15 abril 2007

Dulces

Lentamente, intermitentemente o impetuosamente, una y otra vez el agua salada ha mojado mi rostro. Pocas y felices veces en los últimos años ha sido el mar. La mayoría de las veces han sido la tristeza, la rabia o la impotencia los motores del derrame.

Las estrellas de mi techo han sido testigos, pacientes, iluminando cada una de esas gotas de desaliento o desahogo. Ninguna ha abandonado. Son estrellas con esperanza porque alguna vez vieron otro tipo de llanto.

Yo había olvidado que el amor no sólo te causa dolor o angustia. Había olvidado que una sonrisa se te puede pegar a la cara al margen de tu voluntad y había olvidado que con la salida del sol también pueden salir tus propios colores.

Hoy las estrellas han recibido un regalo, un premio a su compañía y a sus rayitos de luz en la oscuridad. Tú y la suavidad de tus manos han estado junto a ellas y junto a mi piel, brillando. Hoy mi memoria a despertado a un viejo recuerdo. He descubierto, como una niña pequeña, que en una explosión de felicidad también se puede llorar. Y esas lágrimas han resultado ser dulces.

14 abril 2007

Como el mundo

La barriga de una embarazada es como el mundo. Redonda, como si alguien se hubiese quedado sin aire el día que la infló. Está llena de vida, como el mundo y esa vida se alimenta de él.

Cuando se abusa de la tierra es como la madre cuando bebe o fuma demasiado, se desatan tormentas, terremotos y deshielos. Las hormonas del planeta castigan a la vida con su mal humor y sus antojos. Las montañas patean, el mar produce náuseas.

Cuando la madre se cuida, el mar permanece tranquilo y el planeta nos regala su verde, los colores en los peces, en las flores, en los atardeceres. El sol sale cuando tiene que salir, para todos. El bebé nace y la sonrisa de la madre justifica la existencia del mundo.

Cuando la madre hace idioteces, como la guerra, es cuando se acaba el mundo. Porque cuando un niño muere, se acaba el mundo. Un día y otro día el mundo se acaba.