29 noviembre 2006

El final

Partir c’est mourir un peu. Mourir c’est partir un peu trop

Llevaba un año leyéndolo. Todo. Sus libros, sus guiones, sus artículos y su blog. No lo que escribían sobre él. Le tenían sin cuidado los críticos. Sólo lo que él decía, incluso de su vida personal. Nunca dejó un comentario, no creía estar a la altura.

Mientras ella se hundía cada día en la silla de su escritorio, rodeada de dos ventanales, dos paredes blancas y mucha soledad, él hacía viajes por el mundo. Tailandia, Londres, México, Paris. Ella atendía el teléfono a clientes groseros que se quejaban siempre por alguna cosa en la que ella no tenía nada que ver.

Él era muy importante en su vida. Tomaba en cuenta todas sus opiniones. Lo seguía y lo respetaba. En cierta forma, lo amaba. Y se dejaba llevar por él. Iba a ver las películas que él recomendaba, compraba la música que él admiraba. Y si hablaba de algún lugar en su ciudad, iba a visitarlo, con la ilusión de que él estuvo allí y algo de su presencia queda siempre en las partículas del aire.

Ese miércoles decidió darse un paseo por la Gran Vía para ir a comprar su última novela. Ya le costaban un poco esos recorridos. Estaba mayor, tenía artritis. Pero el aire fresco y la gente que iba por la calle la animaban. La vida a su alrededor le hacía sentir un poco de vida propia. Claro, que eso era mentira. No tenía ninguna vida. Sólo un trabajo absurdo, un sofá, una cama vieja y amigos muertos. Y a él en el papel. A él en la pantalla.

Con mucha ilusión, compró "La vida final" y esa misma noche comenzó a leerla. Una pulmonía la llevó a la cama toda la semana siguiente. Allí siguió leyendo cómo Cristina, el personaje principal, se acercaba a sus días finales.

El cáncer de Cristina comenzó a empeorar justo cuando a ella le diagnosticaron la neumonía. Más días en cama, esta vez de hospital. Cristina comenzó con la quimioterapia, pero no parecia mejorar. Comenzó a despedirse de su numerosa familia y a recorrer mentalmente su vida, llena de intensos momentos.

A ella le costaba un tanto leer. Estaba muy cansada. Recordó que su vida había sido una especie de línea recta. Penosamente recta. Sabía que también tenía que despedirse, pero no tenía de quién. Entonces lo recordó a él, a quien en un único comentario le agradeció una última página que leer, su adiós íntimo y personal, antes de dejar este mundo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

que alegría leerte. Non stop eres necesaria para muchos
mete besos en tu busaca

AnGe!... dijo...

WOW! A veces el amor se hace tan incondicional.. No hace falta estar presente fisicamente para poder amar!

El amor lo puede todo! Tiempo sin leerte!!

Beshos! ^^

Anónimo dijo...

Creo q a mas de uno nos haces falta !!!! No te pierdas tanto tiempo.TQM.Nidia