27 junio 2006

Lloré

Con la frente hacia la pared, finalmente lloré. Con lágrimas silenciosas, humildes, exhaustas. Lloré por tus años y los míos. Por los peces muertos y el agua verde. Por la pared azul y las estrellas en la habitación. Por el paraguas que me rompió una niña cuando tenía cuatro años. Por el charco en el que me caí.

Lloré tanto que el agua salió al balcón y nació una flor de plástico, de colores brillantes, que da vueltas cuando sopla el viento. Se derramó el agua y nacieron pajaritos brincones, y en el mar, nacieron delfines, también brincones.

Lloré un aguacero por todos los niños. Por la niña que yo fui y creyó que todo iba a ser tan bonito. Por el niño que se quedó esperando para venir…Y por las guerras, el hambre, la miseria, las enfermedades, los incendios, las inundaciones, los huracanes y otra vez por las guerras.

Lloré por lo que soy y por lo que no soy. Por lo que ya no eres. Por lo que ya no somos, porque la vida es una puta, pero también tiene derecho y también tiene corazón.

Lloré por la nostalgia, por los malos entendidos, por los silencios, por las palabras, por las carreteras, por las playas, por las cervezas, por los bailes. Lloré porque todo es fácil. Porque todo es complicado.

Lloré porque hoy soy adulta. Porque no me das las gracias (no estás en mi vida)

Lloré por los amigos, los abrazos, el cine, los libros.

Lloré porque no me queda llanto…

21 junio 2006

Mi busaca personal

Hace justamente la mitad de mi vida, escribía en un diario. Desbarataba los hechos de cada día en mi propia versión de lo que había pasado. Como aquella vez que tenía tanta rabia, cuando llamaron a mi “representante” al colegio.

Lo normal es que fuera mi mamá, porque papi nunca tenía tiempo. Ella era genial, escuchaba lo que las monjas tenían que decir, les daba la razón y luego, a solas, me demostraba que estaba de mi lado. A lo mejor lo que había hecho no le parecía bien, pero se reía conmigo o esperaba a escuchar mi parte de la historia.

Pero esta vez vino mi papá. Y no sólo les dio la razón, sino que me regañó en frente del “enemigo”. No me molestó el castigo, ni el regaño, ni la humillación. Me dolió profundamente que él se fuera con el otro bando, con el peor, con el que se empeñaba en hacerme la vida imposible, en no dejarme ser como yo era.

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Quince años más tarde, cada mañana, derramo mi versión de los hechos, mucho más intrincada, sobre ti. No eres como el papel, pero lo aguantas todo.

Mi voz es, muchas veces, una pluma seca y cansada de confeccionar listas para darle sentido a mi vida. Listas de todo tipo, de cosas pendientes en la vida, en la casa, en el trabajo. Siempre cosas pendientes para alguien que quiere irse pero no puede, porque aún hay mucho por hacer, muchas cosas pendientes. Me aferro a ellas, son mi afición y mi cárcel.

Otras veces, mi voz es serena, resignada o incluso feliz. Y entonces te lleno de chistes, de carcajadas, de entusiasmo. Vuelvo a embadurnarte de mi pegajosa parte de la historia. De un mundo fabricado enteramente por mis sentidos.

Las más oscuras, es sólo un hilo de voz. Un riachuelo a punto se secarse en medio de tierra árida. No quiere más o no puede más.

Pero sea de terror, humor, suspenso o drama, tú estás siempre al frente de la pantalla, dispuesto a tragarte mi película. Nunca te sales antes, aunque te duermas, aunque no soportes la pésima calidad del guión.

Eres mi diario, y estás de mi lado…

16 junio 2006

MADNESS

Después de ese almuerzo rápido, especialidad de tu recién estrenada soltería, y del café imprescindible para borrar los pensamientos que te impiden dormir antes de las dos de la mañana, saliste a trabajar.

Como cada día y cada tarde, recorriste Conde Duque por el lado donde pega el sol en invierno. Una vez más, atravesaste la calle por donde no hay paso de cebra y te metiste en Santa Cruz de Marcenado, para cortar camino. Luego por la izquierda, en Acuerdo, llegaste a Alberto Aguilera.

Llevabas prisa, como siempre. Pensabas en la manía de los españoles de parar el mundo entre dos y cinco de la tarde. Pensabas en lo caras que te habían costado las mandarinas, la próxima vez las comprarías en el otro puesto. . También pensabas en él, aunque no quieras reconocerlo… mientras mirabas al frente, por si pasaba el 21 y tenías que salir corriendo.

