11 julio 2006

Un extra en La Paloma*

Andrés tiene dos pistolas, una plateada y otra negra. La plateada se la regalaron hace justo un año, cuando cumplió nueve. Es su favorita porque cuando la acciona hace ruido. Él sabe que no es como el de los disparos de verdad, pero al menos se parece. No es como la negra, que suelta un triste “clic” incapaz de asustar a nadie.

Pedro, el padre de Andrés, trabaja en la cafetería bar “La paloma”, en la calle Preciados, una de las más comerciales del centro de Madrid. Su horario es como todos los de la hostelería, unas 60 horas a la semana y un jefe que exige hora de llegada pero jamás respeta la de salida. Entra todos los días a las doce, para dar el menú. Sale alrededor de las cinco para volver nuevamente a las ocho y preparar todo para la cena. Cuando llega a casa ya Andrés está dormido. Libra un día y medio a la semana, rotativos.

Hoy Andrés está contento porque papá le dijo que le traía un regalo. Al llegar del colegio, lo llamó a la cafetería para saludarlo, como todos los días. Pedro exigía esta llamada diaria como una norma obligatoria, un encuentro telefónico entre padre e hijo sin tiempo para verse en casa. “No se me ha olvidado que es tu cumpleaños, hijo, cómo se te ocurre. Prepárate, que esta tarde libro y vamos al cine”.

Hoy Pedro está ilusionado porque lleva en el bolso un reproductor mp3 para Andrés, y sabe que le hará mucha ilusión. Hasta puede hacer que se le olvide esa absurda obsesión con las armas que tiene desde que era pequeño. Come un poco, se cambia de ropa y agradece que hubiese poca gente para el menú. Sale a las 5 en punto. La línea 3 del metro está cerrada, así que decide caminar hasta la Plaza Mayor y ahí coger el autobús. A esta hora y con suerte, ya no habrá tanto atasco.

Andrés, después de comer, sale un rato a jugar por el barrio, lleva una pistola en cada bolsillo. La plateada en el derecho, como siempre. Hoy no encuentra a ninguno de sus amigos por las calles cercanas a su casa, así que decide jugar sólo. Se pone en una esquina y comienza a mirar a los coches que pasan. Se le ocurre una idea.

Pedro llega a la Plaza Mayor y se pone de último en la cola para subir al autobús. No está muy larga, podrá sentarse. Saca una revista de cómics que se compró hoy y se deleita con uno de sus pasatiempos favoritos. Habría querido ser dibujante, y no se le da mal, pero la vida es muy perra y hay que trabajar, más cuando se tienen niños. A su lado en la cola, una pareja discute. Pedro se abstrae, se sumerge en su revista.

La idea es dispararle a los coches. Ponerse de frente en el medio de la calle y lanzar una ráfaga de tiros a los camiones. A los particulares sólo un disparo certero, en la cabeza. A los peatones depende. Si van con niños, los perdona. Si no, pum pum pum.

El tono de la pelea sube. El hombre zarandea a la mujer. Pedro levanta la cabeza y mira. No quiere meterse, desde pequeño sabe que estas cosas nunca acaban bien. Sólo mira. El hombre le pregunta qué mira. Nada, responde él.

Andrés comienza a aburrirse de su matanza. Ha acabado con casi todo el barrio, visitantes incluidos. Está a punto de dejarlo cuando ve que viene un camión enorme, de Carrefour. Es mucha la tentación. Se cuadra perfectamente en todo el medio y lo mira de frente. Saca las dos pistolas como un perfecto vaquero de los que salen en las películas que ve su abuelo. Apunta decidido, sin temor a equivocarse. Mira al conductor a los ojos y aprieta los dos gatillos alternadamente, al tiempo que siente algo raro en la garganta, como si se la estuvieran apretando. Una sensación de asfixia espontánea. Una asfixia como la que siente Pedro junto al calor de la navaja que entra en su costado izquierdo. Porque estas cosas nunca acaban bien. Andrés deja caer las pistolas al suelo y siente que tener diez años es mucho. Mañana en “La Paloma” tendrán que contratar a un extra.


*título de Aniceto

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Una excelente incursión en lo que desde ahora podemos llamar "minitexto negro". Creo que el manejo del tiempo, el paralelismo en los momentos críticos son asfixiantes, sorprendentes. La frase que resume todo, con la que me quedo: "Andrés deja caer las pistolas al suelo y siente que tener diez años es mucho"... Qué tragedia!

Anónimo dijo...

Mamita! Muy Elocuente y Desenvuelto

Felicitaciones!!!



Papito....

Con olor a canela dijo...

Arrechísimo! Conmovedor. Cativante. Certero. Gracias.

CABINA AÉREA dijo...

impactante busaquita

LuzA dijo...

Anda Lu, y solo podia llamarse Andres?

Me encanto! EL manejo del tiempo, los lugares pude caminar detras de Pedro y ver la discusion en el autobus. Y como ya sabemos, esas cosas nunca terminan bien. :-X

espinasdepescado dijo...

yo jugaba a matar a todo mundo... mmm pero con la mano. No tenía ni la plateada ni la negra.

me gustó!

H.G. dijo...

Hola. Primera vez que visito tu blog y me ha gustado mucho tu estilo narrativo. Muy ameno.

También me gusta escribir cuentos.

Saludos desde el otro lado del Atlántico!