22 diciembre 2006

Des-propósitos 2007

Eso parecen haber sido los del 2006. Despropósitos ¿O te olvidas de todo lo que ibas a hacer este año? estudiar francés, conocer Australia, hacer deporte, bah...pura palabrería ¿este año qué? ¿más despropósitos? ¿más auto mentiras?

Pues sí, fíjate, este año voy a volver a mentirme. No me preguntes por qué. Quizás es el morbo que me dan esos 365 papelitos por estrenar, todos blanquitos. Este próximo año procuraré que las letras no se salgan de los márgenes, seré más discreta y (una vez más) la simple posibilidad de cumplirlos, me hace feliz. Ahí voy:

- Conocer Buenos Aires y Amsterdam
- Encontrar el trabajo ideal
- Hacer deporte (*)
- Ir al cine una vez por semana (y no se vale ir dos en una semana y luego no ir la siguiente)
- Leer los libros pendientes (los que tengo en casa) antes de comprar más
- Escribir en el blog con mayor frecuencia
- No ir a las reuniones sociales que no me apetezca, ni hacer nada por compromiso
- Ir a Londres a visitar al Chapo y a la negra
- Ir a Michigan a ver a mi hermano
- Estudiar francés (*)
- Dar muchos besos y abrazos
- Enviar postales a mis amigos que viven por el mundo
- Organizar mi música
- Aprender a cocinar como dios manda
- Hacer un taller literario (*)
- Llamar a mi familia más a menudo

(*) quiere decir repetido. Y no sigo con la lista porque me estoy pasando. Se me va la olla.

¿Qué más da? escribas lo que escribas, el año que viene será igual. La misma rutina. El mismo trabajo. La pereza cuando llegas a casa, te comes lo que sea, y ni una grúa te levanta para ir al cine. La falta de dinero y tiempo para hacer los viajes. Los libros en el metro. No sé por qué te ilusionas. Eres incorregible.

¿Incorregible? ¿Y para qué voy a corregirme? estoy viva ¿no? tengo una piel sensible, bonitos pies, buena salud, y sigo teniendo mi cámara de fotos. Si eso es ser incorregible, lo soy. Una incorregible con la sonrisa de oreja a oreja, esperando el 2007 con los ojos muy, muy abiertos.

¡Felices des-propósitos!

29 noviembre 2006

El final

Partir c’est mourir un peu. Mourir c’est partir un peu trop

Llevaba un año leyéndolo. Todo. Sus libros, sus guiones, sus artículos y su blog. No lo que escribían sobre él. Le tenían sin cuidado los críticos. Sólo lo que él decía, incluso de su vida personal. Nunca dejó un comentario, no creía estar a la altura.

Mientras ella se hundía cada día en la silla de su escritorio, rodeada de dos ventanales, dos paredes blancas y mucha soledad, él hacía viajes por el mundo. Tailandia, Londres, México, Paris. Ella atendía el teléfono a clientes groseros que se quejaban siempre por alguna cosa en la que ella no tenía nada que ver.

Él era muy importante en su vida. Tomaba en cuenta todas sus opiniones. Lo seguía y lo respetaba. En cierta forma, lo amaba. Y se dejaba llevar por él. Iba a ver las películas que él recomendaba, compraba la música que él admiraba. Y si hablaba de algún lugar en su ciudad, iba a visitarlo, con la ilusión de que él estuvo allí y algo de su presencia queda siempre en las partículas del aire.

Ese miércoles decidió darse un paseo por la Gran Vía para ir a comprar su última novela. Ya le costaban un poco esos recorridos. Estaba mayor, tenía artritis. Pero el aire fresco y la gente que iba por la calle la animaban. La vida a su alrededor le hacía sentir un poco de vida propia. Claro, que eso era mentira. No tenía ninguna vida. Sólo un trabajo absurdo, un sofá, una cama vieja y amigos muertos. Y a él en el papel. A él en la pantalla.

Con mucha ilusión, compró "La vida final" y esa misma noche comenzó a leerla. Una pulmonía la llevó a la cama toda la semana siguiente. Allí siguió leyendo cómo Cristina, el personaje principal, se acercaba a sus días finales.

El cáncer de Cristina comenzó a empeorar justo cuando a ella le diagnosticaron la neumonía. Más días en cama, esta vez de hospital. Cristina comenzó con la quimioterapia, pero no parecia mejorar. Comenzó a despedirse de su numerosa familia y a recorrer mentalmente su vida, llena de intensos momentos.

A ella le costaba un tanto leer. Estaba muy cansada. Recordó que su vida había sido una especie de línea recta. Penosamente recta. Sabía que también tenía que despedirse, pero no tenía de quién. Entonces lo recordó a él, a quien en un único comentario le agradeció una última página que leer, su adiós íntimo y personal, antes de dejar este mundo.

17 octubre 2006

Miedos

¿Por qué la gente no admite que tiene miedos? -me dijo. Porque les da miedo admitirlo –respondí.

¿Cuáles son mis miedos? –pensé…

E inmediatamente una lista infinita de palabras se derramó sobre mí, como cuando te subes a una silla para sacar algo de la parte alta del clóset y todo se te viene encima. Tienes que decidir rápidamente si agarrarte para no caer, protegerte para que nada te dé en la cabeza, o hacer alguna clase de maroma que te permita atrapar algunas cosas en el aire.

A mí se me cayeron todos los miedos encima, porque sólo tuve reflejos para agarrarme fuerte y verlos pasar, boquiabierta. Algunos me golpearon, eran pesados. Descubrí que eran muchos, porque no paraban de caer. Como la lluvia de hoy.

