madre era la casa. Más que la casa, el hogar de todos, mucho más fuerte que las paredes y el techo, mucho más segura que las puertas y ventanas. Mucho más acogedora que cualquier estancia. Si el amor tuviera alguna forma concreta, sin duda sería la de su nariz larga y afilada y la de sus brazos a nuestro alrededor.

Mi mundo, un mundo perfecto, eran mis hermanos, que tenían un idioma propio y me daba rabia no entenderlos. Mis primos, todos unos enanos a los que yo quería cuidar como muñecos. Mis tíos, que eran mis segundos y terceros padres. Los viajes a Barquisimeto cada quince días sólo significaban una cosa: diversión y chorros de cariño.

Me tocó nacer en la ciudad más caliente de la bolita del mundo, donde todos tienen dos nombres y cualquier cosa puede ocurrir. Una llama peruana caminando por la calle a 40 grados de temperatura, o unas máquinas recogenieve en el techo de un hospital. Historias de piratas y caminos subterráneos que atraviesan la ciudad. Un relámpago que destella iluminando el lago todas las noches del año. Música desbordando cualquier espacio. Palmeras y petróleo. Humor a más no poder. Antes de conocer a García Márquez, ya yo tenía la huella de Macondo bien grabada en el alma y en la piel.

Siglos después, en estas calles estrechas de la vieja Europa, me pregunto quién soy. Y no lo sé. A veces pienso que soy como un camaleón, adaptándome siempre al entorno para pasar desapercibida. Sólo que, en ocasiones, mis camuflajes son tan torpes que, lejos de pasar, soy apuntada por la más fuerte de las spotlights y las miradas se dirigen hacia mí, nunca por mucho tiempo.

Me pasé la infancia subiendo a las matas de uva playera, inventándome casos para investigar, porque cuando fuera grande sería detective. Sol eterno, brisa, madrugadas, guarapo de papelón con limón e ínfulas de súper héroe llenaban mis horas. Hoy mis días se pasan entre el trabajo, los amigos, algunos libros, películas e internet y largas caminatas por esta ciudad que ahora me ama y me odia.
Me odia tanto como me odio yo misma, por débil, por cobarde. Eso sí lo sé. Lo que a veces soy o no soy, y lo que me hace seguir trepada al mundo.

Soy apasionada e impaciente. Creo en las energías de la gente más que en sus títulos universitarios. Me gusta lo ácido más que lo dulce. Detesto madrugar y hay días en los que no me baño por pereza. La mayoría de las veces, soy absolutamente incapaz de tomar una decisión y lloro cuando veo las series de televisión, pero no cuando algo verdaderamente me entristece.

Antes me angustiaba, en la época en que supe que Dios existía. Que estaba en todas partes con su infinito amor incondicional, que sólo te pedía a cambio estudiar mucho, no decir mentiras ni groserías, ser limpia y ordenada, comerte toda la comida, recoger dinero para los niños pobres del mundo, ir a misa todos los domingos, rezarle todas las noches, ser buena con tus padres, con tus hermanos menores, con los viejitos y con los animales, y que si te daban un cachetazo en una mejilla, pues nada, había que poner la otra, para emparejar.

Cuando rondaba los diez años viví una verdadera pesadilla gracias a la Virgen María. Las monjas decían que Dios la había elegido para ser la madre de su hijo Jesús porque era buena. El Padre Todopoderoso tuvo el detalle de enviarle un ángel para ponerla sobre aviso, y luego le puso al bebé en la barriga sin más. Yo era una buena niña, la mejor estudiante de mi clase y mis padres no tenían queja de mí ¿qué pasaba si el Señor se daba cuenta y decidía usarme de mensajera para mandar otro hijo al mundo? ¿Quién me iba a creer lo del ángel y mucho menos lo de virgen? Fueron años de pesadilla. Años que dieron paso a incontables fantasías que se iban tornando más agradables.

Hoy creo que la luna y las estrellas que están ahí inventadas por y para mí. Las mismas que alumbran las noches de mis dos emes, Madrid y Maracaibo. Y, aunque me cuesta decidir, un día decidí que la noche era un manto que cubría la tierra, y detrás de ese manto todo era luz. También decidí que había pequeños ángeles jugando tras el manto celestial con sus arcos y flechas. Las estrellas son la prueba de sus travesuras, son agujeros por donde se cuela la luz.

