11 enero 2010

Decisiones, cada día...

Si hay algo que se me da mal, eso es definitivamente, tomar decisiones. No sé si es por mi signo, Libra, que tiene ese detallito, o si es porque lo analizo todo y, como todo tiene su lado bueno y su lado malo, me cuesta muchísimo escoger.

Las grandes decisiones de mi vida las he tomado sin pensar mucho, como si me subiera a una montaña rusa, pero con menos protección. Cierro los ojos y me lanzo. Luego mi excesivo sentido de la responsabilidad (otro defecto o virtud, según se vea) me obliga a hacerme cargo de las consecuencias.

Pero es que hasta para comprar ropa, una de las cosas que más me gusta hacer, soy un “no sé” andante. Y si resulta que voy sola a las tiendas, ya es poco menos que imposible.

La mezcla entre cuestionarlo todo y el constante ¿qué hago? Es una bomba de tiempo. Todo el tiempo reviso cada aspecto de mi vida y me pregunto si es hora de cambiarlo. Por suerte y para mantener la poca cordura que me queda, existe lo que yo llamo “anclas” que son las cosas de mi vida que no cambiaría por nada. No cambiaría nunca la relación con mi familia, ni algunos de mis hábitos como leer y escribir. Tampoco cambiaría a mis amigos que, buenos o malos, han sabido aguantarme durante una pila de años.

Lo demás, todo lo demás, desde lo que voy a ponerme por las mañanas, pasando por mi corte de pelo, la comida del mediodía, mi trabajo actual y hasta el lugar donde vivo son susceptibles de cambiar y yo me hago la pregunta con demasiada frecuencia ¿deberían ser así? ¿esto es lo mejor que puedo estar? ¿cómo saberlo? ¿qué hacer para mejorar?

No me gusta tirar por la borda proyectos y relaciones que he construido durante años, pero detesto la idea del estancamiento, ni pa-tras, ni pa-lante.

Hoy es el tercer día del año y, de paso, domingo. Tengo todo un año por estrenar o al menos tengo esa ilusión. Y digo yo ¿será que este año si?

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