Me bajé de la silla y me senté sobre la cama, como hago siempre que ordeno mis papeles. Las facturas de la luz aquí, las del teléfono aquí, los estados de cuenta más allá y la bolsa de basura siempre a un lado, para todo eso que no sirve y que luego tiro con tanto gusto.

Quise ordenar mis miedos, pero no era fácil. Me daba miedo mirarlos de frente, asumirlos, reconocerlos y tratar de tirar aquellos que ya no me sirven de nada. Porque dice mi padre que una pequeña dosis de miedo es buena, te protege. Pero estos son muchos, no caben sobre mi enorme cama. Además, están revueltos.

Pensé que lo mejor sería separarlos en dos grupos. Los miedos a las cosas que pueden pasar y los miedos a que algunas cosas no pasen nunca. Por este lado el miedo a enfermarme sin tener quién me cuide, por este otro el miedo a no conocer nunca Australia; a la derecha el miedo a perder a alguien querido, a la izquierda el miedo a no lograr nada profesionalmente…por aquí el miedo a tener hijos, y por ahí el miedo a no tenerlos nunca. A la basura los miedos viejos, que estaban en la parte profunda y no se veían, el miedo a no ser aceptada o algunos miedos al ridículo.

Era una tarea ardua y dolorosa, pero seguí. Y hubo subcategorías. A personas (miedo a los asesinos en serie, a los violadores, a los cantantes de reguetón), a desastres naturales (terremotos, huracanes, bailarines de reguetón), a desastres provocados (guerras, genocidios, torturas, maratones de reguetón)

Al final logré separarlos, nombrarlos, categorizarlos. Estaba agotada y aún no sabía para qué había hecho todo esto. Volví a pensar en él cuando me preguntó por los miedos. También pensé en la aventura y “todo eso”. Y me salió una sonrisa en la cara, una gran sonrisa. Una que salió sola, a pesar de estar rodeada de miles de miedos ordenaditos y clasificados. Listos para entrar de nuevo al clóset.

Porque creo que a veces es posible cerrar la puerta y salir. Irse a la playa, dejar la mochila cargadita de miedos, bien cerradita, tirada en la arena y mirar al cielo y lanzarse al mar a nadar un rato. Y hacer que ese momento sea eterno.

27 septiembre 2006

Adiós

Perdona si hoy no te pregunto cómo estás. No es que no me importe, es que hoy tengo el alma un tanto anestesiada. ¿Cómo te lo explico? no ha sido un buen día, chico.

Mi corazón sigue latiendo. Y eso que se ha mojado, secado, ha sido arrugado, planchado y vuelto a arrugar. Se le ha derramado café encima, tiene huequitos de cigarrillo. Se ha roto en varias partes y lo he pegado con pega loca. Se ha rasgado y yo lo he remendado con hilo y aguja. A veces le he puesto parches de colores. Se ha caído al suelo, por eso está un poco magullado, con raspones y algunas cicatrices. Le faltan trocitos aquí y allá. Algunos los han robado, otros los he regalado con gusto. Otros se quedaron pegados a una poesía o a una imagen por la calle. Algunas partes se han hundido quién sabe porqué. Otras se han abultado.

Tiene la belleza de todo aquello que ha visto pasar la vida por arriba, por abajo, por delante, por detrás, por dentro y por fuera. Es aún inocente porque le falta mucho por ver, oir, tocar, oler y sentir.

Pero hoy ¿cómo te explico de nuevo? está ahí, callado, sin ganas. Este adiós de todos los adioses lo ha dejado un poco sin identidad. Y yo no sé si sigue dentro o si se ha ido con él para siempre.

¿Podrás disculparme?

24 septiembre 2006

Soy mi cuerpo

SOY MI CUERPO. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.

Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.

Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad.

Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección.

Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.

(Jaime Sabines, él lo dijo mejor de lo que yo podría)

09 septiembre 2006

Victoreto



“Tu hijo va a ser el orgullo de la familia. Él y su guitarra van a recorrer el mundo”. Eso le dijo una bruja a mí mamá hace un montón de años. Ella veía el futuro de la gente a través de la cédula. La ponía detrás de una lupa de esas de hacer limpieza de cutis y soltaba su perorata de augurios, buenos y malos.

Recuerdo que cuando tú eras un peloncito de pocos meses y yo tenía tres años (juro que lo recuerdo) iba por ahí diciéndoles a todos mis amiguitos que tú eras el bebé más bello del mundo. Y lo eras.

Después pasaste a ser ese personaje molesto a más no poder que se llama hermano menor, pero qué remedio, ahí estabas. Fiebrúo, totalmente fiebrúo. Primero, los muñequitos de la Guerra de las galaxias, después los de he-man (hasta que te robaron una bolsa llena por dejarlos en la escalera del edificio), luego los peces (tuviste dos peceras), mas tarde el heavy metal (grrrrrrr) y finalmente, definitivamente y afortunadamente, la guitarra.



También te dio por jugar fútbol, béisbol, hacer karate, atletismo, tocar melódica, redoblante, trompeta y cantar en un coro. Y luego, por estudiar periodismo, habrase visto.

Una vez me diste un golpe. Yo, que me aprovechaba de ser mayor, te perseguí por toda la casa y me vengué con unos cuantos. Sabías que no podías volver a pegarme, pero te daba rabia, así que te quejabas de que sólo me habías dado uno. “A palabras eléctricas, oídos desenchufados” te decía yo. “Mis palabras no son eléctricas” gritabas tú. El punto final, triste para ti, fue cuando mi papá llegó y te dijo que a las mujeres no se las tocaba ni con el pétalo de una rosa.

