21 julio 2010

Confidencias (Enero 2006)

Ayer, mi niña grande se marchó
de su casita de San Bernardino;
y cuando el taconeo marcó camino de la calle,
la taza comentó el triste detalle
de una lágrima caida en el café;
a lo cual dijo el platillo: yo lo sé,
pues otra lágrima saltó sobre mi borde
y la mesa, concorde,
dijo a los dos: la tuve reclinada
y le vi humedecida su mirada
con mil preguntas de por qué pintadas
en su frente y mejillas,
oyendo ésto, confesó la silla:
yo he soportado el peso de su alma
con un derrumbe de soledad, sin calma,
más gravitante que su cuerpo leve,
y cada loza donde pisa y mueve
la sombra sobre el piso,
ratificó que no sentía el hechizo
de su rauda pisada
trotona, alborozada
de pájaro entre ramas.
También la suave almohada de su cama
dijo saber qué pasa,
"Ella llora, me abraza
y tantea al lado mío
el espacio vacío
del frágil amor ido".
...Yo, que conozco el nido
de mi pájara-niña
supe todo por el modo en que me guiña
cada objeto que calla,
pero entre su silencio le detalla
a la clarividencia de mi amor
cómo ha sido el dolor
de mi ave herida.
Oiganme pues, almohada humedecida,
lozas del piso, silla, platillo, taza,
mesita de la casa,
les ruego que a mi niña adolorida
me le alivien la vida
cual silentes hermanos,
acariciando su piel, sus pies y manos
como su cabecita despeinada,
quiero que le reanimen la mirada
y que la última lágrima en caer
por el amor de ayer
no la pierda en el suelo,
quiero volverla perlita de hielo
abrirle sus manitas
y que su vida nueva e infinita
se la devuelva al cielo.
VHM

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