Un chico te preguntó cómo llegar a la Plaza Colón. Te encanta guiar a la gente. Te encanta demostrarte que conoces la ciudad. “Sigue recto, todo el tiempo. Primero vas a encontrar la Glorieta de San Bernardo (sabías que se llamaba Ruiz Jiménez, pero la gente le dice San Bernardo), luego la de Bilbao, la de Alonso Martínez y la Plaza Colón. Y si te cansas, puedes coger el 21, que hace el mismo recorrido. Yo voy a tomar ese autobús, si quieres vamos”.

No, gracias. Él prefería irse andando.

Y no me extraña. Hablas demasiado. Maldita manía esa que tienes de vomitar información. A quién le importa todo lo que quieres contar. Siempre que lo haces te acuerdas de esa peli en la que salía una chica hablando sin parar, de sí misma. Igual que tú. Te cayó mal, muy mal. Era una pesada. Por enésima vez decidiste que, de ahora en adelante, estarías calladita. Sabías que no lo cumplirías, pero te quedabas en paz por un instante creyéndote tu falsa y reiterativa auto-promesa.

Es que no hay caso, te gusta hablar y algunas veces no te da tan mal resultado. Como ese día que te llamaron para trabajar en la barra del bar MADNESS. Te hacía mucha gracia el nombre del bar que, aparte de ordinario y desagradable, iba perfectamente acorde con lo que se respiraba en aquel antro.

Entre una caña y otra, apareció una especie de actor de película de Hollywood y se te sentó al frente. Queriendo ser gracioso, dijo alguna de esas tonterías que te dicen frecuentemente los hombres para buscarte conversación. Y tú, por primera vez, no supiste que responder. Sonreíste, mostrando todos los dientes, con tu mejor cara de idiota.

Ese tipo de chicos nunca te había gustado. Demasiado alto, demasiado rubio, demasiado perfecto. Tus amigas bromeaban con eso. Te gustaban raros, feos y, sobre todo, complicados. Así que seguiste cortando pan, sirviendo aceitunas, tirando cañas…y olvidaste su presencia.



Estabas extrañamente callada bebiendo una bien merecida cerveza, cuando irrumpió de nuevo con la pregunta de siempre y de todos ¿de dónde eres? Tú vacilabas entre las múltiples respuestas que solías dar: de por ahí, no es tu problema, del sur, de Canarias, del mundo…pero le dijiste la verdad, quizás porque viste en sus ojos la súplica de un poco de compañía.

Accediste y comenzaste a contarle de todo. Por alguna razón, ya el tipo te caía bien, había caído en tu trampa. O tú en la suya. Dos horas más tarde caminaban hacia la Latina, ibas a un bar en la calle Humilladero, donde tus amigos te esperaban. Él parecía encantado con tu cháchara y tú te dejabas envolver con sus ojos tan abiertos y su sonrisa de niño grande, excitado con su nuevo juguetito.

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Una señora te insulta porque subes al autobús antes que ella, que ya llevaba rato en la parada. La miras sin entender y sientes un cosquilleo en los ojos. Parecido al que sentiste cuando él, a la mañana siguiente, se marchó de tu casa sin pedirte si quiera tu número de teléfono.

Por eso no te gustan los guapos, que pueden incluso llegar a hacerte sentir princesa, una princesa de utilería, mientras dura el encanto de aquello que no se necesita, pero uno se encapricha hasta que lo consigue. Y una vez en la mano, no se sabe qué hacer con ese precioso objeto. Uno se aburre.

Los guapos te hacen estar callada.

07 junio 2006

ENTRA

Quédate a vivir en mi cuello, que es olor a café recién colao cuando tú llegas y estación de trenes desierta cuando te vas...

Instálate en mis oídos, que son feria y multitud con tus palabras, y sala de espera de hospital con tu silencio...

Duérmete en mi pecho, que es mar azul y libre cuando reposas, y tierra árida sin tu peso...

Proyéctate en mis ojos, que son lago cristalino cuando los miras, y espejo roto sin tu imagen...

Adhiérete a mis labios, que son suaves e intensos cuando te sienten, y flor marchita si no presienten tu lengua...

Entra por siempre en mi cuerpo, que es hogar, fuego, azul y luna contigo dentro...y un amasijo de piel y huesos cuando no estás...