También otro día, disfrazándome de alguna cosa, te manché una de tus franelas OP, tesoros preciados. Aún hoy me lo recuerdas. Así como la vez que se disparó la alarma de la camioneta y yo me puse a llorar del susto, como una tonta.

Siento que crecí escuchando tus melodías. Tus errores al estudiar con la guitarra, que para mí fueron un privilegio. Una banda sonora para mi vida.

Luego te fuiste y fue duro, muy duro. Pero el viento soplaba a tu favor. Y hoy lo sigue haciendo. Me alegro de haber compartido la cara de satisfacción con la malta del camino, de todos los juegos y las risas y de que mis manos se parezcan tanto a las tuyas, aunque sean incapaces de crear tanta maravilla.

Me disculpo por tu OP, mis golpes y no estar cerca durante tantos años. Pero no olvido que fui tu primera fotógrafa y me siento terriblemente orgullosa de que la bruja vaya teniendo razón. Sigues siendo el principal en mi banda sonora. Te quiero.

31 agosto 2006

Sofía

El padre Jacobo dice que no, pero yo estoy seguro de que he estado en más bodas que él. Dice que ese es su trabajo, que es cura y por eso me gana. Cosa que no es cierta, yo también trabajo en bodas, y no sólo en las católicas. He cantado en matrimonios evangélicos, protestantes, mormones, judíos y últimamente me estoy llenando con los gays.

La gente dice que tengo buena voz, y es verdad. Aún así, más que por la voz, los anfitriones me contratan porque tengo chispa. Si, chispa. Siempre se me ocurre algo qué decir en el momento preciso y todos se ríen. Además, aguanto muy bien a la gente que le entra la vena artística después de tomarse dos cervezas. Yo toco la guitarra y ellos se desgañitan, ahí aprovecho para pensar en mis cosas y me pongo la máscara de la sonrisa.

A Sofía la conocí en una de esas bodas. Como siempre, los amigos de unos amigos habían decidido ser originales y casarse en la playa. Ella con flores en la cabeza, él con camisa blanca de algodón. Querían que les cantara unas baladas durante la ceremonia y que luego entretuviera a sus amigos con un poco de trova cubana. Más de lo mismo y con la misma condición de siempre: ya no canto “Yolanda”, se agotó.

Mis ojos oyeron, ese día. Las perfectas líneas de sus caderas bajo ese vestido rojo chillón, hacía un sonido imposible de ignorar. La tensión de sus piernas sobre los altísimos tacones (a pesar de estar en la playa) prometía volverme loco. El movimiento rítmico de sus brazos al andar era un baile glorioso.

Sus ojos. Sus ojos sonreían, buscaban, miraban. Y yo, al encontrarlos, me quedé mudo. Respiré profundo y conté mentalmente hasta donde pude, de forma incoherente, repitiendo números, perdiendo la cuenta. Respiré otra vez profundo para poder hacer mi trabajo. Volví a mirar a la profundidad perdida de sus ojos, y canté. Esta vez como un ángel, canté sólo para ella.

Mis pensamientos se quedaron suspendidos como en una cuerda de tender la ropa, al viento. Mientras la gente se reía, comía, bebía y bailaba con la orquesta, yo la miraba e intentaba disimular. Su marido estaba con ella.

Al final de la noche, sólo quedaba un grupo. Todos alcoholizados, por supuesto. Era el momento de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, de Aute, de Cortez. Nos sentamos todos en la arena. La luna estaba llena y era la única luz a esas horas. Algunos seguían bebiendo, otros fumaban porros. Una pareja, que se conoció en la boda, no paraba de besarse. Sofía, a mi lado, esperaba el primer acorde mirando las estrellas y hacía breves comentarios con ese acento andaluz que se metía en el fondo de mi estómago.

Comencé a cantar “El breve espacio en que no estás” y todos callaron. Veían cómo mis dedos tocaban la guitarra. Pero la luz de la luna se dio cuenta, y arrojó la sombra de mis dedos sobre su rostro para que pudiera acariciarlo… la prefiero compartida antes que vaciar mi vida, no es perfecta, más se acerca a lo que yo…simplemente soñé.

* Dedicado a José Luis

25 agosto 2006

El hogar*




Mi casa no está muy limpia, pero en mi habitación hay una pared azul, con estrellas y una luna que brillan en la oscuridad.

Sólo hay tres sillas en el salón, pero hay cojines de colores y tapices güajiros en las paredes. A veces también hay niños preciosos gateando en el suelo y haciendo sus ruiditos.

No hay calefacción ni aire acondicionado, pero a la gente le gusta refugiarse en ese salón oscuro, que también tiene una luna y una lámpara de lava roja.

Todas las mañanas huele a café con canela. Algunos domingos a perico y arepa.

Hay miradas y sonrisas atrapadas en tantas fotografías, flores de colores que giran en los balcones y vainilla en forma de velas.

Falta el dinero, la mayoría de las veces, pero sobran (si es que eso puede sobrar)las letras, el cine y la música.

En mi casa cada quien opina lo que quiere. No hay censuras, y sí muchos abrazos.

Mi casa no es mía, pero su dueño jamás tendrá lo que tengo yo, un hogar.

*Gracias, Pili, también haces que así sea.

24 agosto 2006

No-aniversario

Te amo es la introducción.

Esa frase la inventé yo, la sentí yo. Esa y tantas otras y el "todavía" de Benedetti, y la colección interminable de cursilerías que aún hoy no me dan vergüenza.

Tu sonrisa la dibujé con mi dedo, como Horacio la de la Maga en el capítulo 7. Tus canciones sin sentido siguen en un cajón transparente, que está siempre por donde tengo que pasar.

