17 octubre 2006

Miedos

¿Por qué la gente no admite que tiene miedos? -me dijo. Porque les da miedo admitirlo –respondí.

¿Cuáles son mis miedos? –pensé…

E inmediatamente una lista infinita de palabras se derramó sobre mí, como cuando te subes a una silla para sacar algo de la parte alta del clóset y todo se te viene encima. Tienes que decidir rápidamente si agarrarte para no caer, protegerte para que nada te dé en la cabeza, o hacer alguna clase de maroma que te permita atrapar algunas cosas en el aire.

A mí se me cayeron todos los miedos encima, porque sólo tuve reflejos para agarrarme fuerte y verlos pasar, boquiabierta. Algunos me golpearon, eran pesados. Descubrí que eran muchos, porque no paraban de caer. Como la lluvia de hoy.

Me bajé de la silla y me senté sobre la cama, como hago siempre que ordeno mis papeles. Las facturas de la luz aquí, las del teléfono aquí, los estados de cuenta más allá y la bolsa de basura siempre a un lado, para todo eso que no sirve y que luego tiro con tanto gusto.

Quise ordenar mis miedos, pero no era fácil. Me daba miedo mirarlos de frente, asumirlos, reconocerlos y tratar de tirar aquellos que ya no me sirven de nada. Porque dice mi padre que una pequeña dosis de miedo es buena, te protege. Pero estos son muchos, no caben sobre mi enorme cama. Además, están revueltos.

Pensé que lo mejor sería separarlos en dos grupos. Los miedos a las cosas que pueden pasar y los miedos a que algunas cosas no pasen nunca. Por este lado el miedo a enfermarme sin tener quién me cuide, por este otro el miedo a no conocer nunca Australia; a la derecha el miedo a perder a alguien querido, a la izquierda el miedo a no lograr nada profesionalmente…por aquí el miedo a tener hijos, y por ahí el miedo a no tenerlos nunca. A la basura los miedos viejos, que estaban en la parte profunda y no se veían, el miedo a no ser aceptada o algunos miedos al ridículo.

Era una tarea ardua y dolorosa, pero seguí. Y hubo subcategorías. A personas (miedo a los asesinos en serie, a los violadores, a los cantantes de reguetón), a desastres naturales (terremotos, huracanes, bailarines de reguetón), a desastres provocados (guerras, genocidios, torturas, maratones de reguetón)

Al final logré separarlos, nombrarlos, categorizarlos. Estaba agotada y aún no sabía para qué había hecho todo esto. Volví a pensar en él cuando me preguntó por los miedos. También pensé en la aventura y “todo eso”. Y me salió una sonrisa en la cara, una gran sonrisa. Una que salió sola, a pesar de estar rodeada de miles de miedos ordenaditos y clasificados. Listos para entrar de nuevo al clóset.

Porque creo que a veces es posible cerrar la puerta y salir. Irse a la playa, dejar la mochila cargadita de miedos, bien cerradita, tirada en la arena y mirar al cielo y lanzarse al mar a nadar un rato. Y hacer que ese momento sea eterno.