
¿Adivina qué tuvo tu mamá? –me dijo- y yo, con los dientes apretados, deseando que se hicieran realidad mis deseos, le respondí “hembra”.
Han pasado 26 años de ese momento, pero yo lo recuerdo tan nítido como si hubiese sido ayer. Fue un de esos pocos instantes de felicidad absoluta, en los que crees que no puedes esperar más de la vida.
Puede ser que no me acuerde de muchas cosas, que tenga una memoria desastrosa. Pero de esa enanita con cara gordita que dormía enrollada boca abajo, tendré la imagen siempre. Hermosa, sonriente, parlanchina.
Era como mi muñeca. Si lograba dormirla, era una hazaña. Enseñarla a leer, una de mis grandes victorias. Como ella, que es una Victoria de la vida. Cachetes y risa, pipiola, coro cora, cambur con miel, tajadas con chizwiz, mandocas y tequeños con salsa de tomate.
Sabia liliputiense, una vez preguntaste “¿es lo mismo pistolada que disparate?” y comencé a admirarte un poquito más. Otra vez dejaste pasmadas a unas niñas con tu perfecta explicación de cuatro años sobre microscopios y microbios. Ya yo sabía lo que eras, ahora les tocaba a los demás sorprenderse contigo.
Ternura con pies, palabra antes que cuerpo, distracción sin límites.
Siempre ilusa, pensando en seguir mi ejemplo. Preguntando, curiosa, diferente, maravillosa.
Eres una mujer. Eso dice el espejo, mis ojos, tu cédula, el tiempo, tus logros. Pero aún así, quiero tener siempre el privilegio de darte consejos. Si digo disparates (o pistoladas) tú finge y haz que me escuchas atentamente. Me gusta sentirme tu hermana mayor.
Feliz cumpleaños Larita, la hirma.