No lo sabes pero estás. Porque "siempre es corto".

A pesar de tus no-tequiero, feliz no-aniversario.

09 agosto 2006

El Fotingo (II)




Después de obtener la aprobación de Don Arquímedes, los dos jóvenes me sacaron de ahí, recogieron las pocas piezas que aún quedaban tiradas en los potreros y me llevaron a un taller mecánico en Maracaibo.

El taller pertenecía a un hombre alto y delgado, a quien llamaban "El Maestrico" por su inigualable habilidad para arreglar todo desperfecto mecánico. El Maestrico era muy amigo de Joaquín y Mingo, y esperaba con ansias la llegada del carro que iba a recorrer las Américas. Incluso le avisó a un grupo de amigos, quioenes se juntaron a esperarme.

Cuando ví a toda esa gente, me sentí importante por primera vez en mi vida, aunque pasé una gran vergüenza. No me había dado cuenta de que, sobre mi motor se había pegado lo que en machiques llaman "cacure" que no es más que un nido de abejas. Todo mi público tuvo que salir corriendo cuando me movieron para bajarme y se alborotaron los insectos, incluso alguien dijo "¿Y ustedes piensan viajar a Eastados Unidos en una caja de abejas?"

Ese fue el día que comenzaron a llamarme "Fotingo" (así les decían a los viejos Ford). Ese día también volví a convertirme nuevamente en lo que era, un automóvil, y concí al tercer integrante del viaje, Régulo Díaz. Un hombre mayor que los otros dos, bastante más moreno y, por lo visto, muy culto.

Cuando se corrió la voz de lo que íbamos a hacer, la gente decidió apoyarnos, o gran parte de ella. En el Teatro Baral, el más importante de la ciudad, proyectaron películas para recabar dinero y muchos enviaron contribución y piezas de varias partes del occidente venezolano.

Entre esas piezas originales y otras creadas por el maestrico y mis futuros tripulantes, quedé convertido en un cacharro muy bonito. Incluso Régulo me dibujó, en un costado, un mapa con el recorrido y escribió "luchamos por la construcción de la gran carretera Interamericana". Del otro lado escribió, en letras grandes JIRA MACHIQUES - DETROIT.



Cuando estuve listo, el 27 de enero de 1947, nos hicieron una impresionante despedida frente a la catedral de Machiques. Las caras de la gente eran alegres y tristes a la vez. parecían estarse despidiendo para siempre de nosotros. Yo estaba asustado, no lo niego. No estaba seguro de poder hacer lo que estos tres jóvenes aseguraban que haría. Pero aún así, la idea me entusiasmaba mucho.

Nueve meses y cuatro días más tarde, mis cuatro ruedas desiguales estaban sobre miciudad natal, aunque ya bastante cansadas para alegrarse por eso.

Me tocó pasar por una guerra interna en Colombia. Allí conocí a un señor llamado Jorge Eliécer gaitán, que parecía ser muy importante. Salvé familias de ríos crecidos en Costa Rica, donde estuvimos a punto de morir varias veces.

Conocí a un político exiliado en Nicaragua. Fui recibido con asombro y cariño en Honduras, El Salvador y Guatemala. Pasé un tiempo largo en México, buscando a un tal Cantinflas para hacer una película.

Finalmente, exhausto y feliz, llegué a Estados Unidos y me paseé por sus carreteras. Qué suavidad, qué tranquilidad, qué aburrimiento!!!

Después de tanta aventura, y 20 años de ausencia, yo no pertenecía a estas tierras, hasta el invierno me afectaba terriblemente. Y creo que Régulo, Joaquín y Mingo se dieron cuenta. Al poco tiempo, me subieron a un barco de regreso a Venezuela.

En mi país nos recibieron con una gran fiesta. En el Puerto de La Guaira hubo cantos y bailes, y desfilé con los carros más modernos. Salí en todos los periódicos. "Por primera vez en la historia, un automóvil atraviesa Sur, Centro y Norteamérica. Tres venezolanos a bordo de un Fotingo abren tierras vírgenes, recorren pantanos, montañas volcanes y suelos de´serticos, para dejar en alto el nombre de nuestro país. ¡Enhorabuena Mingo, Joaquín y Régulo!"

07 agosto 2006

El Fotingo (I)

Me llamaban Fotingo, aunque el nombre me lo dieron a los 19 años. Nací en 1928, en Detroit, Michigan. Fue un parto múltiple, al lado había muchos como yo.

Estaba recién nacido cuando un hombre de mi país, Estados Unidos, me llevó a un país del Caribe, Venezuela. A mí me habría gustado conocer al menos las carreteras de mi lugar de nacimiento. Y no es que no me gustara vivir ahí, en América del Sur, pero hacía demasiado calor y mi radiador tenía que hacer maravillas para sobrevivir mientras llevábamos a la gente de Maracaibo a Machiques, en una época en la que era muy difícil llegar aunque los dos lugares estuviesen en el mismo estado, Zulia.

Con toda esa actividad me fui deteriorando poco a poco y decidieron venderme al propietario de una hacienda. Me humilló el poco dinero que pidieron por mí, juro que mi motor estaba en perfectas condiciones.

Pronto descubrí las intenciones de mi nuevo dueño, un hacendado muy trabajador y con un fuerte carácter, de apellido Romero. Me desarmó. cada parte de mí fue usada para algo distinto. Los guardafangos eran bebederos para gallinas y la gente caminaba sobre lo que eran mis puertas para no mancharse los pies con el barro. Lo peor de todo fue ver como mi motor se utilizaba para impulsar una máquina de moler el maíz de los cochinos. Ya nunca saldría de allí y mucho menos a conocer las carreteras de Estados Unidos...