Me gusta la poesía que me llega al estómago y me lo mueve. La letra clara e intensa. Los olores que me traen recuerdos. La música. El mundo me hace pensar que no existe el amor, pero Pru y el siete de Horacio y la Maga me hacen creer de nuevo. Siempre busco algo por lo que merezca la pena arriesgarse, aunque al final le tenga pánico al riesgo.

Una vez un brujo me dijo que yo era como un barco, que no podía estar demasiado tiempo anclada en un lugar. Tenía razón, viajar es lo que más me gusta, porque en la vida te lo pueden quitar todo, pero ¿quién te quita lo bailao? Mis experiencias y los paisajes que se me quedaron dentro de los ojos nadie me los puede arrancar.

De pequeña, en ese mundo a medias entre playa y ciudad, soñaba con muchas cosas. Ninguna de ellas ha ocurrido. No puedo volar ni hacerme invisible. No soy detective ni actriz de teatro, ni cantante. Tampoco soy escritora ni intérprete. No he hecho nada a favor de la humanidad. Pero ahora me da igual. Tengo días por estrenar, una cámara fotográfica y los pies más bonitos que pisan el planeta tierra. Y, hoy, no sé muy bien por qué, mi padre está orgulloso de mí.

http://malupe.espacioblog.com/post/2006/02/22/ultima-version-mi

23 febrero 2011

Eterno

Siempre pensó que eso de entrar en páginas de contacto era de friquis. Pero el aburrimiento, la curiosidad o la tentación de estar a solas en el despacho de Carlos un miércoles por la tarde, le hizo meterse en esa web -para qué la deja abierta- pensó. Se aprovechó del pseudónimo ajeno para echar un vistazo a la fauna que pululaba en ese rincón de la red.

Algo de razón tenía, las chicas eran un poco raras. Todas posaban en las fotos como si estuvieran en un concurso de belleza. El maquillaje las hacía irreales, geishas virtuales. Era increíble la desesperación que se percibía. Un inventario de mujeres hermosas y horrorosas, incluyendo los matices entre una y otra cosa, de todas las edades y colores, buscando a algún desconocido, igual de desesperado, y cruzando los dedos para encontrar alguno que fuera simplemente normal.

Recorrió las fichas con una sonrisa altanera, sobrado, pensando en que tenía material para un mes de burlas a su hermano. Pobre, pensaba, desde que Sonia lo dejó, no sabe qué hacer consigo mismo.

Sin previo aviso, unos ojos pequeños y oscuros, con los que no contaba, se clavaron irreverentemente en los suyos, con una mirada profunda, detrás de una margarita. No había maquillaje ni sonrisas falsas en ese rostro. Sí había melancolía, un resto de tristeza fermentada.

Como reacción física, no pensada, escribió un mensaje privado robando la identidad de Carlos. Hola, te escribo desde la cuenta de mi hermano. Tú y yo nos conocimos en una vida pasada. Yo te amé, pero tuve que morir. Creo que deberíamos vernos, aprovechando que ahora volvemos a estar vivos y que llevamos más de 30 años tratando de encontrarnos.

Ella, desgastando un nuevo viernes por la noche, hizo un repaso de los mensajes que había en su bandeja de entrada. Aburridos todos, cada uno vendiéndose como mejor podía. Le daban lástima, pero más lástima se daba ella misma. Los iba borrando al filo de la segunda línea, sin leerlos completos. Al terminar se pondría a ver una peli mala, a ver si por una vez lograba quedarse dormida antes de las cuatro de la mañana.

…nos conocimos en una vida pasada, yo te amé…leyó por primera vez hasta el final. Buena excusa lo del hermano. Uno con imaginación es más de lo que puede pedirse a esta red de soledades tratando de negarse a sí mismas.

Le pareció divertido seguir la corriente. Hola amado ¡por fin! No sabes la cantidad de sapos que he tenido que besar antes de encontrarte... ¿Cuándo y dónde nos vemos?

Carlos llegó a su despacho y lo encontró sentado frente a su pantalla, con una cara muy rara. Se acordó de lo que estaba viendo antes de salir y comenzó a contar hacia atrás en espera de las burlas. Cuatro, tres, dos, uno…pero él permanecía recto, mirando sin mirar, con una especie de angustia en los labios. Ante la sorpresa de ambos, le pidió las claves de su perfil en la página, porque esperaba un mensaje. Carlos vio esa determinación y esa seriedad y accedió a la petición.

