28 agosto 2007

Post-vacacional

Mi papá me dijo una vez "imagínate que te ganas la lotería, tanto dinero que no necesitaría trabajar en tu vida ¿qué harías?"

Me lo preguntaba buscando mi vocación. Y yo para ese entonces creo que no tenía ninguna. Sólo algunas ideas, que aún ahora no están del todo definidas.

Hoy sólo sé algunas cosas. No me gusta trabajar por obligación. No me gusta cumplir un horario. No me gusta esa actitud de "hacer que trabajo y me quedo hasta las mil en la oficina para que crean que estoy muy comprometido". No me gusta jalar bolas (hacer la pelota, para los españoles)

A veces me sorprendo definiendo mi felicidad de una forma rara. Es exactamente "esos períodos de tiempo que transcurren entre temporadas de trabajo". Con lo cual mi felicidad se limitaría a UN MES al año. Es triste.

¿Soy la única? ¿A todo el mundo le apasiona levantarse todos los días antes de las 7 de la mañana para ir a una oficina?

No niego que, una vez allí, a veces me intereso bastante, me entretengo, incluso hay oportunidades en las que estoy cerca de apasionarme. Algunos compañeros te hacen la vida más agradable, aunque se compensa con los que te la hacen más difícil. Pero, en cualquier caso, no se iguala jamás a la sensación que tengo cuando conozco un lugar nuevo, cuando estoy aquí en la mesita de mi casa escribiendo, cuando invento una nueva receta o cuando estoy leyendo literatura.

Así que, lo confieso: no quiero trabajar. Al menos no así, en el sentido estricto empleado-asalariado. Quiero prepararme para escribir mejor. Meterme un poco en temas de diseño, blogs, montaje de vídeos o de cine. Investigación.

Eso. He dicho. Me declaro culpable.

Mañana será otro día en la oficina...