Un día de 1946, acostumbrado a despertarme antes que los gallos y a escuchar los cantos de los ordeñadores para sacar un poco más de leche a las vacas, ví llegar a dos hombres jóvenes a la hacienda.

Por lo que pude escuchar, a uno de ellos lo llamban Mingo y al otro Joaquín. vinieron a proponerle algo a Don Arquímedes Romero. mingo fue quien más habló. dijo que tenía planes de atravesar la América, que quería vivir una gran aventura y confirmar los ideales de un tal Simón Bolívar. Que iba a pedir con esa hazaña la culminación de la carretera Interamericana "como símbolo de unión de los pueblos de este continente"

Con gran convicción contó cómo pensaba, junto a Joaquín y otro hombre de Maracaibo, llegar hasta Detroit en automóvil.

Al oir el nombre de esa ciudad no pude evitar sentir nostalgia y una curiosidad creciente. Lo que pensaba hacer era imposible. A mí me habían traído en barco y me atrevería a asegurar que no había manera de hacer ese trayecto por tierra.

Pero Mingo, ante la incredulidad del hacendado, insistió en lo positivo de ese viaje para el pueblo de Machiques, para Venezuela, para la humanidad. Le pedía que les vendiera "aquel motor que usáis para moler maíz, te aseguro que lo voy a poner en el sitio donde fue fabricado".

¿Qué? ¿yo? pero ¿qué pensaban hacer conmigo? me pregunté. Y muy pronto lo descubriría.

31 julio 2006

Por un pelín

La pestaña tenía razón.

Juan me advirtió que la tenía pegada en mi mejilla izquierda. Inmersa en mi agobio por el calor y el tráfico de Madrid, yo me pasé la mano con la idea de deshacerme de ella. Pero quizás por la naturaleza pegajosa de todo en estas fechas, no se cayó, se quedó en uno de mis dedos. Entonces Juan y yo hicimos (sin siquiera decirlo) eso que estúpidamente habíamos hecho toda la vida, cada vez que una pestaña se queda vagando en el rostro de alguien.

Juntamos los pulgares, aplastando la pestaña, y cada uno pidió un deseo a Dios, al destino o a las hadas, sabiendo que todo eso es mentira y que el deseo nunca se cumple, y si se cumple es purita casualidad.

Le tocó a él.

Juan - le dije-mi deseo era de amor ¿esto significa que no va a cumplirse?
No - me dijo - se va a cumplir, pero no ahora. Tendrás que esperar.

Yo creía que esperaría unos días, porque eso me había dicho él. Estaba contenta, con una contentura que ya creía extinta.

Ahora veo, con la cara llena de lágrimas (que también creía extintas) que la suerte no me ha elegido. El deseo no se cumplió. Se le cumplió a Juan y quizás a alguien que, en otro lugar lejos de aquí, sí se quedó con la pestañita.

26 julio 2006

Ángel de la Guarda*

Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche, ni de día, no me dejes sola, que me perdería.

Llévame al 6-B y a la sopa negra, al viento inagotable y las palmeras endebles, a la hamaca en mi cuarto desordenado.

Muéstrame un anaranjado de atardecer a las seis, un sol hundiéndose en el lago brillante. Un nacimiento de estrellas y caminos de luna reflejada en el agua. Un relámpago insistente, de nombre Catatumbo.

Ayúdame a volver al parque de atracciones que era la litera de madera y a huirle a la correa poco cumplidora.

Haz que la brisa de la tarde me traiga desde abajo ese silbido que anuncia la llegada del cariño, el pan dulce, el queso de bolita, los cambures manzanos y la música del cuatro.

Despiértame temprano para ir al colegio con peinados de reina hechos por las manos del amor, saltando los peldaños de dos en dos para que no me deje el transporte.

Salúdame a las amigas y diles que pronto jugaremos a la liga, al quemao, a los yaquis, al sesesé e intercambiaremos barajitas, tan pronto como suene el timbre. Después ensayaremos la poesía para el acto. Y mentiremos para bajar a tomar agua.

Dile a mi madre que quiero cenar panquecas del tamaño del plato, con mantequilla y queso. Y guarapo de limón con panela.

Rezo un padrenuestro, un avemaría y un ángel de la guarda, dulce compañía…

Que no me desamparas ni de noche ni de día

Gracias por la dorada isla
Gracias por las perlitas de hielo

*2000

11 julio 2006

Un extra en La Paloma*

Andrés tiene dos pistolas, una plateada y otra negra. La plateada se la regalaron hace justo un año, cuando cumplió nueve. Es su favorita porque cuando la acciona hace ruido. Él sabe que no es como el de los disparos de verdad, pero al menos se parece. No es como la negra, que suelta un triste “clic” incapaz de asustar a nadie.

Pedro, el padre de Andrés, trabaja en la cafetería bar “La paloma”, en la calle Preciados, una de las más comerciales del centro de Madrid. Su horario es como todos los de la hostelería, unas 60 horas a la semana y un jefe que exige hora de llegada pero jamás respeta la de salida. Entra todos los días a las doce, para dar el menú. Sale alrededor de las cinco para volver nuevamente a las ocho y preparar todo para la cena. Cuando llega a casa ya Andrés está dormido. Libra un día y medio a la semana, rotativos.

Hoy Andrés está contento porque papá le dijo que le traía un regalo. Al llegar del colegio, lo llamó a la cafetería para saludarlo, como todos los días. Pedro exigía esta llamada diaria como una norma obligatoria, un encuentro telefónico entre padre e hijo sin tiempo para verse en casa. “No se me ha olvidado que es tu cumpleaños, hijo, cómo se te ocurre. Prepárate, que esta tarde libro y vamos al cine”.

