31 agosto 2006

Sofía

El padre Jacobo dice que no, pero yo estoy seguro de que he estado en más bodas que él. Dice que ese es su trabajo, que es cura y por eso me gana. Cosa que no es cierta, yo también trabajo en bodas, y no sólo en las católicas. He cantado en matrimonios evangélicos, protestantes, mormones, judíos y últimamente me estoy llenando con los gays.

La gente dice que tengo buena voz, y es verdad. Aún así, más que por la voz, los anfitriones me contratan porque tengo chispa. Si, chispa. Siempre se me ocurre algo qué decir en el momento preciso y todos se ríen. Además, aguanto muy bien a la gente que le entra la vena artística después de tomarse dos cervezas. Yo toco la guitarra y ellos se desgañitan, ahí aprovecho para pensar en mis cosas y me pongo la máscara de la sonrisa.

A Sofía la conocí en una de esas bodas. Como siempre, los amigos de unos amigos habían decidido ser originales y casarse en la playa. Ella con flores en la cabeza, él con camisa blanca de algodón. Querían que les cantara unas baladas durante la ceremonia y que luego entretuviera a sus amigos con un poco de trova cubana. Más de lo mismo y con la misma condición de siempre: ya no canto “Yolanda”, se agotó.

Mis ojos oyeron, ese día. Las perfectas líneas de sus caderas bajo ese vestido rojo chillón, hacía un sonido imposible de ignorar. La tensión de sus piernas sobre los altísimos tacones (a pesar de estar en la playa) prometía volverme loco. El movimiento rítmico de sus brazos al andar era un baile glorioso.

Sus ojos. Sus ojos sonreían, buscaban, miraban. Y yo, al encontrarlos, me quedé mudo. Respiré profundo y conté mentalmente hasta donde pude, de forma incoherente, repitiendo números, perdiendo la cuenta. Respiré otra vez profundo para poder hacer mi trabajo. Volví a mirar a la profundidad perdida de sus ojos, y canté. Esta vez como un ángel, canté sólo para ella.

Mis pensamientos se quedaron suspendidos como en una cuerda de tender la ropa, al viento. Mientras la gente se reía, comía, bebía y bailaba con la orquesta, yo la miraba e intentaba disimular. Su marido estaba con ella.

Al final de la noche, sólo quedaba un grupo. Todos alcoholizados, por supuesto. Era el momento de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, de Aute, de Cortez. Nos sentamos todos en la arena. La luna estaba llena y era la única luz a esas horas. Algunos seguían bebiendo, otros fumaban porros. Una pareja, que se conoció en la boda, no paraba de besarse. Sofía, a mi lado, esperaba el primer acorde mirando las estrellas y hacía breves comentarios con ese acento andaluz que se metía en el fondo de mi estómago.

Comencé a cantar “El breve espacio en que no estás” y todos callaron. Veían cómo mis dedos tocaban la guitarra. Pero la luz de la luna se dio cuenta, y arrojó la sombra de mis dedos sobre su rostro para que pudiera acariciarlo… la prefiero compartida antes que vaciar mi vida, no es perfecta, más se acerca a lo que yo…simplemente soñé.

* Dedicado a José Luis

25 agosto 2006

El hogar*




Mi casa no está muy limpia, pero en mi habitación hay una pared azul, con estrellas y una luna que brillan en la oscuridad.

Sólo hay tres sillas en el salón, pero hay cojines de colores y tapices güajiros en las paredes. A veces también hay niños preciosos gateando en el suelo y haciendo sus ruiditos.

No hay calefacción ni aire acondicionado, pero a la gente le gusta refugiarse en ese salón oscuro, que también tiene una luna y una lámpara de lava roja.

Todas las mañanas huele a café con canela. Algunos domingos a perico y arepa.

Hay miradas y sonrisas atrapadas en tantas fotografías, flores de colores que giran en los balcones y vainilla en forma de velas.

Falta el dinero, la mayoría de las veces, pero sobran (si es que eso puede sobrar)las letras, el cine y la música.