Cada media hora del día y de la noche, esperó al mensaje que llegaría el viernes. No, el sábado a la 01:03. Cuándo y dónde nos vemos… Cuándo y dónde…

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Mientras el tren se acercaba a la estación del Norte, ella no paraba de darle vueltas a la cabeza bajo su peinado especial. Es un hecho: estoy loca. Ni las varias conversaciones telefónicas que habían tenido podían garantizarle que este encuentro tenía sentido.

Mientras él veía el tren acercarse, los latidos de su corazón le impedían escuchar algo más. No era tan guapo como en las fotos. Sabía que se quedaría mudo.

Ella dijo que venía a conocer la ciudad, a darse una vuelta. Dijo que estaría bien conocerse, pero que no se sintiera obligado. Él había quedado con sus compañeros para ir a una manifestación y tenía (o se había inventado) otros compromisos para el fin de semana. Sólo sería un café y, si no había química, cada uno por su lado. Pero apenas ella puso un pie en el andén, él supo que eso no pasaría.

De tamaño medio, contextura media, venía envuelta en un abrigo verde y le sonreía. Era una expresión distinta a la de la foto, pero el mismo fondo viejo de melancolía en la mirada.

Él, más bajito de lo que ella pensaba, también sonreía. Llevaba una camisa blanca y unos vaqueros. Llegó hasta él y le dio dos besos. Hola. Hola. He venido a buscarte en mi coche, voy a llevarte al hotel. No hacía falta que te molestaras. Gracias.

Hubo cena, vino tinto y un par de copas. Hubo exceso de palabras, aunque ninguna de sobra, ninguna de menos. Él supo de la tristeza de otra época que vivía en sus ojos y ella supo de sus teorías sobre las parejas que se desgastan, y el amor eterno de fin de semana. Ella había prometido besarlo si le entraban ganas. Pero tenía ganas y no lo besaba, y él lo sabía. Así que se lo pidió y ella se acercó a su cara para comenzar un beso que acabaría dos días más tarde, de nuevo en la estación.

El café, el paseo turístico, la manifestación y otros compromisos se quedaron en la bolsa de la ropa sucia que cuelga en los armarios de los hoteles, por si alguien quisiera cogerlos y lavarlos, plancharlos y traerlos de vuelta. Por si alguien luego estaba interesado en sacarlos a la luz en vez de explorar las esquinas de un cuerpo ansioso por ser descubierto, en vez de adueñarse de todos los roces posibles, en vez de reaprender caricias e instruirse en alientos descontrolados, en vez de reencontrarse con el amor perdido en una existencia pasada y buscado durante más de treinta años.

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Él vuelve a entrar y ahí lo esperan las geishas. Ella no está. Su amor de la otra vida fue eterno y duró exactamente un fin de semana.

31 enero 2011

¿Estás?

Si supieras la falta que me haces, saldrías de ese lugar en el que decidiste esconderte quién sabe cuándo, y vendrías ahora mismo. Necesito tu vitalidad, tus risas, tu atractivo y sobre todas las cosas, tu seguridad. Te necesito a mi lado más que nunca.

No recuerdo cuando fue que te perdí de vista. Te fuiste sin avisar, sin pedir permiso, aunque ahora que lo pienso, me diste un montón de señales que no supe o no quise atender. Porque tú y yo somos lo mismo y jamás te creí capaz de dejarme.

Ahora pensaba que en un abrir y cerrar de ojos estarías de nuevo ahí, serías yo, como antes. Pero algo se rompió, se desgastó y queda una pequeña y lejana chispa que sólo alcanza para recordarte y dejar salir media sonrisa de mis labios.

Te extraño. Se me agolpan las sensaciones en la boca del estómago y no sé qué hacer con ellas. Es algo muy físico, hasta duele un poco, me impide respirar bien y pensar con claridad. No hay más que eso, no puedo racionalizarlo.

¿Quién soy ahora si no estás? ¿O es que estás y me cuesta descubrirte? No tengas miedo, o ten miedo, pero júntalo con el mío, que es enorme, y sigamos adelante.