Hoy Pedro está ilusionado porque lleva en el bolso un reproductor mp3 para Andrés, y sabe que le hará mucha ilusión. Hasta puede hacer que se le olvide esa absurda obsesión con las armas que tiene desde que era pequeño. Come un poco, se cambia de ropa y agradece que hubiese poca gente para el menú. Sale a las 5 en punto. La línea 3 del metro está cerrada, así que decide caminar hasta la Plaza Mayor y ahí coger el autobús. A esta hora y con suerte, ya no habrá tanto atasco.

Andrés, después de comer, sale un rato a jugar por el barrio, lleva una pistola en cada bolsillo. La plateada en el derecho, como siempre. Hoy no encuentra a ninguno de sus amigos por las calles cercanas a su casa, así que decide jugar sólo. Se pone en una esquina y comienza a mirar a los coches que pasan. Se le ocurre una idea.

Pedro llega a la Plaza Mayor y se pone de último en la cola para subir al autobús. No está muy larga, podrá sentarse. Saca una revista de cómics que se compró hoy y se deleita con uno de sus pasatiempos favoritos. Habría querido ser dibujante, y no se le da mal, pero la vida es muy perra y hay que trabajar, más cuando se tienen niños. A su lado en la cola, una pareja discute. Pedro se abstrae, se sumerge en su revista.

La idea es dispararle a los coches. Ponerse de frente en el medio de la calle y lanzar una ráfaga de tiros a los camiones. A los particulares sólo un disparo certero, en la cabeza. A los peatones depende. Si van con niños, los perdona. Si no, pum pum pum.

El tono de la pelea sube. El hombre zarandea a la mujer. Pedro levanta la cabeza y mira. No quiere meterse, desde pequeño sabe que estas cosas nunca acaban bien. Sólo mira. El hombre le pregunta qué mira. Nada, responde él.

Andrés comienza a aburrirse de su matanza. Ha acabado con casi todo el barrio, visitantes incluidos. Está a punto de dejarlo cuando ve que viene un camión enorme, de Carrefour. Es mucha la tentación. Se cuadra perfectamente en todo el medio y lo mira de frente. Saca las dos pistolas como un perfecto vaquero de los que salen en las películas que ve su abuelo. Apunta decidido, sin temor a equivocarse. Mira al conductor a los ojos y aprieta los dos gatillos alternadamente, al tiempo que siente algo raro en la garganta, como si se la estuvieran apretando. Una sensación de asfixia espontánea. Una asfixia como la que siente Pedro junto al calor de la navaja que entra en su costado izquierdo. Porque estas cosas nunca acaban bien. Andrés deja caer las pistolas al suelo y siente que tener diez años es mucho. Mañana en “La Paloma” tendrán que contratar a un extra.


*título de Aniceto

10 julio 2006

Tú, del otro lado

Cuando bebes alcohol, los ojos se te ponen pequeñitos y tristes. Aunque estés muy contento, adquieren un aire de melancolía vieja, guardada en el cajón de todo aquello que añoras y que nunca podrás volver a tener. Desde la pista de coches que te faltó en la niñez, hasta el amor ese lleno de aventuras, que todavía duele un poco porque nunca fue.

Diluyes tus cuatro minutos de libertad en una cerveza doble y te fumas las preocupaciones, un cigarro detrás de otro, para dejarlas salir con el humo. Hablas de lo que quieres a la sombra de un bar atestado de gente. Y das malas noticias.

Tus manos son suaves porque, como dices, nunca has trabajado al sol. Al igual que tus codos. La gente tiene los codos y las manos parecidos. Suaves o ásperos. Y si les ves los codos sabes algo de su vida. Si son negros, es porque han estado bajo el sol. Si todo es áspero, las caricias te harán pensar en pasados sacrificados.

Me gusta tu teoría de los codos. Ya sabemos que me encantan las teorías. Las mías y las tuyas. Todas las que tengan algo de curioso, de romántico. Las teorías sencillas que jamás podrán ser científicamente demostradas. Me gusta lo que dices y escribes cuando te dejas ser.

Pero te juro que no voy a pensar en las malas noticias. Porque pasa que me hago mayor y tengo menos ganas de comprender. Tu inteligencia. Todas las oportunidades que miras de frente, de frente al otro lado. Toda esa maravilla de comida casera, trabajos decentes y vida digna. No quiero comprender que es así como tiene que ser.

No me da la gana de renunciar a tus cuatro minutos de cañas, bares y ojos pequeños.

03 julio 2006

Preparados

“El amor es que te busquen a la salida, lo demás son tonterías”. Ya conocías la respuesta cuando te pregunté si sabías lo que era el amor. La conocías de esa época en la que habrías hecho cualquier cosa por recuperarla. Viste la película* y fue como una cachetada. De golpe lo entendiste todo.

Fuiste a esperarla en la puerta del trabajo. Le dejaste una nota en el parabrisas. Esperaste. Una, dos, tres horas. Llovió y el agua lentamente desvaneció la tinta. Así como se desvaneció tu alma (no tan lentamente) cuando la viste salir con la vista fija en otro que también la esperaba a la salida. Ese que seguramente entendió a tiempo lo que era el amor.

No te preocupes. Yo también lo supe tarde. Siempre se sabe tarde. A veces hay remedio. Muchas otras no, y aquí estamos. Bailamos, bebemos una copa tras otra y decimos tonterías. Nos miramos y sabemos que detrás de los ojos hay historias, pero no queremos hablar de eso.