En mi casa cada quien opina lo que quiere. No hay censuras, y sí muchos abrazos.

Mi casa no es mía, pero su dueño jamás tendrá lo que tengo yo, un hogar.

*Gracias, Pili, también haces que así sea.

24 agosto 2006

No-aniversario

Te amo es la introducción.

Esa frase la inventé yo, la sentí yo. Esa y tantas otras y el "todavía" de Benedetti, y la colección interminable de cursilerías que aún hoy no me dan vergüenza.

Tu sonrisa la dibujé con mi dedo, como Horacio la de la Maga en el capítulo 7. Tus canciones sin sentido siguen en un cajón transparente, que está siempre por donde tengo que pasar.

No lo sabes pero estás. Porque "siempre es corto".

A pesar de tus no-tequiero, feliz no-aniversario.

09 agosto 2006

El Fotingo (II)




Después de obtener la aprobación de Don Arquímedes, los dos jóvenes me sacaron de ahí, recogieron las pocas piezas que aún quedaban tiradas en los potreros y me llevaron a un taller mecánico en Maracaibo.

El taller pertenecía a un hombre alto y delgado, a quien llamaban "El Maestrico" por su inigualable habilidad para arreglar todo desperfecto mecánico. El Maestrico era muy amigo de Joaquín y Mingo, y esperaba con ansias la llegada del carro que iba a recorrer las Américas. Incluso le avisó a un grupo de amigos, quioenes se juntaron a esperarme.

Cuando ví a toda esa gente, me sentí importante por primera vez en mi vida, aunque pasé una gran vergüenza. No me había dado cuenta de que, sobre mi motor se había pegado lo que en machiques llaman "cacure" que no es más que un nido de abejas. Todo mi público tuvo que salir corriendo cuando me movieron para bajarme y se alborotaron los insectos, incluso alguien dijo "¿Y ustedes piensan viajar a Eastados Unidos en una caja de abejas?"

Ese fue el día que comenzaron a llamarme "Fotingo" (así les decían a los viejos Ford). Ese día también volví a convertirme nuevamente en lo que era, un automóvil, y concí al tercer integrante del viaje, Régulo Díaz. Un hombre mayor que los otros dos, bastante más moreno y, por lo visto, muy culto.

Cuando se corrió la voz de lo que íbamos a hacer, la gente decidió apoyarnos, o gran parte de ella. En el Teatro Baral, el más importante de la ciudad, proyectaron películas para recabar dinero y muchos enviaron contribución y piezas de varias partes del occidente venezolano.

Entre esas piezas originales y otras creadas por el maestrico y mis futuros tripulantes, quedé convertido en un cacharro muy bonito. Incluso Régulo me dibujó, en un costado, un mapa con el recorrido y escribió "luchamos por la construcción de la gran carretera Interamericana". Del otro lado escribió, en letras grandes JIRA MACHIQUES - DETROIT.



Cuando estuve listo, el 27 de enero de 1947, nos hicieron una impresionante despedida frente a la catedral de Machiques. Las caras de la gente eran alegres y tristes a la vez. parecían estarse despidiendo para siempre de nosotros. Yo estaba asustado, no lo niego. No estaba seguro de poder hacer lo que estos tres jóvenes aseguraban que haría. Pero aún así, la idea me entusiasmaba mucho.

Nueve meses y cuatro días más tarde, mis cuatro ruedas desiguales estaban sobre miciudad natal, aunque ya bastante cansadas para alegrarse por eso.

Me tocó pasar por una guerra interna en Colombia. Allí conocí a un señor llamado Jorge Eliécer gaitán, que parecía ser muy importante. Salvé familias de ríos crecidos en Costa Rica, donde estuvimos a punto de morir varias veces.

Conocí a un político exiliado en Nicaragua. Fui recibido con asombro y cariño en Honduras, El Salvador y Guatemala. Pasé un tiempo largo en México, buscando a un tal Cantinflas para hacer una película.

