10 julio 2006

Tú, del otro lado

Cuando bebes alcohol, los ojos se te ponen pequeñitos y tristes. Aunque estés muy contento, adquieren un aire de melancolía vieja, guardada en el cajón de todo aquello que añoras y que nunca podrás volver a tener. Desde la pista de coches que te faltó en la niñez, hasta el amor ese lleno de aventuras, que todavía duele un poco porque nunca fue.

Diluyes tus cuatro minutos de libertad en una cerveza doble y te fumas las preocupaciones, un cigarro detrás de otro, para dejarlas salir con el humo. Hablas de lo que quieres a la sombra de un bar atestado de gente. Y das malas noticias.

Tus manos son suaves porque, como dices, nunca has trabajado al sol. Al igual que tus codos. La gente tiene los codos y las manos parecidos. Suaves o ásperos. Y si les ves los codos sabes algo de su vida. Si son negros, es porque han estado bajo el sol. Si todo es áspero, las caricias te harán pensar en pasados sacrificados.

Me gusta tu teoría de los codos. Ya sabemos que me encantan las teorías. Las mías y las tuyas. Todas las que tengan algo de curioso, de romántico. Las teorías sencillas que jamás podrán ser científicamente demostradas. Me gusta lo que dices y escribes cuando te dejas ser.

Pero te juro que no voy a pensar en las malas noticias. Porque pasa que me hago mayor y tengo menos ganas de comprender. Tu inteligencia. Todas las oportunidades que miras de frente, de frente al otro lado. Toda esa maravilla de comida casera, trabajos decentes y vida digna. No quiero comprender que es así como tiene que ser.

No me da la gana de renunciar a tus cuatro minutos de cañas, bares y ojos pequeños.

3 comentarios:

Miniojos dijo...

Le seguiré escribiendo a Santa Clos en Navidad para que me traigan por fin la autopista. De lo otro, ya veremos...

Felipe Araujo dijo...

me perdí en un punto, pero me gusta bastante lo ordinario y común teñido de superespecífica intimidad de los que hablan a través de ti. Keep it up!

CABINA AÉREA dijo...

guau, que textos amiga!