Son historias de duelos, de papeles borrados, de portazos y de ausencias presentes. Pero nosotros nos hacemos los fuertes. No, no nos hacemos, lo somos. Queremos sonreír y dejar que el tiempo se lleve nuestra tristeza profunda, esa tristeza tranquila que ya se cansó de montar numeritos y escupir lágrimas. Que se la lleve el tiempo así como la lluvia se llevó tu última esperanza de color azul tinta.

Mientras tanto, tú y yo bailamos y miramos otras historias en el cine.

Finalmente hablamos de amor, a las ocho de la mañana, después de la fiesta. Hablamos borrachos mientras tú me llevas a casa.

Hablamos durante 1843 metros, mientras tú me llevas. Empujas un carrito de supermercado conmigo dentro. Y, como todo un caballero, me dejas en la puerta de mi casa. Porque aún confiamos en que sabremos esperar a la salida. Estaremos preparados.


* Princesas. Fernando León de Aranoa

27 junio 2006

Lloré

Con la frente hacia la pared, finalmente lloré. Con lágrimas silenciosas, humildes, exhaustas. Lloré por tus años y los míos. Por los peces muertos y el agua verde. Por la pared azul y las estrellas en la habitación. Por el paraguas que me rompió una niña cuando tenía cuatro años. Por el charco en el que me caí.

Lloré tanto que el agua salió al balcón y nació una flor de plástico, de colores brillantes, que da vueltas cuando sopla el viento. Se derramó el agua y nacieron pajaritos brincones, y en el mar, nacieron delfines, también brincones.

Lloré un aguacero por todos los niños. Por la niña que yo fui y creyó que todo iba a ser tan bonito. Por el niño que se quedó esperando para venir…Y por las guerras, el hambre, la miseria, las enfermedades, los incendios, las inundaciones, los huracanes y otra vez por las guerras.

Lloré por lo que soy y por lo que no soy. Por lo que ya no eres. Por lo que ya no somos, porque la vida es una puta, pero también tiene derecho y también tiene corazón.

Lloré por la nostalgia, por los malos entendidos, por los silencios, por las palabras, por las carreteras, por las playas, por las cervezas, por los bailes. Lloré porque todo es fácil. Porque todo es complicado.

Lloré porque hoy soy adulta. Porque no me das las gracias (no estás en mi vida)

Lloré por los amigos, los abrazos, el cine, los libros.

Lloré porque no me queda llanto…

21 junio 2006

Mi busaca personal

Hace justamente la mitad de mi vida, escribía en un diario. Desbarataba los hechos de cada día en mi propia versión de lo que había pasado. Como aquella vez que tenía tanta rabia, cuando llamaron a mi “representante” al colegio.

Lo normal es que fuera mi mamá, porque papi nunca tenía tiempo. Ella era genial, escuchaba lo que las monjas tenían que decir, les daba la razón y luego, a solas, me demostraba que estaba de mi lado. A lo mejor lo que había hecho no le parecía bien, pero se reía conmigo o esperaba a escuchar mi parte de la historia.

Pero esta vez vino mi papá. Y no sólo les dio la razón, sino que me regañó en frente del “enemigo”. No me molestó el castigo, ni el regaño, ni la humillación. Me dolió profundamente que él se fuera con el otro bando, con el peor, con el que se empeñaba en hacerme la vida imposible, en no dejarme ser como yo era.

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Quince años más tarde, cada mañana, derramo mi versión de los hechos, mucho más intrincada, sobre ti. No eres como el papel, pero lo aguantas todo.

Mi voz es, muchas veces, una pluma seca y cansada de confeccionar listas para darle sentido a mi vida. Listas de todo tipo, de cosas pendientes en la vida, en la casa, en el trabajo. Siempre cosas pendientes para alguien que quiere irse pero no puede, porque aún hay mucho por hacer, muchas cosas pendientes. Me aferro a ellas, son mi afición y mi cárcel.

Otras veces, mi voz es serena, resignada o incluso feliz. Y entonces te lleno de chistes, de carcajadas, de entusiasmo. Vuelvo a embadurnarte de mi pegajosa parte de la historia. De un mundo fabricado enteramente por mis sentidos.

Las más oscuras, es sólo un hilo de voz. Un riachuelo a punto se secarse en medio de tierra árida. No quiere más o no puede más.

Pero sea de terror, humor, suspenso o drama, tú estás siempre al frente de la pantalla, dispuesto a tragarte mi película. Nunca te sales antes, aunque te duermas, aunque no soportes la pésima calidad del guión.

Eres mi diario, y estás de mi lado…

16 junio 2006

MADNESS

Después de ese almuerzo rápido, especialidad de tu recién estrenada soltería, y del café imprescindible para borrar los pensamientos que te impiden dormir antes de las dos de la mañana, saliste a trabajar.

Como cada día y cada tarde, recorriste Conde Duque por el lado donde pega el sol en invierno. Una vez más, atravesaste la calle por donde no hay paso de cebra y te metiste en Santa Cruz de Marcenado, para cortar camino. Luego por la izquierda, en Acuerdo, llegaste a Alberto Aguilera.

Llevabas prisa, como siempre. Pensabas en la manía de los españoles de parar el mundo entre dos y cinco de la tarde. Pensabas en lo caras que te habían costado las mandarinas, la próxima vez las comprarías en el otro puesto. . También pensabas en él, aunque no quieras reconocerlo… mientras mirabas al frente, por si pasaba el 21 y tenías que salir corriendo.