Finalmente, exhausto y feliz, llegué a Estados Unidos y me paseé por sus carreteras. Qué suavidad, qué tranquilidad, qué aburrimiento!!!

Después de tanta aventura, y 20 años de ausencia, yo no pertenecía a estas tierras, hasta el invierno me afectaba terriblemente. Y creo que Régulo, Joaquín y Mingo se dieron cuenta. Al poco tiempo, me subieron a un barco de regreso a Venezuela.

En mi país nos recibieron con una gran fiesta. En el Puerto de La Guaira hubo cantos y bailes, y desfilé con los carros más modernos. Salí en todos los periódicos. "Por primera vez en la historia, un automóvil atraviesa Sur, Centro y Norteamérica. Tres venezolanos a bordo de un Fotingo abren tierras vírgenes, recorren pantanos, montañas volcanes y suelos de´serticos, para dejar en alto el nombre de nuestro país. ¡Enhorabuena Mingo, Joaquín y Régulo!"

07 agosto 2006

El Fotingo (I)

Me llamaban Fotingo, aunque el nombre me lo dieron a los 19 años. Nací en 1928, en Detroit, Michigan. Fue un parto múltiple, al lado había muchos como yo.

Estaba recién nacido cuando un hombre de mi país, Estados Unidos, me llevó a un país del Caribe, Venezuela. A mí me habría gustado conocer al menos las carreteras de mi lugar de nacimiento. Y no es que no me gustara vivir ahí, en América del Sur, pero hacía demasiado calor y mi radiador tenía que hacer maravillas para sobrevivir mientras llevábamos a la gente de Maracaibo a Machiques, en una época en la que era muy difícil llegar aunque los dos lugares estuviesen en el mismo estado, Zulia.

Con toda esa actividad me fui deteriorando poco a poco y decidieron venderme al propietario de una hacienda. Me humilló el poco dinero que pidieron por mí, juro que mi motor estaba en perfectas condiciones.

Pronto descubrí las intenciones de mi nuevo dueño, un hacendado muy trabajador y con un fuerte carácter, de apellido Romero. Me desarmó. cada parte de mí fue usada para algo distinto. Los guardafangos eran bebederos para gallinas y la gente caminaba sobre lo que eran mis puertas para no mancharse los pies con el barro. Lo peor de todo fue ver como mi motor se utilizaba para impulsar una máquina de moler el maíz de los cochinos. Ya nunca saldría de allí y mucho menos a conocer las carreteras de Estados Unidos...

Un día de 1946, acostumbrado a despertarme antes que los gallos y a escuchar los cantos de los ordeñadores para sacar un poco más de leche a las vacas, ví llegar a dos hombres jóvenes a la hacienda.

Por lo que pude escuchar, a uno de ellos lo llamban Mingo y al otro Joaquín. vinieron a proponerle algo a Don Arquímedes Romero. mingo fue quien más habló. dijo que tenía planes de atravesar la América, que quería vivir una gran aventura y confirmar los ideales de un tal Simón Bolívar. Que iba a pedir con esa hazaña la culminación de la carretera Interamericana "como símbolo de unión de los pueblos de este continente"

Con gran convicción contó cómo pensaba, junto a Joaquín y otro hombre de Maracaibo, llegar hasta Detroit en automóvil.

Al oir el nombre de esa ciudad no pude evitar sentir nostalgia y una curiosidad creciente. Lo que pensaba hacer era imposible. A mí me habían traído en barco y me atrevería a asegurar que no había manera de hacer ese trayecto por tierra.

Pero Mingo, ante la incredulidad del hacendado, insistió en lo positivo de ese viaje para el pueblo de Machiques, para Venezuela, para la humanidad. Le pedía que les vendiera "aquel motor que usáis para moler maíz, te aseguro que lo voy a poner en el sitio donde fue fabricado".

¿Qué? ¿yo? pero ¿qué pensaban hacer conmigo? me pregunté. Y muy pronto lo descubriría.