Un chico te preguntó cómo llegar a la Plaza Colón. Te encanta guiar a la gente. Te encanta demostrarte que conoces la ciudad. “Sigue recto, todo el tiempo. Primero vas a encontrar la Glorieta de San Bernardo (sabías que se llamaba Ruiz Jiménez, pero la gente le dice San Bernardo), luego la de Bilbao, la de Alonso Martínez y la Plaza Colón. Y si te cansas, puedes coger el 21, que hace el mismo recorrido. Yo voy a tomar ese autobús, si quieres vamos”.

No, gracias. Él prefería irse andando.

Y no me extraña. Hablas demasiado. Maldita manía esa que tienes de vomitar información. A quién le importa todo lo que quieres contar. Siempre que lo haces te acuerdas de esa peli en la que salía una chica hablando sin parar, de sí misma. Igual que tú. Te cayó mal, muy mal. Era una pesada. Por enésima vez decidiste que, de ahora en adelante, estarías calladita. Sabías que no lo cumplirías, pero te quedabas en paz por un instante creyéndote tu falsa y reiterativa auto-promesa.

Es que no hay caso, te gusta hablar y algunas veces no te da tan mal resultado. Como ese día que te llamaron para trabajar en la barra del bar MADNESS. Te hacía mucha gracia el nombre del bar que, aparte de ordinario y desagradable, iba perfectamente acorde con lo que se respiraba en aquel antro.

Entre una caña y otra, apareció una especie de actor de película de Hollywood y se te sentó al frente. Queriendo ser gracioso, dijo alguna de esas tonterías que te dicen frecuentemente los hombres para buscarte conversación. Y tú, por primera vez, no supiste que responder. Sonreíste, mostrando todos los dientes, con tu mejor cara de idiota.

Ese tipo de chicos nunca te había gustado. Demasiado alto, demasiado rubio, demasiado perfecto. Tus amigas bromeaban con eso. Te gustaban raros, feos y, sobre todo, complicados. Así que seguiste cortando pan, sirviendo aceitunas, tirando cañas…y olvidaste su presencia.



Estabas extrañamente callada bebiendo una bien merecida cerveza, cuando irrumpió de nuevo con la pregunta de siempre y de todos ¿de dónde eres? Tú vacilabas entre las múltiples respuestas que solías dar: de por ahí, no es tu problema, del sur, de Canarias, del mundo…pero le dijiste la verdad, quizás porque viste en sus ojos la súplica de un poco de compañía.

Accediste y comenzaste a contarle de todo. Por alguna razón, ya el tipo te caía bien, había caído en tu trampa. O tú en la suya. Dos horas más tarde caminaban hacia la Latina, ibas a un bar en la calle Humilladero, donde tus amigos te esperaban. Él parecía encantado con tu cháchara y tú te dejabas envolver con sus ojos tan abiertos y su sonrisa de niño grande, excitado con su nuevo juguetito.

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Una señora te insulta porque subes al autobús antes que ella, que ya llevaba rato en la parada. La miras sin entender y sientes un cosquilleo en los ojos. Parecido al que sentiste cuando él, a la mañana siguiente, se marchó de tu casa sin pedirte si quiera tu número de teléfono.

Por eso no te gustan los guapos, que pueden incluso llegar a hacerte sentir princesa, una princesa de utilería, mientras dura el encanto de aquello que no se necesita, pero uno se encapricha hasta que lo consigue. Y una vez en la mano, no se sabe qué hacer con ese precioso objeto. Uno se aburre.

Los guapos te hacen estar callada.

07 junio 2006

ENTRA

Quédate a vivir en mi cuello, que es olor a café recién colao cuando tú llegas y estación de trenes desierta cuando te vas...

Instálate en mis oídos, que son feria y multitud con tus palabras, y sala de espera de hospital con tu silencio...

Duérmete en mi pecho, que es mar azul y libre cuando reposas, y tierra árida sin tu peso...

Proyéctate en mis ojos, que son lago cristalino cuando los miras, y espejo roto sin tu imagen...

Adhiérete a mis labios, que son suaves e intensos cuando te sienten, y flor marchita si no presienten tu lengua...

Entra por siempre en mi cuerpo, que es hogar, fuego, azul y luna contigo dentro...y un amasijo de piel y huesos cuando no estás...

25 mayo 2006

LA BUSACA

"Busaca" en Maracaibo (donde yo nací y me crié) significa bolsa, del material que sea. Y "bolsa" también se usa en Venezuela como insulto. Significa tonto, muy pasivo, que se deja engañar fácilmente.

Yo soy una perfecta "bolsa" y aquí les doy mi ejemplo más reciente...

Era un día de esos de "bajón", mejor dicho, estaba en el fondo del pozo, para qué ocultarlo. Iba caminando hacia mi casa, llorando, incapaz de coger el metro o el autobús. Cuando me quedaban unos 100 metros para llegar, veo que viene de frente otra chica, más o menos de mi edad, llorando también, con la misma cara de ternero degollado que yo.

Mi contraparte en matrix se me acerca y me dice que acaban de robarle el bolso, unos motorizados. Ahí dejó de ser mi contraparte, porque mis razones eran un poco menos materiales, pero igual me daba cosita. Me dijo que tenía que volver a su casa, en otro pueblo, y que no tenía dinero para el tren...¿cuánto necesitas? "42 euros, pero dame lo que puedas"

Yo tenía un billete de 50 que me había ganado el fin de semana poniendo copas. No lo pensé, saqué el billete de mi bolso, y se lo di. Sin más.

Ella me pidió mi número de teléfono y yo no le pedí nada. Confié.

Han pasado tres meses y no sé nada de la chica que, finalmente, no es mi contraparte en nada. Lo bueno es que no he vuelto a llorar por la calle. Ahora tampoco pillo el autobús, pero disfruto mucho de mi caminata. Hace buen tiempo, por dentro y por fuera...